Especialistas defienden ritual tradicional de bodas en pueblo triqui; rechazan criminalización

OAXACA, Oax. (apro).- “El ritual de la boda no es venta de mujeres ni trata de personas como lo llaman las instituciones gubernamentales o medios amarillistas, esto de la dote lo consideramos como un seguro de vida”, afirmó tajante la defensora triqui Emelia Ortiz García durante la presentación del libro El pueblo triqui de San Juan Copala y el ritual tradicional de la boda.

En el paraninfo de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) la autora del libro, junto con Juan Domingo Pérez Castillo, resaltó que “para nosotros la dote es sagrada, es un deber de respetar esta virtualidad porque se hace con respeto para la formación de una nueva familia”.

Insistió en que el ritual de la boda “no intenta violentar los derechos de la mujer sino que los padres tratan de buscar un futuro seguro para sus hijas a través de la dote, así como los antiguos reyes buscaban riqueza entre reinos; lo único que buscamos es el bienestar de nuestras familias”.

Durante la presentación del libro que se realizó hoy en el Paraninfo de la UABJO con la presencia del rector Eduardo Bautista y la senadora de Morena, Susana Harp Iturriarría, Emelia se quejó que “las mujeres indígenas triquis durante décadas hemos sido violentadas desde las instituciones gubernamentales y han provocado la división, desaparición forzada, asesinatos, huérfanos, viudas, violaciones tumultuarias y desplazamientos.

“Desde siempre hemos sido criminalizados por la sociedad sobre el tema de la dote. En nuestra cultura valoramos mucho a la mujer porque somos las piezas principales para la formación de una familia y se le da una dote como garantía porque, si el matrimonio no funciona, la mujer puede regresar con sus hijos y ya tiene un espacio donde quedarse”.

Entonces, cansados del olor de la sangre, de que los califiquen de salvajes, que los medios de comunicación desacralicen la tradición y sentencien como un gran tribunal la “supuesta venta de las mujeres”, Emelia Ortiz García y Juan Domingo Pérez Castillo decidieron realizar el libro El pueblo triqui de San Juan Copala y el ritual tradicional de la boda.

Con el acompañamiento de la antropóloga y escritora Alessandra Galimberti y el prólogo de la investigadora y lingüista, Yásnaya Elena Aguilar Gil, los triquis Emelia y Juan Domingo son los autores de este “libro, pequeñito pero contundente, que aborda temas tales como la dote, la “supuesta venta de las mujeres”, los derechos humanos, las relaciones étnicas desiguales, el racismo y otros temas de reflexión, todos ellos en torno y a partir de la tradición de la boda triqui…”

Con la moderación de la antropóloga social Yolanda Jiménez Naranjo, Emelia dijo que este documento es “para rescatar, fortalecer y desarrollar nuestra cultura, para que en las nuevas generaciones prevalezca y se sientan orgullosos de su origen y de su tradiciones”.

Análisis en toda su complejidad

Sin embargo, la lingüista mixe Yásnaya Elena, en su prólogo hace notar que “el fenómeno (de la supuesta venta de mujeres), en vez de ser analizado con toda su complejidad, sirvió para hacer una caricatura de la cultura triqui y desatar con fuerza el racismo que subyace siempre a la construcción de un país que se narra esencialmente mestizo”.

Este libro, escrito por miembros del pueblo triqui, es la respuesta urgente y necesaria a ese secuestro de la voz que narra el matrimonio triqui como una transacción apenas distinta de la trata de mujeres, argumenta.

Entonces, “confío en que las reflexiones aquí plasmadas desencadenen otras y que las mujeres indígenas creemos un coro de voces que complejicen y enriquezcan una discusión que generalmente va de calificar como salvajes a nuestros pueblos y culturas a relacionarse con otros como víctimas por rescatar de un patriarcado más violento que el patriarcado occidental”.

El libro El pueblo triqui de San Juan Copala y el ritual tradicional de la boda. Cambios, permanencias y desafíos, dijo Emelia, también es para “dar respuesta a los ataque de los medios de comunicación y a las instancias de los derechos humanos de la ‘supuesta venta de las mujeres triquis’.

También reconoció que “hay una gran preocupación en los cambios, en los jóvenes por la migración y por otra parte por la televisión que han hecho perder sus valores culturales, o sea por la descomposición social y desacralización de la tradición, mercantilización de la boda, que pierde su valor sagrado”.

