El triste retorno de un basquetbolista a México

En febrero pasado llegó a México el basquetbolista chihuahuense Jorge Gutiérrez para jugar con el equipo Capitanes, de la Ciudad de México. Para él, que jugó en la NBA con los Hornets de Charlotte, volver al país no significa un fracaso, pero su meta era permanecer en esa cumbre que con muchos trabajos logró alcanzar. Ahora, después de dolorosas experiencias en Estados Unidos, Turquía, Italia y España, trata de volver a encontrar el centro de su vida.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A Jorge Gutiérrez se le desdibujó la sonrisa el día que le dijo adiós a la NBA. En abril de hace tres años llegó a la arena de los Hornets de Charlotte y ya no pudo pasar al vestidor. Lo interceptaron en el camino para acompañarlo a la oficina del gerente general. Cuando eso ocurre no hay buenas noticias. Con sólo 12 juegos y 63 minutos en la duela, el equipo le informó que no renovaría su contrato.

Le cuesta abordar el tema. Logró la meta que se impuso a los ocho años: llegar a la NBA, a la élite del baloncesto mundial, donde no pudo mantenerse. Se alejó nueve años de su familia para alcanzar la cumbre. Saldo final: tres equipos, 47 juegos, 482 minutos y un desconsuelo que lo rebasa. Gutiérrez no alcanza a digerirlo: le quedaron a deber minutos. 

“Me hubiera gustado tener más minutos. No es racismo, jamás fue eso. En Charlotte, por ejemplo, éramos tres en la misma posición: Kemba Walker, Jeremy Lin y yo; ellos ganando millones de dólares y yo salario mínimo. Eso es parte del negocio. Si le pagas más a alguien esperas que haga más y tiene más oportunidades. Walker era la estrella, pero había juegos donde Lin no jugaba y estaba mal. Yo decía: ‘Denme minutos’. Y no. En las prácticas demostraba que podía competir. Hay jerarquías y contra eso no se puede hacer nada.”

Llegó el momento de explorar nuevas opciones, le dijo su agente. 

Las puertas del basquetbol turco se le abrieron con el Trabzonspor, un club que juega en Trabzon, ciudad ubicada en las costas del Mar Negro, mil kilómetros al oeste de Estambul, donde jugó una temporada completa y la directiva le quedó a deber. Llegó con la temporada iniciada y cinco derrotas el hilo del equipo. Gutiérrez contribuyó para hilar seis victorias y se convirtió en el bienamado de los aficionados. 

En Turquía se lesionó por primera vez. La rodilla derecha le impidió jugar a su mejor nivel. El equipo acumuló derrotas y reclamos en las gradas. Conoció la agresividad de los fanáticos enojados y de directivos que pagan sólo cuando hay victorias. Retrasar los pagos es la manera de presionar a los jugadores para que pongan más empeño. La relación entre las partes se quebrantó: jugó lesionado sin la atención médica necesaria para tratar de recuperar su dinero. 

Todavía se le enchina la piel cuando recuerda el Namaz, la oración que cinco veces al día suena en los altavoces cercanos a las mezquitas. Los 10 años que vivió en Estados Unidos sembraron en su cabeza la idea de relacionar a los musulmanes con el terror. Él mismo no fue aceptado por sus compañeros turcos, que lo mal miraban por occidental y trabó amistad con los jugadores estadunidenses que tampoco eran bienvenidos. Sintió alivio el día que se fue.

En 2017 hizo un intento más por volver a la NBA, con los Trail Blazers de Portland, que lo contrataron para la Liga de Verano. Italia fue su siguiente parada. Tuvo un desempeño notable, pero la realidad se le paró enfrente: en la misma posición de guardia competía con Damian Lillard, C.J. McCollum, Evan Turner, Shabazz Napier, Allen Crabbe y Pat Connaughton. 

Bálsamo italiano

En Italia, el Aquila Trento lo recibió con los brazos abiertos, pero el dolor en las rodillas y ligamentos desgarrados lo obligaban a parar hasta tres o cuatro semanas. 

Los suspiros por la NBA volvían cada vez que recordaba que la fisioterapia no es tan importante en las ligas europeas. Los clubes mal pagan a quienes ofrecen el servicio y no los dotan del equipamiento necesario para atender a los jugadores. Gutiérrez se hacía cargo de los honorarios de quien le brindaba la atención. Atrás quedaron los tiempos en que los fisiatras de la NBA iban a su casa si era necesario.

Jugó la final de liga, que su equipo perdió. Quedó satisfecho en lo deportivo, pero una lesión mal cuidada lo llevó hasta el quirófano para una artroscopía en la rodilla derecha. 

