“Tatuajes. Magia sobre la piel” entinta la FIL de Minería

Tani Sayil, originaria de Guadalajara, Jalisco. Foto: Alejandro Saldívar Tani Sayil, originaria de Guadalajara, Jalisco. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Dos visiones del significado del tatuaje se conjuntaron la tarde de este miércoles en la XL Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería: la tinta en la piel “que da libertad y autonomía” y la que “da fuerza y poder”.

Durante la presentación de la edición especial de Proceso, Tatuajes. Magia sobre la piel, Tani Sayil –microempresaria y fan del tatuaje– y Don Tito, El tatuador de Lecumberri, expusieron sus visiones sobre la actividad que, al paso del tiempo, ha evolucionado en la sociedad mexicana de lo prohibido y estigmatizado, pasando por la discriminación, a lo artístico y de moda, con su respectivo beneficio económico.

En el auditorio “Bernardo Quintana”, Tani Sayil, originaria de Guadalajara, Jalisco, contó cómo decidió poner su cuerpo como lienzo a partir de la diferencia cultural que observó entre la visión del tatuaje entre México y Canadá hasta hace pocos años.

Con más de 40 figuras impresas en su piel, consideró que “el tatuaje es una herramienta para definir quién eres y decir cómo quieres que te vean”. Este arte está en constante evolución y ha crecido “porque los que lo hacían al principio se dieron cuenta que dejaba dinero”, apuntó.

Estudiosa de la historia de la moda de los años 50, 60 y 70, Tani destacó los avances legislativos en México, recientemente, para combatir la discriminación, particularmente la que estigmatiza el aspecto físico de las personas, en especial las tatuadas.

“Son avances esperanzadores para aprender a respetar al que quiera verse diferente y ser como quiere ser… Es importante poder ejercer ese derecho y que se respete. Hay que cooperar entre todos para que haya un beneficio colectivo y poder ejercer nuestro pedacito de autonomía, y con ello ser una sociedad libre y feliz”.

Nacido en Cartagena de Indias, Colombia, Don Tito contó cómo viajó a México de “mula”, transportando droga a los 12 años. Resumió su paso por Estados Unidos y su deportación a Tijuana, Baja California, y su aprendizaje en el barrio de Tepito, donde fue detenido porque portaba cinco kilos de droga y enviado a la cárcel de Lecumberri, donde aprendió a tatuar.

Con singulares expresiones, contó que en aquella legendaria prisión conoció a Miguel, “el diablo o el ángel” que le dibujó su primer tatuaje: “mi mujer, una india sioux”. Le cobró 15 pesos. Era 1972. Miguel también lo enseñó a tatuar, aunque tenía que hacerlo a escondidas, en la noche, en la oscuridad de su celda, en el primer cuadro de la crujía E.

Condenado a más de 25 años de prisión, pasó 3.6 años en Lecumberri, donde se ganó el respeto de todos los presos y comenzó a alimentar su marca: “un tatuaje lecumberriano te da fuerza, te da poder. Es un código de valor. En todas las cárceles que estuve me respetaban por mis tatuajes”, dijo orgulloso.

Don Tito recordó cuando usaba sus máquinas “canadienses” –es decir, carcelarias– hechas con plumas y encendedores y cómo usaba champú y derretía peines de plástico para obtener tinta de color. Incluso contó que usó un envoltorio de mazapán de la marca “de la rosa” como su primer esténcil para tatuar. “Así nacieron las rosas negras de Tito El colombiano, porque en la oscuridad de Lecumberri también florecen las rosas”, remató.

Cuatro siglos de evolución

Alejandro Pérez, editor general de la revista Proceso, explicó que la iniciativa para dedicar una edición especial sobre el tatuaje surgió debido a que se trata de una práctica actual y cultural que tiene relevancia social, y es digna de su estudio desde distintos ángulos.

Además, resaltó que las investigaciones van desde la mirada de los antropólogos y la evolución histórica, hasta la relación “cómplice”, el “arte conciliado” entre los tatuadores y las personas tatuadas.

Rodrigo Vera, reportero de Proceso y coordinador de “Tatuajes. Magia sobre la piel”, hizo un breve recuento del contenido de la edición especial y cómo el tema ha evolucionado con el tiempo.

Tatuajes. Magia sobre la piel en la FIL de Minería. Foto: Alejandro Saldívar

Explicó cómo los pueblos mesoamericanos usaban la espina de maguey como agujas y el hollín como colorante, para marcar sus cuerpos. A la llegada de los españoles, abundó, esa práctica fue prohibida y sancionada por el Santo Oficio, pero aun así proliferó y tuvo influencia de los esclavos africanos y musulmanes que también tenían sus cuerpos tatuados, y en la llamada “ruta de la plata” se mezclaron con los chichimecas.

Hacia la Colonia, los marineros ingleses y franceses que llegaron a la Nueva España imprimieron el estilo, la técnica y los motivos que ya traían de las culturas filipina y polinesia. Ya en el siglo XIX el tatuaje era menos sancionado, pero aún estigmatizado y discriminado. Fue entonces que apareció la primera investigación minuciosa que hablaba sobre los tatuajes en delincuentes.

Para finales del siglo XX aparecieron las primeras exposiciones de lo que ya se veía como un arte, aunque un tanto clandestinas.

Según los especialistas consultados, es en el siglo XXI cuando se da el “boom” del tatuaje, cuando ya no son los delincuentes y presos los únicos tatuados, sino los deportistas, cantantes e influencers quienes los muestran sin problema.

Además, ahora proliferan los estudios y se utilizan máquinas muy modernas y con la mejor tecnología. “Hoy los tatuadores ya no son perseguidos por la policía. Hoy son artistas”, soltó Vera.

En la ronda de preguntas y respuestas, los expositores coincidieron en que el llamado “boom” del tatuaje tiene que ver con la exposición del tema en las redes sociales y el proceso de mercantilización.

Y destacaron la importancia de que ahora los estudios ya están “bajo la lupa” de la Comisión Federal para la Protección de Riesgos Sanitarios (Cofepris) y las medidas que deben tomar para evitar la transmisión de enfermedades como la Hepatitis.

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