Hizo hincapié que “por la violencia que hemos padecidos durante muchos años, hemos sido insultados, desprestigiados, por eso hay muchos jóvenes que reniegan ser triquis por el miedo de ser relegado de la sociedad mestiza. También tiene que ver fundamentalmente con la discriminación y la marginación”.

Juan Domingo inició con una pregunta: “¿Cómo vamos a vender a nuestras hijas, a nuestras madres, a nuestras hermanas? Eso no es cierto. No, nosotros no vendemos. Respetamos, porque son nuestras hijas, madres, hermanas, comadres y cuando se habla de la boda triqui es lo más sagrado para el pueblo triqui porque es la ley nuestra. No copiamos como la ley extranjera; sin embargo, nosotros respetamos las leyes de la iglesia y civil, también pedimos que se respete nuestras ley tradicional”.

Alessandra Galimberti reconoció que participar en este proyecto “ha sido algo así como un maremoto, un tsunami, un tornado, por lo intenso y confrontativo que ha sido el proceso”.

Este libro dijo “es el resultado de una alianza entre los integrantes del pueblo triqui (con todo lo que ello implica socio-históricamente hablando, en tanto minoría étnica en un Estado-nación marcado por relaciones de poder, estrictamente jerarquizadas) y yo (en tanto integrante de un sector de la población con claros privilegios y prerrogativas: urbana, mestiza, extranjera, güera, profesional, “licenciada” etc, etc)”.

Aclaró que la alianza “no se dio de inmediato, de manera automática, sino que se pudo afianzar solamente desde el momento en que (y ahí reside lo confrontativo e intenso de todo el proceso) yo me pude olvidar de mí misma.

“Es decir, una vez que acepté la disolución de mi yo, de mi yo etnográfico, y sobre todo de mi yo ideológico. Fue como un desnudarse, un desprenderse de todo el ropaje/bagaje de ideas y principios y desde esa desnudez, aproximarme a ellos para poder empezar a construir conjuntamente.

“En un inicio yo oponía resistencias, muchas resistencias: cuando Emelia y don Juan Domingo me explicaban las cuestiones de la dote y me decían que el novio aportaba una suma de dinero para casarse con la novia, pues todo me retumbaba por dentro y me hacía corto circuito y entonces los interrumpía y brincaba con toda mi indignación y mi lógica occidentalista-feminista”.

Insistía: “pero entonces, el hombre paga por la mujer, entonces se compra la mujer, entonces venden a las mujeres, entonces la mujer es una mercancía, entonces, Emelia, dónde quedan los derechos, pero cómo vamos a escribir algo que atenta contra la dignidad de las mujer, Emelia, Emelia, Emelia, no puede ser, reconsidéralo, pero fíjate y esto y  lo otro…

“Y así fueron las primeras sesiones de trabajo en las que ella me explicaba y yo automáticamente le rebatía todo con –luego me di cuenta-  un discurso unidireccional de los derechos humanos que ya tenemos totalmente introyectado y normalizado. Un discurso que, de tanto repetirlo, se ha transformado en una fórmula alejada de la vida de las personas y de las comunidades.

“Así pues, no pudimos cambiar la dinámica de nuestras primeras sesiones de trabajo hasta que reaccioné y me di cuenta que en realidad yo estaba teniendo una actitud de arrogancia, soberbia y de autosuficiencia y que así no había manera de avanzar…”

“Era un diálogo de sordos…  Y solamente cuando yo pude bajarle tres rayitas a mi autosuficiencia y a mi sabelotodo y ubicarme en una postura de humildad, ellos se relajaron también y accedieron también a escucharme… Y a partir de ahí, se pudo establecer el diálogo intercultural… como un espejeo permanente entre su palabra y la mía, entre sus percepciones y las mías…

“Es en este juego de espejeo de otredades (núcleo del proceso del acompañamiento) donde fue tomando forma el contenido del libro, que finalmente es una construcción conjunta de conocimiento, como  resultado de un diálogo intercultural, ese mismo que ellos piden en el libro a los sectores hegemónicos…”

Comentó que “este proceso la llevó a reflexionar sobre el lugar desde donde se escribe y se hace antropología… Y la importancia de hacerlo desde un lugar que contribuya al fortalecimiento, empoderamiento, emancipación de los sectores oprimidos.

“Y en este contexto, cobra sentido la declaración de José Saramago en San Cristóbal de las Casas, frente al EZLN: ‘Vengo a poner mis palabras a sus órdenes’”.

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