El legado de Sánchez Laurel (1941-2019)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- De repente, el miércoles 20 de febrero pasado, la pintora y académica Herlinda Sánchez Laurel ya no despertó.

Inteligente, atrevida, solidaria y también un tanto pícara, Herlinda fue siempre demasiado discreta. Reconocida como una excelente pintora en la pasada década de los ochenta –la emblemática crítica Raquel Tibol escribió, en 1983, que se ubicaba “ya como uno de los valores más sólidos dentro del nuevo figurativismo mexicano” (Proceso­ 356)–, la artista desarrolló un lenguaje pictórico que se basó en la belleza del color y la expresividad sutil y protagónica de la luz.

Oscilantes siempre entre la abstracción y la figuración, sus composiciones se percibían como espacios unitarios en los que se fusionaban diferentes dimensiones y tipos de vida. Sin evidenciar la existencia ni del cielo ni de la tierra ni del mar, en sus obras los colores se convertían en universos de transparencias yuxtapuestas que acogían gestos que remitían a la vida animal, vegetal y, algunas veces y con rasgos fantásticos, a la vida humana. 

Sin diferenciar tampoco entre formas orgánicas o estructuras geométricas y con ciertos atrevimientos que a veces se percibían como poéticas naif, sus territorios cromáticos se expandían en la infinitud de su propia luz. Una propuesta estética que se vincula con ideas y autores que han relacionado el arte con la espiritualidad, entre ellos Paul Klee y Kandinsky.

Convencida de que el arte tiene una misión que consiste en “tocar la sensibilidad interior” y que, para conectar con las dimensiones sensibles, se necesitan artistas que sean capaces de expresar su ser, Herlinda se dedicó a investigar la relación entre el acto creativo y el autoconocimiento sensible. Como resultado, y con base en que la apertura a dimensiones sensibles vulnera a la persona, concluyó que, antes del acto creativo, se debe proteger el ser interior del artista, fortaleciendo su conciencia con prácticas de meditación. 

Académica de 1984 a 2015 de la licenciatura en Artes Visuales que se impartía en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) de la Universidad Nacional Autónoma de México –actualmente Facultad de Artes y Diseño–, Herlinda no aplicó sus métodos didácticas en ese plantel, sino en un taller alternativo de pintura que inició en su estudio en 1995 (TAP/HSLZ). Diseñado con un programa de enseñanza pictórica tan riguroso como el que impartía en la UNAM, el TAP se convirtió no sólo en un proyecto pictórico de exploración creativa y desarrollo de conciencia, sino también en un lugar de solidaridad y empoderamiento artístico para mujeres de actitudes tan profesionales como antiacadémicas.

Nacida el 24 de mayo de 1941 en Ensenada, Baja California, Herlinda Sánchez Laurel Zúñiga fue una activista relevante durante el movimiento estudiantil de 1968 en la Ciudad de México. Además de ser miembro relevante de la Juventud Comunista, presidió la Sociedad de Alumnos de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda del Instituto Nacional de Bellas Artes. Responsable de la organización de las brigadas de producción de comunicación visual, al término del movimiento recogió aproximadamente 64 placas de la Gráfica del 68 que, por temor a represalias políticas, guardó en silencio hasta el año pasado que se cumplieron los 50 años de ese movimiento (Proceso 2187). 

Creadora hasta el final, la pintora terminó hace unos meses un mural sobre ese tema y organizó la donación de las emblemáticas placas. 

Con su partida, la escena artística de México pierde a una gran artista que se distinguió por concebir el arte como una misión espiritual, la docencia como un acto creativo y la vida como un compromiso social.­

Este texto se publicó el 24 de febrero de 2019 en la edición 2208 de la revista Proceso

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