Los héroes del atentado terrorista de Christchurch

Familiares miran una foto de Rashid Naeem y su hijo Talha Naeem, asesinados en el tiroteo de la mezquita de Christchurch. Foto: Aqeel Ahmed Familiares miran una foto de Rashid Naeem y su hijo Talha Naeem, asesinados en el tiroteo de la mezquita de Christchurch. Foto: Aqeel Ahmed

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En el atentado terrorista de Christchurch, Nueva Zelanda, los héroes –como las víctimas- no pertenecen a la mayoría blanca local, sino a las minorías de inmigrantes: un afgano y un nigeriano, que salvaron muchas vidas, dos pakistaníes, que perdieron las suyas en su intento, y otros anónimos cuyo origen, probablemente, también está en países a los que el prejuicio occidental suele colocar del lado de los agresores y no de quienes los confrontan.

El video de 17 minutos, transmitido en directo por Facebook, con el que el supremacista blanco Brenton Tarrant quiso poner el dedo del mundo en el gatillo, como si se tratara de un videojuego, fue copiado y compartido millones de veces, más allá de los que esa red social, Twitter y YouTube dijeron poder controlar. Algunas figuras allí y allá soltaron discursos de odio, culpando a las víctimas. Hubo medios que trataron de hallarle el lado amable al asesino, sin detenerse en los asesinados. Si antes se anunciaba que un ataque islamista era lo que había que temer, ahora se advierte de la inminencia de una venganza islámica. Por si faltara algo, el presidente turco Tayyip Erdogan, en campaña por la reelección, ha tratado de utilizar la tragedia para galvanizar a sus seguidores.

La respuesta más extendida, sin embargo, aunque no ha ganado tanta atención mediática, es la que pide reflexionar y solidarizarse. Se multiplican las propuestas para conjurar la amenaza de conflictividad racial y recuperar la armonía de la que siempre han estado orgullosos en ese país, incluido un endurecimiento de la legislación sobre armamento.

La joven primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern (38 años y segunda mujer en ocupar ese cargo, después de Helen Clarke), ha dado un ejemplo aplaudido por sus compatriotas con su firme apoyo a la comunidad musulmana y su convocatoria a denegarle al asesino la fama que busca: “Es un terrorista, es un criminal, es un extremista. Pero cuando yo hable, no tendrá nombre”.

Y la llegada de estos nuevos héroes de piel morena y negra, que representan desde el viernes 15 a este país blanco en dos terceras partes, puede convertirse en el catalizador que necesita una sociedad que no recuerda haberse enfrentado a una barbarie similar.

Ensueño roto

No es que jamás se hayan cometido atrocidades. La conquista inglesa de estas islas, habitadas por maoríes de origen polinesio, en la primera mitad del siglo XIX, trajo abusos, traiciones y matanzas, y al paso de los siglos, ese grupo indígena sigue concentrando los peores indicadores de vida, a pesar de políticas públicas destinadas a mejorar sus condiciones y a integrar la raíz maorí en la cultura nacional de este país, que también ostenta el nombre oficial de Aotearoa (tierra de la larga nube blanca).

El ambiente general, no obstante, solía ser de gran tranquilidad: es una tierra de picos nevados y grandes planicies verdes, con casas dispersas y rebaños de ovejas que parecen motas blancas en la lejanía. Nueva Zelanda destaca con frecuencia en los mejores lugares de listas como el Índice de Paz Global y del de Percepción de Corrupción. Crímenes que en otros países pasan desapercibidos por su alta frecuencia, a esta sociedad la conmueven y movilizan de inmediato.

Si hay un referente para entender el impacto que está teniendo esta crisis, es el de Noruega, otro rincón de ensueño que también despertó trágicamente bajo los disparos de un supremacista blanco, Anders Behring Breivik, que asesinó a 77 adolescentes en la isla de Utøya, en 2011.

En el caso actual, Brenton Tarrant, un australiano de 28 años avecindado en la ciudad de Christchurch, en la Isla Sur, reunió armas semiautomáticas durante meses, se puso casco, lentes y vestimenta tipo militar, y ese viernes –día del rezo para los musulmanes- atacó dos templos llenos de gente reunida para la oración.

Héroes

En la mezquita Al Noor, según se ve en el video a las 13:40, un hombre vio llegar a Tarrant. “Hola, hermano”, le dijo antes de recibir la respuesta a su saludo: tres balas.

Naeem Rashid, de 42 años, era empleado de un banco en Abotabad, Pakistán, antes de mudarse a Christchurch a trabajar como maestro. Cuando vio a Tarrant entrar en el templo disparando, se arrojó sobre él y trató de arrebatarle el arma, pero cayó herido y falleció más tarde en el hospital. El asesino también mató a su hijo, Talha, de 21 años. Vació sus cargadores sobre hombres, mujeres y niños, salió a buscar otro fusil en su automóvil, regresó.

Mató a 42 personas en un lapso tan breve que a las 13:46 ya manejaba su coche hacia su segundo objetivo, la mezquita de Linwood. Ahí tiró contra quienes halló en el exterior. Dentro de la sala, el imán nigeriano Abdul Lateef Zirullah logró verlo a través de la ventana y comenzó a gritarle a la gente que se protegiera, pero no logró hacerse entender hasta que Tarrant mató al primer hombre.

