El arte sonoro en las revoluciones sociales

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En la columna pasada (Proceso 2210) inquirimos sobre el sitio ‒o la indefinición‒ que se le reserva a la música de concierto dentro de las políticas culturales decretadas por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, percatándonos que sería aconsejable indagar en la historia para tener más argumentos a favor de su papel como agente primordial de transformación. A fin de cuentas, se habla de buscar un cambio de tanta hondura como lo fue el de la Independencia, la Reforma o la Revolución y la música bien entendida y bien administrada ciertamente, amplifica e incide en esa dirección.

Ante semejante perspectiva, es lícito que nos preguntemos para qué escudriñar en la historia, o sencillamente, ¿para qué nos sirve la historia?… La respuesta, más allá de “ser maestra de la vida” como la definió Cicerón, es que habilita, con sus saberes e interrogantes, a todo individuo y a todo gobierno que se tome en serio su misión existencial. Asimismo, su objetivo esencial, amén de su análisis y enjuiciamiento de los hechos pretéritos, es actualizar el pasado convirtiéndolo en un asunto que le incumba al presente. Para enfatizarlo, acorde con Chesneaux, “conocer la historia es enteramente dispensable si no se pone al servicio del presente”…

Dicho esto, tampoco está por demás referir que todos los movimientos que han mudado el Statu Quo de las sociedades, por lo general comienzan reescribiendo la historia, dándoles a los pueblos y sus dirigentes la posibilidad de replantear su futuro. Así, queda claro que frente al vacío de ese porvenir que está por escribirse, los adeptos a echar a andar las revoluciones siempre han hurgado en el pasado para encontrar los modelos que les son afines. Los revolucionarios franceses cifraron sus acciones en la antigüedad romana, los bolcheviques cifraron las suyas en la Revolución francesa, la china se inspiró en la bolchevique, la cubana en una mezcla donde prevalecieron los ideales de sus propios héroes independentistas,  etcétera, etcétera.

¿Y qué podría decirse de la nuestra ‒junto a los anhelos del cardenismo‒ que acabó malogrando sus más bellas promesas?… Daniel Cosío Villegas señaló: “Si no se reafirman los principios y se les escamotea; si no se depuran los hombres y se les adorna con ropa dominguera o títulos… ¡de abogados!, entonces no habrá en México autoregeneración y, en consecuencia, la regeneración no llegará y el país habrá perdido mucho de su existencia nacional.”  ¿Nos suena válido y coherente? ¿Vibramos con esa advertencia que reverbera en la mala conciencia de quienes han estado en el poder y no han sabido reafirmar los principios sobre los que han regido sus gobiernos? ¿Estamos de acuerdo en que pertenecemos a una generación que sigue atrapada en la incertidumbre sobre su destino y que somos moradores de una nación que no ha logrado reconciliarse con su pasado, ni ha sabido apoyarse sabiamente en él para aspirar a un mejor futuro?…

Veamos, entonces, qué lecciones pueden derivarse de la historia ‒a través de la óptica que nos compete y soslayando los yerros consustanciales a la naturaleza humana y, por ende, a los movimientos sociales‒ en aras de apoyar la titánica y obstaculizada tarea que se ha echado a cuestas el presidente y su gabinete. Apelando a los casos de algunas de las revoluciones más trascendentes del Siglo XX, tendremos material en abundancia, aunque no sobrará mencionar el caso de la fundación del Estado de Israel en 1948, ya que a la música se le invistió de la importancia que le es propia…

Empecemos por este último. En pos de alcanzar la Tierra prometida y con un apoyo decisivo de la ONU y la Unión Americana, los hijos de Yahvé lograron reapropiarse de esa franja mediterránea donde los árabes, desde la caída de Jerusalén, habían erigido sus mezquitas. Casi todos eran sobrevivientes del Holocausto y el hecho de afincarse en un desierto no los descorazonó, al contrario, era un incentivo más para dar lo mejor de ellos mismos. ¿Y qué hicieron para convertir ese erial en tierra de promisión?… David Ben Gurión fue muy claro. A todo judío que dirigiera sus pasos hacia Israel habría de proveérsele de trabajo y de alimento espiritual. Sin éste, sus motivaciones podrían decaer y los frutos de sus esfuerzos no madurarían de la manera correcta. A la par de la erección de los Kibutz o comunas agrícolas, se creó la Orquesta de Palestina ‒la actual Israel Philharmonic‒ y como símbolo del renacimiento en acto se construyó el primer auditorio donde la música infundiría bríos y fortalecería el sentimiento de unidad nacional. Que la comida en un principio escaseara no era un tan grave, acostumbrados a la inanición de los campos de exterminio nazi, en cambio, sin la elevación espiritual que la música brinda, no habría manera de crear el oasis imaginado.