Post operado y aún en fase de rehabilitación se fue a la ACB, la liga de basquetbol de España, la segunda más importante del mundo después de la NBA, con el Delteco GBC que dirige el español Sergio Valdeolmillos, exentrenador de la selección mexicana. Tampoco ahí recibió la atención médica y de fisiatría para recuperarse adecuadamente de la cirugía. Entre agosto de 2018 y enero de este año sólo jugó 17 partidos. Ambas partes acordaron terminar la relación laboral. 

“Mis tres años en la NBA, en términos de que llegué a donde quería, me dieron lo que estaba buscando… Antes de llegar a la NBA sabía a donde tenía qué llegar, ya que llegué mi visión era mantenerme. Desde que salí de la NBA no he tenido un objetivo, no encuentro el rumbo o está dañado. Por muchas cosas a mi alrededor dejé de disfrutar el basquetbol”, confiesa.

La vuelta a casa

El 28 de febrero pasado, el club Capitanes de la Ciudad de México, de la Liga Nacional de Baloncesto Profesional (LNBP), anunció su contratación. Le ha dado trato de estrella. Su fulgurante presencia como seleccionado nacional le ha granjeado esa posición. 

Volver a México siempre lo vio como un fracaso; ahora siente que tiene la oportunidad de reconstruirse física y anímicamente. Está en casa, más cerca de su familia y, asegura, con un equipo donde lo tratan bien. 

“Nunca he tomado una decisión de dinero. Juego porque me gusta. Puedo vivir con muy poco, así he vivido todo este tiempo y no he vivido mal. Un fan puede pensar que tengo una vida glamorosa. No estar feliz ahora no tiene que ver con que no estoy ganando un montón de dinero, es porque no tengo una paz interna. Estoy jugando, pero no como quiero, como no estoy rindiendo estoy en un estado de insatisfacción. Tengo que encontrar un balance dentro y fuera de la cancha, estoy en un punto que depende (su felicidad) de lo que hago en la cancha y antes eso no me pasaba. Yo estaba tranquilo fuera de la cancha.” 

–¿Dónde está tu felicidad?

–Es una buena pregunta… En este momento no lo sé. No sé cómo voy a encontrar la paz interna. Regresar a México es un paso hacia adelante. No es un fracaso regresar a mi país. Ya me quité ese pesar. Ayudaría estar físicamente bien, poder hacer cosas normales, sentir que no me duele la rodilla, que no estoy limitado.

“Necesito buscar un poquito de ayuda, trabajar el aspecto psicológico. Por donde he crecido, por tantos años que pasé en Estados Unidos, aprendí que no puedes quejarte, no puedes demostrar que las cosas no están bien. A lo mejor ahorita estoy pagando mi factura, pero eso me ayudó a llegar a la NBA.” 

Gutiérrez es chihuahuense. Nació el 27 de diciembre de 1988, pesó 2 kilos 800 gramos y midió 52 centímetros. De su familia paterna heredó la estatura: 1.91 metros, que en México lo definen como un hombre muy alto. Entre los profesionales del basquetbol se cuenta entre “los bajitos”, con una fuerza física comparable a la de los jugadores negros que dominan este deporte. 

Dice Bertha, su mamá, que Jorge se volvió así cuando se fue de su casa apenas cumplidos los 16 años. El tiempo lo volvió ensimismado y retraído. Fue un niño cariñoso que todo el tiempo hablaba. La sorprendió el día que pegó en el refrigerador una hoja donde escribió lo que tenía prohibido comer. No comía dulces ni chatarra.  

No recuerda la fecha en la que partió. El dolor que sintió, sí. Ha sido el peor día de su vida. Dos años antes el niño le pidió permiso para irse a estudiar a una preparatoria en Estados Unidos. Bertha le dijo que no. Entonces el reclamo: me robaste la oportunidad de mi vida. Llegó la promesa: la próxima vez sí te dejo ir. Y no hubo marcha atrás. 

A Bertha y su esposo les tocó llevarlo a la casa de unos conocidos que se lo llevarían en coche hasta Denver para inscribirlo en la Lincoln High School, donde 90% de los alumnos son latinos. Jorge no hablaba inglés ni tenía visa de estudiante, pero si quería mejorar en su juego e intentar llegar a la NBA debía cruzar la frontera.

Sacrificó a su familia y su familia se sacrificó por él. Se guarda el nombre del coach que lo reclutó. Las preparatorias públicas tienen prohibido reclutar talento, pero este hombre no se quedó con las ganas cuando Héctor Hernández (otro chihuahuense, 2.06 de estatura) le contó que su estado está plagado de talento. 

