Centena de estupefacción

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Inexorables, los primeros 100 días del mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador han ya transcurrido. Serán 2190 los que sumará su sexenio, en los que puede darse por hecho que estarán llenos de una actividad febril, casi sobrehumana, y de una cantidad similar de propuestas, enmiendas, consultas populares y reformas; orientadas todas en el arduo, por no decir imposible, intento de transformar al país. Y a la luz de lo que hemos atestiguado en este arranque de gobierno, el mandatario no se dará tregua y, como ya dijimos, sus iniciativas no le irán a la zaga. Empero, muchas de sus decisiones son materia, a menudo, de desconcierto… Como también lo son de encono, preocupación y crítica, junto a aplausos y vítores espontáneos.

Así pues, apelando a lo que compete a esta columna, hemos de abocarnos a señalar algunos de esos desconciertos y, por supuesto, ilustraremos desatinos e incongruencias. Ciertamente, será fundamental recordar que la función de la música de concierto en las grandes revoluciones sociales de la historia reciente ha sido siempre primordial. A través de ella, queda de manifiesto que no puede haber una transformación de fondo si no se contempla, con la misma urgencia que el combate a la corrupción, la violencia y la miseria, la indigencia espiritual y la pobreza educativa en la que vive sumida la mayoría de los mexicanos; aunque, incluso podríamos aseverar que son la totalidad, pues las clases “privilegiadas”, también padecen de una incultura galopante, la misma que los hace anhelar lo vano y lo superfluo como insumos del “buen vivir”.

¿Queremos empezar por el derroche o mejor damos un voto de confianza a lo que no acabamos de entender, pese a que asumimos que es parte de la ruta gubernamental prevista?… Iniciemos por lo segundo, ya que es de caballeros mencionar en primer término aquello que merece reconocimiento. A la manera de un ubicuo director de orquesta, el ciudadano presidente se sube a los escenarios haciendo patente que blande una batuta visible en los principales ámbitos patrios. Cómo no felicitarlo por el ejercicio cotidiano de abrir un espacio inédito donde periodistas y comunicadores puedan interpelarlo. Cómo no congratularse con él al dedicarse con ahínco a establecer una política de austeridad que acabe con la sangría a la que ha estado sometida la nación, a manos de políticos corruptos, empresarios ávidos y demás vividores del erario…

Es motivo de regocijo enterarnos de los millones de pesos que se están ahorrando y cómo se han abatido muchos símbolos del poder mal habido. Que las insultantes residencias del ejecutivo se destinen a espacios para la cultura y el arte sólo puede ser loado, al igual que la seriedad con la que se está considerando el respeto a la diversidad, a las culturas originarias y a sus lenguas. Asimismo, sería laudable la decisión de someter a plebiscitos las grandes obras, a pesar de que se han impugnado los modos y se vale sumar hurras, tanto por la regeneración de una Fiscalía General de la República que intentará impartir justicia, ahora sí, con la venda de la equidad puesta, como por la de ponerle un tope a los salarios de los trabajadores del Estado. Del mismo modo, es encomiable que se recorten privilegios antaño intocables y que se pretenda entablar un diálogo más paritario con el vecino del Norte. Todo eso y más, es susceptible de ser ovacionado, sin embargo, hay silencios que hacen deslucir la partitura de la nueva administración y eso nos altera y nos estremece…

Queremos pensar que la prioridad absoluta es acabar con los gastos desmedidos ‒y también con los hurtos‒ a los que estuvo acostumbrada la casta dirigente y que después, ya con las riendas de la economía en control, se procederá a darle de comer a esa masa inmensa de compatriotas cuya único horizonte es el hambre y la carencia de oportunidades. Presumimos que conforme se reduzca la brecha entre millonarios y desposeídos se irá procediendo a implementar de manera más efectiva la educación en todos los niveles, particularmente el básico, pero todo esto queremos intuirlo, mas en la práctica las vaguedades son la norma. A veces tenemos la impresión de que hay una improvisación latente y que, en el acto, se van resolviendo los entuertos que surgen. Parece tratarse del eterno empirismo que es carne de nuestra identidad y que se adhiere a nuestras acciones sin que nos demos cuenta de su existencia…