La única condición fue que se prohibieran las composiciones de los músicos alemanes con tendencias antisemitas, ¿El resultado, visto en retrospectiva y con independencia de sus cuestionables políticas militares? Israel es hoy un vergel donde se vive en bonanza y sus músicos reciben justas loas por su trabajo y enorme prominencia. Con respecto a los programas de concierto todavía siguen vetados los compositores simpatizantes del nazismo, pero se ha echado a andar un proyecto de reconciliación con sus vecinos, creando una orquesta conformada por judíos y árabes…[1]

Si la cuna del rey David era un territorio yermo en sus inicios, para los ideólogos de la revolución rusa, su patria era un crudo reducto de esa desigualdad y miseria que había que transformar. Los lujos de los zares, sustentados en la inconciencia y el desprecio a ese campesinado que vivía en condiciones propias del feudalismo, se encargaron de abrir las brechas. Había que concebir un Estado igualitario donde la explotación a las masas trabajadoras en el pasado. Lamentablemente, al comunismo que implantaron los bolcheviques le sobró violencia y le faltó congruencia, no obstante, los paradigmas sobre los que descansó la revolución llevaban, en lugar destacado, el apoyo a las artes ‒especialmente a la música y el ballet‒ y al deporte. Como resultado de esa atinada política cultural, los soviéticos crearon escuelas de excelencia, donde se privilegió la enseñanza desde la edad propicia, con resultados que a la fecha siguen sorprendiendo. En Leningrado, por ejemplo, se fundó una escuela exclusiva para niños prodigios que le hizo honor a su cometido. Con respecto a los compositores, se les ordenó que crearan músicas que sirvieran de propaganda sobre las bondades del nuevo sistema social, y a los que no estuvieron de acuerdo en ser portavoces, se les vetó y exilió, si osaban ser críticos. A pesar de sus yerros y sus despiadadas persecuciones, los beneficios del apoyo estatal a sus artistas fueron colosales. Y si los artistas eran excepcionales, el Estado sufragó excepcionalmente sus necesidades. ¿Quién no recuerda a los grandes bailarines y los excelsos instrumentistas paridos dentro de ese nuevo orden social?…

Si tuviéramos que hablar de la revolución cubana, con un sólo ejemplo podríamos catar la posición que ella le reservó a la cultura y el arte, para estupefacción de incrédulos y detractores. Cuenta la historia que al momento de regenerar el Ballet Nacional de Cuba, Fidel Castro le pidió al director asignado que le dijera qué cantidad necesitaba para convertirlo en el mejor del mundo. El estupefacto director escupió la cifra con temor y el comandante le respondió que le daría el doble para que no hubiera excusa en la cristalización de ese sueño. ¿Alguien puede dudar de la asombrosa calidad alcanzada así por los miembros del Ballet Nacional cubano?…

Para concluir, qué mejor que traer a colación al milagro que han realizado los chinos, milagro que no pudo divorciarse de su relación con la cultura musical. Hay que considerarlo, recordando que en el arranque de su revolución nadie pensó que sus mil millones de habitantes lograrían escaparse del colapso alimenticio y la catástrofe. Leyes muy severas y políticas inflexibles obraron a favor, pero en cuanto a la música la directriz fue aún más implacable. Primero se prohibió ‒con cárcel o muerte‒ que se escuchara lo que producía Occidente. Depurados de influencias extranjeras, se procedió a implantar el estudio masivo del arte sonoro universal, precisamente para ser parte de ese universo donde querían sobresalir. Miles de pianos, millones de violines y la disciplina férrea impuesta por Estado y familias. Hoy, los chinos dictan leyes de mercado y sus músicos brillan en las salas de concierto del orbe.[2] La pregunta ahora para nosotros es: ¿podríamos transformar nuestra sequía educativa y nuestra hambre de belleza? Otros han podido y no son tan distintos de nosotros…

[1] Se recomienda escuchar alguna interpretación de la West End Divan Orchestra que comanda Daniel Baremboim. https://www.youtube.com/watch?v=F2aEikKiGcc

[2] Se recomienda la escucha de u movimiento del concierto Río amarillo .interpretado por el pianista Lang Lang. (Xian Xinghai – Defend the Yellow River. Lang Lang, solista.  China Philharmonic Orchestra. Long Yu, director. Deutsche Grammophon, 2006)

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