“Capullo rojo”, de Kōbō Abe y Mauricio Gómez Morín

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Capullo rojo se intitula el cuento de Kōbō Abe con traducción de Kyukichi Terao y Gregory Zambrao en la edición especial de la serie “Resonancias”, del Fondo de Cultura Económica (FCE), que ha resultado de gran atractivo para aquellos apasionados de las historietas por aparecer con ilustraciones de Mauricio Gómez Morín (Ciudad de México, 1956).

Capullo rojo es la tercera parte de la novela corta La pared (1950). Este texto refleja la voz auténtica y los profundos cuestionamientos filosóficos que caracterizan la obra de Abe, rasgos que han hecho perdurar su literatura hasta nuestros días y que muchos críticos literarios han asociado con el universo de Kafka. Las potentes ilustraciones de Mauricio Gómez Morin, con juegos de perspectivas que le dan dinamismo al recorrido de la lectura, recrean el espíritu opresivo del cuento y contienen elementos simbólicos de la estética japonesa que tendrán que ser revelados por los lectores. Dicho libro se publica con tiraje de 10 mil ejemplares, por acuerdo de Socorro Venegas, entonces coordinadora de la serie para jóvenes “Resonancias” del FCE, y Neri Abe a través de Japan UNI Agency Inc., Tokio.

Kōbō Abe, seudónimo de Kimifusa Abe, fue un escritor, dramaturgo, guionista de cine, fotógrafo e inventor japonés. Ofrecemos a continuación el relato completo de este autor, nacido el 7 de marzo de 1924 en Kita, Tokio, y fallecido 22 de enero de 1993 en la capital nipona.

Relato completo

Está a punto de oscurecer. Es la hora en que la gente se apresura hacia su hogar, pero yo no tengo a dónde regresar. Sigo caminando despacio por una angosta vereda, formada por milésima vez con tantas casas construidas en esta ciudad, ¿por qué ninguna es mía?

Orino apoyándome en un poste de luz, y me fijo en los pedazos de una soga abandonada que me despiertan el deseo de ahorcarme. La soga pareciera mirarme el cuello de soslayo diciendo: “Descansa, hermano”. Claro, me gustaría descansar. Pero no puedo. Ni soy hermano de la soga, ni logro explicarme por qué no tengo casa.

Anochece todos los días. De noche debo descansar. Para descansar necesito una casa. Pero no logro explicarme por qué no tengo casa.

De repente se me ocurre que quizás esté equivocado, no es que no tenga ninguna casa, sino que, sencillamente, se me ha olvidado. Sí, es posible. Vamos a ver…

Al azar me detengo frente a una casa y pienso en la posibilidad de que sea la mía. No encuentro ninguna particularidad que me permita saber que es mía, pero eso sucede con todas las demás casas y por lo tanto no tengo la posibilidad. Me atreveré a tocar la puerta.

De la ventana, por suerte un poco abierta, se asoma la cara sonriente de una mujer simpática. Un soplo de esperanza acaricia mi corazón, que ondula como una bandera. Yo también le sonrío con un gesto galante.

–Disculpe la pregunta, ¿no es ésta mi casa?

De repente la cara de la mujer se endurece, y eso me molesta.

–Pero usted, ¿quién se cree?

Intento explicar, pero me paralizo. No sé qué decir. ¿Cómo podría convencerla de que mi identidad no tiene nada que ver con el asunto? Me desespero.

–A ver, si cree que no es mi casa, hágame el favor de demostrármelo.

–Cómo… –el rostro de la mujer se torna pálido.

–Si no puede demostrármelo, puedo considerar que es mía.

–Pero ésta es mi casa.

–¿Y qué? Puede ser mía, aunque sea suya, ¿no es cierto?

Sin decir nada más, la cara de la mujer se convierte en pared y cierra la ventana. Claro, la sonrisa femenina siempre se transforma. Así demostró la explicación irracional de que algo que sea de alguien no pueda ser mío.

