100 días de política exterior

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- AMLO ha cambiado sustancialmente la manera de conducir el país. Es pronto para juzgar sobre los resultados que se lograrán en los asuntos prioritarios de su gobierno: pacificación, combate a la corrupción, disminución de la desigualdad y la pobreza. Se requieren bastante más de 100 días para opinar sobre el particular. Sin embargo, en el campo de la política exterior hay acciones u omisiones cuyos resultados ya están a la vista. Es un ámbito donde el presidente no coloca la agenda. Ésta la imponen circunstancias que se encuentran más allá de nuestras fronteras.

Es ampliamente conocido que a López Obrador no le interesa la política exterior. Las metas sobre las que tiene claridad y persigue con pasión se refieren a cuestiones internas. Pero la realidad se impone. Lo que acontece en el mundo afecta a México y a la percepción de su gobierno. Tratándose de un país con la posición geopolítica de México, lo que proviene de Estados Unidos no se puede dejar a un lado sin tener consecuencias. De allí que antes de tomar posesión, a pocas horas de su arrollador triunfo electoral, ya tenía una conversación telefónica con Donald Trump y, a las pocas semanas, una visita de alto nivel del canciller Mike Pompeo. Se intercambiaron cartas y se fijó entonces una primera agenda.

¿Qué ha ocurrido con ella? El tema central de sus primeros intercambios con Trump se refería a una manera distinta de acercarse al problema de las migraciones centroamericanas. AMLO ponía sobre la mesa una propuesta de colaboración internacional para contribuir al desarrollo de Centroamérica. El 70% del financiaminto que se lograra iría para alentar el crecimiento económico y el empleo, 30% para atender problemas de seguridad fronteriza.

Los resultados han sido desalentadores. No se ha materializado la contribución financiera de Estados Unidos y todo hace pensar que no ocurrirá, y lo poco que llegue será en términos muy distintos a los que se tenían en mente. En contrapartida, el problema de las migraciones centroamericanas que atraviesan el territorio mexicano con la esperanza de llegar a Estados Unidos ha crecido exponencialmente desde finales del año pasado. La manera de enfrentarlo está resultando muy onerosa para México.

En la primera página de la versión digital de The New York Times apareció el 1 de marzo un titular según el cual el mejor aliado para la política migratoria de Trump es el gobiertno mexicano. Venía después un recuento de la colaboración mexicana al bloquear el paso hacia los puentes fronterizos de migrantes centroamericanos y recibiendo en ciudades fronterizas, como Tijuana, a quienes esperan respuesta a su solicitud de asilo, entre los que se encuentran mujeres y niños. Asimismo, el diario reseña la opinión de fuentes no autorizadas para quienes el principal objetivo de las autoridades mexicanas es “evitar una pelea pública con Trump”. 

Son diversas las lecturas que se pueden hacer de ese reportaje. Una de ellas es que promueve la percepción de un gobierno que otorga sin obtener algo a cambio, que guarda silencio cuando debería tomar posición. Queda por definir lo que puede ser “tomar posición”. No se trata de confrontar; comprensible que no se haga. Pero articular un discurso más allá de la conferencia mañanera para sentar las líneas del entendimiento que deseamos con Estados Unidos contribuiría a ofrecer a la opinión pública nacional e internacional una imagen más positiva de un gobierno que, hasta ahora, no despierta entusiasmo en el ámbito internacional. 

Las percepciones en el exterior del actual gobierno no son favorables. En ello ha desempeñado un papel negativo la posición ante los problemas de Venezuela. La impresión generalizada es que México se encuentra aislado. Por lo pronto es cierto, pero no devastador. Dado el cariz que toman los acontecimientos en ese país, habrá momentos en los que una voz de mayor neutralidad, como la de México, puede ser de enorme utilidad. Sumarse a la avalancha de apoyos a Guaidó cierra la puerta a un papel más constructivo en la ineludible negociación para definir los tiempos y cómos del acuerdo con el ejército y la salida de Maduro. Hace falta, sin embargo, una explicación más cuidadosa por parte de la cancillería del porqué del camino que ha seguido. Es evidente que la invocación del principio de no intervención está agotada como manera de justificar una política.

En los últimos días, el tema de la calificación de la deuda soberana y la deuda de Pemex han producido múltiples reacciones entre inversionistas y comentaristas de cuestiones internacionales respecto al comportamiento futuro de la economía mexicana. No se trata estrictamente de un problema de política exterior, pero sí de un problema que obliga a tomar conciencia del grado en que México es vulnerable a informes y declaraciones que provienen del exterior. Ello conduce a la pregunta de en quién recae la responsabilidad de estar atento a tales delaraciones y de orquestar reacciones dirigidas puntualmente a contener el daño. 

Desde hace tiempo vengo hablando de la necesidad de un gabinete de política exterior que permita coordinar a las numerosas agencias del Ejecutivo que participan de las relaciones con el exterior. Tal necesidad se sigue haciendo patente. A los señalamientos anteriores cabe añadir, por ejemplo, que hace pocos días la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, estuvo en Washington para sostener conversaciones con la secretaria de la Oficina de Seguridad Interna. Sería conveniente conocer los temas y acuerdos que surgieron de esas pláticas y hasta dónde conciernen a otras secretarías, como la de Relaciones Exteriores, Seguridad, Defensa o Marina.

A 100 días del nuevo gobierno, la coordinación interna para el diálogo con el exterior, las reacciones que conviene tomar y la formulación de estrategias para el posicionamiento de México ante situaciones que exigen respuesta siguen siendo una asignatura pendiente. Es necesario que se cumpla. El respeto y la confianza hacia México están de por medio.

Este análisis se publicó el 10 de marzo de 2019 en la edición 2210 de la revista Proceso.

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