Mexicanos extranjeros

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La semana pasada al menos dos analistas escribieron que el nuevo gobierno las hace sentirse extranjeras. No vale la pena ocuparse de los argumentos que confunden nacionalidad, clase social y discurso político, pero sí lo que evocan. Pensemos por un momento en una historia de la derecha mexicana cuando, derrotada por el cardenismo, también se sintió extranjera. 

Es el 29 de diciembre de 1941 y a La Paz, territorio de Baja California, van llegando cerca de 85 familias a pleno sol. Bajan de un ferry oxidado que dio tumbos, sobrecargado y durante dos días, entre Mazatlán y La Paz. Vienen con los zapatos rotos, envueltos en jorongos mojados, con huacales atiborrados de sus pocas cosas: ollas, sillas, un anafre, un retrato enmarcado, azadones. Son de Guanajuato, Querétaro, Colima, Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas; son peones, sastres, albañiles, mecánicos. El capellán, el padre Zavala, les hace cantar cuando se encuentran en la catedral de Guadalajara frente a quien los ha convocado: Salvador Abascal, líder de la Unión Nacional Sinarquista: 

Madre mía, me voy a California.

Vengo a pedirte tu Santa Bendición.

Lucharé para que sea de mi Patria

este tan rico jirón.

Se sentían extranjeros en su propia tierra porque el gobierno cardenista había fundado una identidad que no era hispanista, ni católica, ni creyente en que cada quien debía aceptar su clase social y su jerarquía de casta. Al contrario, Lázaro Cárdenas había repartido la tierra, anunciado la educación socialista y afianzado el Estado laico. Para una organización que celebraba los natalicios de Iturbide, Lucas Alamán y Miramón, y escribía “Méjico”, el país después del cardenismo debió parecerles otro. Ante esa derrota del tradicionalismo, Abascal pactó con el presidente declarado “creyente”, Manuel Ávila Camacho, que el gobierno les diera una porción del territorio nacional, lejos de los demás mexicanos que ahora eran “comunistas” y “anarquistas” (“sinarquismo” significa “con el orden”). El lugar asignado fue la Bahía de Magdalena, bajo la administración de Francisco J. Múgica. Hay que entender que el gobierno del territorio de Baja California estaba en manos de uno de los generales más radicales de la Revolución mexicana, autor del artículo constitucional que protegía a los trabajadores. Ahí mismo llega Salvador Abascal quien, en su autobiografía de 1980, señala como su ideal “el regreso de Cristo y María a los palacios de gobierno, a la letra de las leyes y a las escuelas públicas”. La forma de lograrlo, dice, “Es curar a todos de sus pasiones”. 

Tras cantar el Himno Nacional con el saludo “romano” –el de Hitler y Mussolini–, el 2 de enero de 1942 esta caravana de mexicanos, extranjeros en su propio país, emprende la caminata hacia el Valle de Santo Domingo para realizar su sociedad utópica: una patria católica, panhispánica y de lengua castellana. Abascal no matiza nada de ello: “Ante el izquierdismo, nosotros reivindicamos un regreso a la organización de la Edad Media”. De esa forma, las leyes sobre las que se iban a regir eran anticolectivistas (“el reparto agrario es un robo a la propiedad de la tierra”), antilaicas (“la educación es responsabilidad exclusiva de los padres de familia y de la Iglesia católica”) y antimaterialistas (“Juárez, Cárdenas y los científicos son en esencia formas de ateísmo y son antimexicanas”). Tenían también un decálogo de principios redactado por Abascal que contenía orientaciones como: “Repudiamos de antipatriótica y tendenciosa la forma que divide a los mexicanos entre ‘izquierda’ y ‘derecha’, ‘revolucionario’ y ‘reaccionario’. México reclama para salvarse la unión de todos sus hijos y sólo reivindica una división: mexicanos y antimexicanos; frente al grito comunista, ‘Todos proletarios’, oponemos el nuestro: ‘Todos propietarios’; condenamos la lucha de clases que, además de desarticular a la Patria, hace infecunda su economía”. 

Pero los menos de 400 sinarquistas que llegan al Valle de Santo Domingo hacia sus tierras donadas por el Estado mexicano tienen que vérselas más con las normas de conducta que con los principios ideológicos. En el decálogo correspondiente, Abascal ha puesto: “Ama las incomodidades, el peligro y la muerte”; “No esperes recompensa o premio para ti”; “Mantén a raya la soberbia, la ira, la envidia y todos los vicios. En ello consiste la verdadera hombría” (hay que decir que, al menos en los reglamentos, la mujer no tenía más obligación que hacer la harina de maíz, educar en la religión a los hijos, y alentar la fe en su marido “incluso por encima del amor a la Patria”); “Jamás hables mal o murmures acerca de tus Jefes”; “Si te sientes pequeño, débil e incapaz, piensa que Dios está contigo”.

