¿Quién es la mafia en el poder?

López Obrador y las interrogantes sobre su reunión con el yerno de Trump. Foto: Miguel Dimayuga López Obrador y las interrogantes sobre su reunión con el yerno de Trump. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No tiene nada de malo cenar en casa de un amigo, pero cuando ese amigo pone la mesa para reunir al presidente de México con el super embajador de Estados Unidos, entonces el hecho despierta un significado cargado de relevancia. 

La cena entre el presidente Andrés Manuel López Obrador y Jared Kushner en casa de Bernardo Gómez, principal directivo de la empresa Televisa, desentona en más de un sentido con la narrativa general del discurso sostenido durante años por el mandatario. 

Incomoda que esa precisa cena del miércoles pasado haya otorgado continuidad a un formato con pésima reputación: no había por qué suponer que Kushner mantendría una relación con la cúpula del nuevo gobierno mexicano en términos similares a los del pasado. 

Antes dejaron un saldo negativo los acuerdos en lo oscurito con el yerno de Donald Trump. Por ejemplo, la visita incómoda que hizo el magnate a nuestro país, siendo todavía candidato republicano, en agosto de 2016. Aquel día fueron agraviantes las palabras de Trump, las que pronunció en México y horas después en Phoenix, Arizona. 

Detrás de ese evento vergonzante hubo conversaciones ocultas entre ­Kushner y Luis Videgaray. A pesar del repudio público, el cual condujo a la renuncia del entonces secretario de Hacienda, ese modo oculto e informal de la conversación se mantuvo durante el resto del sexenio de Enrique Peña Nieto, cada ­ocasión levantando sospecha y recelo.

Sólo el transcurso del tiempo y las consecuencias de la cena del miércoles pasado permitirán a la opinión pública conocer los motivos de tan peculiar encuentro. Sin embargo, ninguno de los dos pueblos, ni el mexicano ni el estadunidense, se merecen el estilo opaco, tan característico de Trump, que hasta hoy le ha permitido vociferar con hiel en contra de México y los mexicanos, al tiempo que manda a su yerno para que unte miel sobre las heridas de nuestras espaldas. 

Pero no sólo la cita con Kushner llamó a la sorpresa, sino también el sitio donde el encuentro se llevó a cabo. El jefe del Estado mexicano y el yerno del presidente Trump no cenaron en el Palacio Nacional, sino en casa de un particular nada común ni corriente: Bernardo Gómez es el vicepresidente más poderoso de la empresa televisora con mayor audiencia de habla hispana en los dos países. 

Cuando al día siguiente se preguntó al presidente López Obrador sobre este exclusivo evento, el mandatario respondió sin dudar que Gómez es un amigo de ambos –suyo y de Kushner– y que todo mundo tiene derecho a cenar en casa de sus amigos. 

En los corrillos de la política ya era noticia que Andrés Manuel López Obrador tenía una relación privilegiada con varios empresarios muy importantes del país, entre los que se encontraban los dueños y directivos de Televisa.

Sin embargo, en esta ocasión el presidente utilizó la palabra “amigo” para referirse a su anfitrión, y esa expresión hace evolucionar el vínculo entre ambos: potencia el privilegio porque la relación no sólo abarca el terreno de los intereses políticos mutuos, sino que involucra también las emociones íntimas.

En política es tan difícil seleccionar a los adversarios como a los aliados, pero aún en ese escabroso oficio es prerrogativa del ser humano elegir a los amigos. 

La noticia de la cena en casa de Bernardo Gómez no pudo pasar desapercibida porque tuvo a Kushner entre los comensales, pero también porque a partir de ella se reveló información que no era del todo conocida: Andrés Manuel López Obrador, el hombre cuya trayectoria política de muchos años se construyó, entre otros argumentos, como una oposición frontal a la mafia del poder, tiene como amigo a uno de los personajes que podrían haberse supuesto como integrantes de ese selecto grupo. 

Hay un error en el guion de las cosas: cuando el presidente se refería antes a la mafia del poder, algunos nos confundimos suponiendo que hablaba de los sospechosos de siempre, de los llamados “poderes fácticos” –agentes o intereses que han estado por encima de la ley. 

Quizá el equívoco no fue de quien habló sino de quienes atendimos el mensaje. La realidad obliga a redefinir el concepto de mafia en el poder: acaso únicamente la constituyen los críticos o los detractores del presidente; los demás que hayan abusado del privilegio –siempre y cuando participen de la reconciliación– no sólo merecen beneficiarse de la amnistía, sino también de la amistad presidencial.

Este análisis se publicó el 24 de marzo de 2019 en la edición 2212 de la revista Proceso.

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