Se organizó un campamento para el coach, quien pasó como un aficionado cualquiera sentado en las gradas. Ahí se endiosó con Jorge y otros tres jugadores. En un apartamento de una recámara se hacinaron los cuatro. Vivían con 100 dólares al mes, de los cuales 50 eran para pagar la renta. En la escuela, como nunca, Jorge se esmeraba. No había margen para el error. 

Berkeley le da la mano

El desempeño de Gutiérrez en la duela provocó que las escuelas a las que Lincoln High School se enfrentaba protestaran por su presencia. Aunque pudo demostrar con acta de nacimiento en mano que tenía la edad reglamentaria, alegaban que tenía 25 años. De plano no pudo jugar. 

Apareció entonces el coach Michael Peck, de la preparatoria Findlay en Henderson, Nevada, que lo reclutó para jugar en su último año de bachillerato. Le dieron beca completa, regularizaron su situación migratoria y comenzó a jugar en torneos nacionales. 

La Findlay College Prep es reconocida por sus jugadores cinco estrellas. Jorge estaba catalogado como tres estrellas. Hoy todavía no entiende por qué lo reclutaron. En la duela era incansable: agresivo, peleaba cada balón, corría, organizaba a sus compañeros. El coach Peck lo adoraba. Estar cerca de personas con una mejor posición económica lo intimidaba. 

“Me sentía menos que los demás. Nos invitaban a comer los patrocinadores y yo no iba, decía: ‘no tengo para pagar, no tengo ropa para vestir bien’… No quería lidiar con eso… Mi personalidad en la cancha era muy diferente.”

De Findlay se graduó con honores. La angustia de no tener ofertas de universidades importantes se extendió hasta mayo de 2008. Ante la imposibilidad de que su familia le pagara la universidad, pensó en regresar a Denver y trabajar en los jardines. Mejor eso que volver a México fracasado. ¿Cómo explicarles a todos que no lo logró? 

En la Universidad de Berkeley, al coach Mike Montgomery le sobraba una beca. Andaba preguntado por todos lados quién podría merecerla. El nombre de Jorge Gutiérrez, quién sabe quién en Denver se lo dio. Sin verlo jugar ni un minuto lo visitó en la prepa, luego lo invitó al campus, donde le puso unos papeles en la mano. Era una oferta de beca completa para jugar basquetbol. 

“No la firmé porque no sabía qué hacer. No me gusta contar que cuando me dio los papeles me solté llorando. Él dice que nunca le había pasado eso con nadie. No me acuerdo mucho de lo que dije porque estaba en shock.” 

De Berkeley, Gutiérrez se graduó en Estudios Interdisciplinarios Basados en el Cambio Social y fue nombrado Jugador del Año y Defensivo del Año de la Conferencia Pac-12 en la generación de 2012, hazaña que sólo él ha logrado y que el coach Montgomery tiene como uno de sus más grandes logros en su currículo. 

Hasta la universidad, Jorge Gutiérrez jugó en la posición de ala. Después se convirtió en guardia movedor, el que reparte el juego. En España lo llaman base. Parte de sus funciones es ser el líder, una extensión del entrenador en la duela. 

Los tiros de tres puntos son su talón de Aquiles. Desde que llegó a Estados Unidos acostumbra quedarse al final del entrenamiento por lo menos una hora para practicarlos. 

“Nunca trabajaron con mi cabeza. Tiro mal; sí, pero llegué a la NBA. No debe estar tan mal. Hace unos años leí un libro de psicología (Mind Gym: An Athlete’s Guide to Inner Excellence), no te digo que me curó, pero ayudó. Es ansiedad. Es el pensamiento negativo: ‘voy a fallar’ en lugar de ‘la voy a meter’”, dice. 

Fue hasta 2012, con el equipo Charge de Canton de la Liga de Desarrollo de la NBA, cuando Gutiérrez recibió la confianza del coach Alex Jensen. Jugó muchos minutos, le alimentó el ego, le dijo “empieza a creértela”. Aprendió el estilo NBA de su posición, a manejar el juego, a mover jugadores, a ser líder. 

“Ahí me levantaron –recuerda–, me dijeron eres bueno… confiamos en ti. Se siente muy bien cuando un entrenador te da la confianza, cuando los compañeros te ven como líder. Es muy diferente a que te digan: ‘aquí no eres nadie’.”  

 Este reportaje se publicó el 24 de marzo de 2019 en la edición 2212 de la revista Proceso.

Acerca del autor

Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras y Literatura Hispánica en la UNAM. Fue reportera de información general en los noticieros Monitor de InfoRed. Desde 2000 ha sido reportera y conductora de deportes en distintos medios radiofónicos y televisivos. Estudió la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos en el CIDE.

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