Pero, ¿por qué…? ¿Por qué todo pertenece a alguien y no a mí? Bueno, no importa que no sea mío, pero ¿no puede haber al menos algo que no sea de nadie?

A veces me he confundido pensando que mi casa es algún terreno en obra o una tubería dejada en un depósito de materiales. Pero siempre son objetos que ya han empezado a ser de alguien y que, tarde o temprano, desaparecerán ajenos a mi voluntad e intereses. En definitiva, pertenecerán a alguien o se transformarán en algo que no pueda ser mi casa.

Y ¿qué tal una banca del parque? Desde luego, sí. Si de verdad fuera mi casa, y si no me espantara el guardián con su garrote… Ciertamente, las bancas son de todos y de nadie.

Pero el hombre me dice:

–¡Anda, levántate! Esto es de todos y de nadie. No puede ser tuyo. Anda, date prisa. Si no, te conduciré al calabozo; se trata de una infracción a la ley. No puedes detenerte en ningún lugar, cometes un delito cada vez que te detienes, sea donde sea.

¿Acaso seré yo el “judío errante”?

Está a punto de oscurecer. Sigo caminando.

Casas… Casas inmóviles que, levantadas sobre la tierra, ni desaparecen ni se transforman. Las calles son grietas inconstantes que no tienen el mismo talante. Caminos… Caminos que raspan como un cepillo en los días de lluvia.

Que se reducen a los carriles dejados por los coches en los días de nevada.

Y se desplazan como listones en días de viento.

Sigo caminando. No me ahorco hasta que no pueda explicarme por qué no tengo casa.

¡Ay!, ¿quién se enreda en mis pies? Si eres la soga que viene a ahorcarme, no te apures ni me presiones. No, no es la soga. Es un hilo de seda viscoso. Lo tomo entre los dedos para sacarlo, pero me doy cuenta que sale sin parar desde un agujero del zapato. Qué extraño. Intrigado, sigo tirando del hilo y sucede algo aún más extraño. El cuerpo se me inclina poco a poco hasta no poder sostenerme de pie. ¿Será un desfase del eje terrestre que origina un trastorno en la gravitación?

Se me desprende el zapato, cayendo con estrépito sobre la tierra, y entiendo lo que ha pasado. No hay ningún desfase del eje terrestre, sino que una de mis piernas se me está encogiendo. A medida que tiro del hilo, mi pierna se hace cada vez más corta. Se me está desatando el pie, como el codo de un abrigo desgastado. Resulta que es mi propio pie que se deshila.

No podré dar ni un paso más. Me petrifico desconcertado, y descubro que mi pie se ha transformado en hilo de seda y se ha puesto en movimiento por su propia voluntad, deslizándose entre mis manos también desconcertadas. Tras ondular unos segundos, empieza a enrollarse como una serpiente. El hilo sigue saliendo sin parar, sin que yo pueda hacer nada para impedirlo. Cuando la pierna izquierda se ha deshecho por completo, se desplaza con naturalidad a la derecha.

El hilo termina envolviendo mi cuerpo entero como una bolsa que no deja de deshilarse del talle al pecho, del pecho a los hombros, reforzando la envoltura desde el interior. Al fin, desaparezco, dejando atrás un gran capullo vacío.

¡Ah, por fin podré descansar! El sol crepuscular tiñe de rojo el capullo. Sin lugar a dudas ésta es mi casa, que nadie podrá quitarme; pero ahora que tengo casa, ya no existo para poder regresar a ella.

Se detiene el tiempo en el interior del capullo, Ha oscurecido afuera, pero adentro permanece el crepúsculo eterno, iluminado por la luz del atardecer. Este rasgo tan llamativo no puede pasar inadvertido.

Un hombre me encuentra, entre la barrera y los rieles del tren. Al principio se perturba, pero enseguida descubre que ha hecho un hallazgo poco común y me lleva consigo.

Al cabo de varias vueltas en su bolsillo, me deja en la caja de juguetes de su hijo.

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