Pero dejemos la retórica de lado y enfoquemos mejor el encuadre. ¿Por qué los artistas tenemos que protestar por los recortes a la cultura, cuando tendría que ser un rubro sacro donde escatimar se traduce en mengua creativa? ¿No son los creadores, ‒obvio que también los filósofos, científicos y pensadores‒ quienes ayudan a mantener el equilibrio de una sociedad, como la nuestra, que tiende cada día más a la pérdida de sentido, y al aniquilamiento de su esencia humana? ¿De veras puede creerse, como afirmó la secretaria de Cultura, que el presupuesto alcanza?…

Es cierto que en las administraciones anteriores hubo entrega de apoyos de manera discrecional y que los consentidos de la élite resultaron siendo los consabidos beneficiarios, no obstante, el presupuesto nunca ha sido el idóneo y, menos aún, su repartición. Por un lado, los creadores eméritos han gozado de becas que no necesitan y subsisten asalariados que sobrepasan el sueldo que se asignó el titular del Ejecutivo. ¿Qué va a pasar, por ejemplo, con los directores de orquesta cuyos ingresos rondan y superan los 200 mil pesos al mes?… ¿Va a exigírseles que tengan mayor conciencia social, y que sus percepciones se ajusten a la realidad patria?

Abundando, hay otros salarios de la misma relevancia, digamos el de los titulares del Conservatorio Nacional y el CENIDIM (Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical), establecidos en 25 y 20 mil pesos mensuales respectivamente. ¿Va a combatirse la incongruencia o permanecerá la demagogia?… Y, aún ciñéndonos a la tabulación salarial, ¿qué planes hay para incrementar la paga de los maestros? ¿Seguirá siendo simbólica, en demérito de la importancia capital que su labor reviste, o en algún momento se les considerará como ciudadanos de primera?… ¿Y qué podría argumentarse para desenmascarar la palabrería hueca que habla de llevar la “cultura” a los rincones más apartados de la república?… ¿No deberíamos de saber con detalle cuál es el concepto de “cultura” que se tiene contemplado? Si lo que proseguirá en ese rubro vendrá a justificar con números y no con contenidos de calidad la “oferta” cultural, entonces, ¿seguiremos contentándonos con los espectáculos masivos en los que los públicos sólo reciben una basura artística que, en vez de enaltecer su espiritualidad, los degrada a niveles subhumanos y de una violencia y vulgaridad inauditos?…

¿Va a seguirse promoviendo la deletérea “cultura del espectáculo”, entendido aquí como un ente comerciable de su respectiva “industria” y como un agente prostituido de la ofrenda “turística”, en lugar de fomentar las políticas que le den cabida a los valores más depurados del Arte ‒así en mayúscula‒, en sus diversas ramas? ¿Va a seguir habiendo recursos para contratar, a precios millonarios, aquello que el “vulgo exige”, en vez de echar a andar la educación masiva que consentiría que hubiera criterio para entender, discernir y degustar qué es lo que sí tiene una valía intrínseca?…

¿Hasta cuándo va a tolerarse que a los artistas foráneos se les remunere muy por encima de los connacionales? ¿No es cierto que un solista extranjero puede llevarse en un par de conciertos cifras que superan el millón de pesos, mientras que a los compatriotas, si bien les va, les pagan una vigésima parte? ¿Cuándo va a surgir la voluntad de tomar en cuenta la opinión de la comunidad artística en pleno, en vez de concentrar las decisiones en los funcionarios que, dicho sea de paso, no nos parecen ‒con pocas excepciones‒ los mejor preparados para sus tareas? ¿Cómo es posible, regresando al problema educativo, que todavía no sepamos cuáles son los ejes sobre los que va a discurrir la currícula académica, ya revocada la malparida “Reforma” del peñismo? ¿Será posible que, en la materia que nos incumbe y no obstante las evidencias de sus enormes beneficios, torne a quedar inoperante el decreto presidencial de Lázaro Cárdenas de volver obligatorio el canto coral en las escuelas?…

Y, por cierto, ¿qué va a pasar con la ópera nacional? ¿Seguirá destinando sumas exorbitantes para sus montajes ‒15 millones en promedio por título‒, en vez de regresarla a su vocación original de espectáculo popular? ¿Se quiere que la proyectada IV Transformación acabe convertida, nada más, en una metáfora de la estupefacción?…

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