Entonces Abdul Aziz, un inmigrante de Afganistán, tomó una terminal para pago con tarjeta bancaria y corrió sobre Tarrant, gritando “¡ven acá!” Lo persiguió mientras el pistolero regresaba a su auto para cambiar armas y le arrojó el aparato. Como no lo alcanzó a tiempo, tuvo que esconderse entre los vehículos del estacionamiento, evadiendo los tiros del atacante que, frustrado, se dirigió de nuevo a la mezquita, donde se encontraban todavía muchas personas, incluidos los dos hijos de Abdul Aziz, de cinco y 11 años. Mientras, el imán Zirullah trataba de bloquear la puerta de acceso.

Tras encontrar una de las pistolas que había tirado Tarrant, Abdul Aziz intentó disparar contra él pero estaba vacía. “Se mete a su coche, yo tenía el arma, la utilicé como una flecha contra él y le reventé la ventanilla y el parabrisas”, le dijo al New Zealand Herald. “Eso fue lo que lo asustó”.

Abdul Aziz, sobreviviente del tiroteo en la mezquita de Linwood. Foto: AP Vincent Thian
Abdul Aziz, sobreviviente del tiroteo en la mezquita de Linwood. Foto: AP Vincent Thian

El australiano lo insultaba, gritando que iba a matarlos a todos, pero aceleró y se fue. La policía había tenido tiempo de reaccionar: los agentes lo interceptaron y detuvieron. Las ocho víctimas mortales de Linwood pudieron haber sido muchas más.

Terrorista blanco

Algunos líderes occidentales, como el presidente estadunidense Donald Trump, han sido acusados de hipocresía al hablar de atentados como éstos: si los agresores son morenos o negros, de inmediato no hay duda de que es terrorismo; si son blancos, hace falta esperar, se trata de violencia explicable de alguna forma.

“Es claro que esto sólo puede ser descrito como un ataque terrorista”, dijo la primera ministra Ardern al presentarse ante los medios. Además de confortar a las víctimas e investigar posibles complicidades, en su interés estaba evitar que, como hizo el noruego Breivik, el asesino lograra hacer de su masacre un espectáculo de autopromoción y propaganda racista.

Tarrant, que redactó un “manifiesto” que recibieron 30 líderes políticos nueve minutos antes del primer ataque, despidió al defensor de oficio para representarse a sí mismo, lo que le daría el privilegio de hablar en público. Ardern, que el lunes 18 abrió la sesión especial del Parlamento con un “salam aleykum” (la paz sea contigo, en árabe), dice que buscarán que el juicio sea a puerta cerrada.

Los usuarios de redes sociales han criticado a algunos periódicos sensacionalistas que, en lugar de hablar de las víctimas y el crimen, se enfocaron en el asesino, “humanizándolo”: junto a fotos de su infancia, el británico Daily Mirror lo llamó “niño angelical” y aseguró que hasta ahora era un “agradable y dedicado entrenador personal que llevaba programas de atletismo gratuitos para niños”; como “simplemente un hombre blanco ordinario”, lo presentó el West Australian, diario en cuyo país un adolescente (ahora llamado EggBoy) le estrelló un huevo a un senador que había culpado de la tragedia a quienes murieron en ella.

No le ha ido mejor al presidente turco Erdogan, quien a raíz de que tres de sus compatriotas murieron en los ataques, enardeció a sus seguidores en un mitin de campaña electoral al mostrarles partes del video de la matanza, asegurarles que si Nueva Zelanda no puede hacer que el asesino “pague”, él mismo lo hará, y amenazar con “enviar de regreso en ataúdes” a los neozelandeses y australianos que vayan al santuario bélico de Gallipoli “con actitud islamófoba”. El miércoles 20, los líderes de los países aludidos criticaron su agresividad en un momento tan sensible, lo acusaron de traicionar los votos de fraternidad que hizo Mustafa Kemal Atatürk, padre de la república turca, y exigieron la retirada pública de las afirmaciones.

Que no tenga nombre

Los parlamentarios neozelandeses han abierto un debate para reformar las leyes sobre armas, que son muy laxas, y uno de los principales equipos de rugby –el deporte nacional-, Crusaders (cruzados), ha aceptado discutir un cambio de nombre, ya que el actual hace referencia a las guerras de cristianos contra musulmanes.

Los neozelandeses de todos los grupos étnicos están haciendo llamados a la unidad y la integración, empezando por los fieles del Islam que, aunque sienten que han sido injustamente señalados por la policía, que sospechaba que de entre ellos podría surgir un ataque terrorista, han declarado a través de sus líderes su compromiso con el país y con los valores de tolerancia y armonía de la sociedad a la que pertenecen.

El lunes 18, a sólo 72 horas de los traumáticos eventos, cristianos, musulmanes y ateos neozelandeses se encontraron afuera de la mezquita de Linwood, unidos por uno de los pegamentos que sostienen Aotearoa, la tradición que existía antes de que todos ellos llegaran: la maorí.

Varios líderes de la tribu realizaron la karakia, una ceremonia que se celebra para limpiar el mal tras las muertes trágicas. Entre los asistentes se encontraban los dos nuevos héroes vivos de Nueva Zelanda: un moreno vendedor afgano y un imán negro de Nigeria.

Para el criminal, en cambio, anonimización: “Será alguien sin nombre”, insistió la primera ministra el martes 19. “Puede que haya buscado notoriedad, pero en Nueva Zelanda, no le daremos nada, ni siquiera su nombre”.

Comentarios

Load More