Los peones y aparceros ligados al sinarquismo de Abascal soñaban en esos primeros días de 1942 con cultivos de “parra, olivo, higuera y dátil” –que remiten a la agricultura bíblica– para conseguir maíz, frijol y chiles. Sin embargo, hay otro sueño en cuestión que tiene que ver con el gobierno de Ávila Camacho y la posición de México frente a la Segunda Guerra Mundial. Como Salvador Abascal es pro-Hitler y está en parte financiado por las falanges de Francisco Franco en España, el presidente Ávila Camacho decide otorgarle su tierra utópica para, en la Ciudad de México, construir una derecha más ligada a los Estados Unidos; elige como interlocutor sinarquista a Antonio Santa Cruz. Éste llevará a la derecha católica a la llamada “Conferencia de los Volcanes”, en Popo Park, para negociar con monseñor Fulton Sheen la adhesión a la lucha contra el nazismo y la Rusia de Stalin. Según las dos cartas que Abascal trata de que le lleguen al emperador Hirohito, la idea de la colonia sinarquista es ofrecer, por el contrario, una base militar en Baja California a las potencias del Eje en contra de los Aliados. Así que Abascal está jugando a las vencidas en contra de la alianza de México con los Estados Unidos. Por eso llama a la primera caravana de la colonia “María Auxiliadora”, la Virgen María en su advocación de generala de los ejércitos católicos contra los turcos. La María de la guerra es lo que Abascal tiene en mente al llegar. 

Lo que los colonizadores herederos de los cristeros ven es una bahía en la que pueden pescar. Por el reglamento de convivencia de 27 puntos, no pueden consumir alcohol ni vender lo que cultiven a compradores no locales, deben saludarse con el “Ave María Purísima” que se responde con el “Sin Pecado Concebido”, las mujeres debían vestir de largo desde los 14 años, el toque de queda es a las 10 de la noche, no se permite bailar, y tampoco los viajes “por placer”. Pero quizás la prohibición más grave fue sobre el consumo de mariscos, bajo la creencia de que estimulan los “apetitos carnales”. Delante de una pesca abundante, los colonos se afanaban en sacar agua de pozos sin bombas, soñando con cultivos de olivos sin sistema de irrigación. Un año después, en febrero de 1943, en “María Auxiliadora” sólo quedaban 243 personas. 

El fracaso de los primeros mexicanos extranjeros coincide con el fin de la militancia sinarquista de Abascal. En 1943, cuando la estrategia de Ávila Camacho para negociar con una derecha que apoyara la lucha contra el Eje prevaleció, Abascal declara a los habitantes de su colonia utópica que él ya no es miembro de la Unión Nacional Sinarquista porque “los dos compadres” –Santa Cruz y Torres Bueno– fueron totalmente “sumisos con los poderes externos”. El hambre, no la convicción, fue la principal razón para las deserciones. En el primer año y nueve meses, entre todos, sólo habían comido carne una vez. El médico Horacio Castellanos, quien aceptó revisarlos, le anunció a Abascal que sus misioneros tenían cuadros anémicos graves. “Si no comen, sólo la fe los mantendrá vivos”, le dijo tajante.

En efecto, sólo la orden del arzobispo de México pudo hacer que Abascal se separara de su colonia fallida. El 29 de marzo de 1944 el padre Miguel Madrigal le dio a conocer la orden. El famélico líder aceptó darle a la Iglesia católica “la responsabilidad y mi honor” porque lo que seguía era la excomunión. Le debía 160 mil pesos a la Unión Nacional Sinarquista y entregó los bienes de la comunidad: cuatro caballos, 16 mulas y dos terneras. Abascal se reintegró a México como vendedor de cortes de casimir. 

La historia de esta derecha que se siente extranjera con los nuevos regímenes terminó integrándose al proyecto que siguió: los negocios alegres y desaseados de Miguel Alemán, un Estado que inventó y consintió a sus empresarios y que, si comulgamos con la retórica del nuevo presidente López Obrador, también ha llegado a su fin.

Esta columna se publicó el 17 de marzo de 2019 en la edición 2211 de la revista Proceso

Comentarios