Bosco Sodi: la energía de la materia

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Tanto por la obra como por el modelo de exposición, la muestra que presenta Bosco Sodi en la Galería Hilario Galguera de la Ciudad de México es una propuesta sobresaliente y muy disfrutable.

Diseñada museográficamente por el propio galerista, la exhibición integra la obra más reciente del artista en un recorrido por distintas instalaciones que, al conjugar la obra bidimensional y tridimensional con la discreta y sofisticada sobriedad del entorno, enfatiza la dualidad mística que sustenta el concepto actual del creador.

Trabajadas con la misma identidad matérica de impermanencia, irregularidad y ritualidad procesual que caracteriza el pensamiento creativo de Sodi, las obras bidimensionales están concebidas como metáforas de la dualidad de la existencia y, por lo mismo, conjugan en una misma pieza campos cromáticos blancos y negros que, sin fusionarse, conviven en distintas composiciones.

Inspirada en la filosofía oriental Wabi-sabi, la obra de Bosco Sodi se basa en ideas estéticas orientales en las que la imperfección, incompletud, naturaleza y misterio son aspectos esenciales de la trascendencia. Para materializar estas ideas, el artista mezcla materiales y procesos naturales –aserrín, arcilla, calor del sol– con un proceso creativo propio que, si bien deriva en la belleza del azar, se sustenta en una exploración racional que ha logrado incorporar tanto el arte a la naturaleza, como la naturaleza a la creación humana del siglo XXI.

Consideradas erróneamente como pinturas, sus obras bidimensionales son sugerentes objetos matéricos conformados con fragmentos de un material que el artista produce a partir de aserrín, pigmentos y otros elementos. En un acto performático que es parte del carácter procesual de cada obra, Bosco Sodi arroja estos fragmentos sobre el soporte, y el calor del sol, con su energía, se encarga de craquelarlos de manera natural e incontrolada. Una craquelación sumamente importante, ya que es una de las características formales que sustenta el protagonismo de las piezas.

La otra característica es el color. De tonos vibrantes, profundos y hasta hace muy poco siempre monocromáticos –rojos, azules, verdes, negros, blancos, etcétera–, sus objetos o relieves matéricos se perciben como extraños entes autónomos que adquieren personalidad visual a partir de composiciones formales que integran volumen, dibujo sugerido –las líneas craqueladas– y color.

Con base en lo que narra el artista, la reflexión sobre la dualidad de la vida que le provocó la muerte de su abuela, derivó en una propuesta de composiciones bicromáticas que, centradas en el blanco y el negro, tienen la intención de referir a la dualidad de la vida y la muerte, de la luz y la oscuridad.

Exhibidas por primera vez a finales del año pasado en la galería alemana Eigen+Art, en su sede de Leipzig, estas obras duales son interesantes porque la contundencia del material logra expresar, a manera de metáfora, que la dualidad es una unidad conformada por dos autonomías.

Diseñada como un conjunto de instalaciones que en cada cuarto de la galería conjuga los relieves matéricos con las nuevas esculturas en arcilla natural –que ya no son cubos, sino esferas imperfectas, contundentes, de diferentes tamaños, todas en tonos ocre–, la exposición adquiere una atmósfera entre mística y cósmica que expande la dualidad y sugerida espiritualidad, a la infinitud del universo.

Este texto se publicó el 10 de marzo de 2019 en la edición 2210 de la revista Proceso.

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