El poder ruso en Asia Central

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Los estados de Asia Central se independizaron de la Unión Soviética en los años 90, pero Rusia sigue teniendo un papel importante en la región. Aunque las repúblicas centroasiáticas cada vez son más autónomas respecto a la Federación Rusa, siguen existiendo lazos estrechos. Y pese a que una nueva potencia ―China― está adentrándose con fuerza en esta “esfera de influencia” rusa, el papel principal, por ahora, sigue en manos de Moscú.

Asia Central es una zona geopolítica clave, al situarse justo en medio del continente euroasiático, cosa que puede servir de puente a Pekín hacia Oriente Medio y Europa, como hace siglos hizo la Ruta de la Seda. Para Moscú, se trata de un “patio trasero” decisivo para la estabilidad de su larga frontera sur.

A pesar del avance chino, Rusia sigue siendo la potencia más influyente en Asia Central, en especial en el campo militar, político y cultural, y en algunos casos el económico. Aunque si miramos de cerca las cinco repúblicas que componen esta región ―Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán, ordenadas de mayor a menor superficie― esta presencia rusa es desigual.

“La influencia rusa es heterogénea, está mucho más presente en países como Kirguistán o Tayikistán, que en Uzbekistán o Turkmenistán. Pero si hacemos un análisis en conjunto, la influencia de Rusia en el Asia Central postsoviética sigue siendo muy fuerte”, asegura Rubén Ruiz, codirector del Grupo de Estudios de Europa y Eurasia (Geurasia).

Militares y energía

Uno de los ámbitos en el que Rusia ejerce más peso en Asia Central es el militar. Moscú tiene bases militares en tres de las cinco repúblicas centroasiáticas: Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán, esta última de especial importancia, por hacer frontera tanto con Afganistán como con China. La venta y donación de armamento ruso a los ejércitos de estos estados sirve para influir en el ámbito de la seguridad.

Los contactos militares, en los últimos años, se han producido cada vez más a través de organizaciones regionales, algunas de ellas promovidas por Moscú, que agrupan a Rusia y a varios de estos países centroasiáticos.

“Rusia también proyecta su influencia a través de organizaciones multilaterales como la Unión Económica Euroasiática, la Organización de Cooperación de Shanghái o la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. Eso facilita reuniones frecuentes entre funcionarios [de Rusia y de países de Asia Central], ejercicios militares conjuntos e intercambio de inteligencia”, explica Edward Lemon, investigador del Kennan Institute.

Otro de los factores que liga Asia Central con Rusia es el de la energía. Esta región contiene una de las reservas más importantes de hidrocarburos, aunque de manera desigual entre sus estados miembros.

Kazajistán, por ejemplo, es el líder en reservas de petróleo, conteniendo 30 mil millones de barriles de este recurso, lo que lo sitúa en el doceavo puesto a escala mundial. Esta república es también la mayor productora de uranio del mundo. Turkmenistán, por su parte, tiene la cuarta reserva más importante de gas natural del planeta.

En este contexto de importantes materias primas, y aún con la inversión que está desplegando China, Rusia posee gran parte de la infraestructura que necesitan estos estados para enviar sus preciados recursos energéticos a los mercados internacionales. Esa es una baza que refuerza su importancia y voz en la zona.

Moscú también tiene una posición comercial destacada, a pesar del creciente peso económico chino. Los rusos siguen siendo el socio comercial más destacado de Tayikistán, y el segundo en el caso de Kirguistán. A pesar de ello, Moscú ya no es el gran importador de materias primas de la zona, y su exportación a esta región se ha ido estancando.

Cultura y migración

Aún teniendo en cuenta estos importantes vínculos militares y económicos entre Rusia y Asia Central, parece que el factor que va a jugar un papel más importante y duradero en esta relación va a ser el “poder blando” ruso, es decir, la capacidad de unir y seducir mediante la cultura, las relaciones personales y otros valores no-materiales.

“Todavía hay una amplia presencia de la lengua rusa entre la población [de Asia Central], especialmente entre las élites y los migrantes. El ruso sigue siendo la lingua franca para la comunicación intrarregional, tanto entre algunos ciudadanos del mismo estado, como entre ciudadanos de países distintos de Asia Central, además de en las altas esferas políticas”, explica Slavomír Horák, profesor de la Charles University de Praga.

La amplia variedad étnica y lingüística que hay en Asia Central ―incluso dentro de los estados que la componen― ha hecho que florezca un sistema cultural y de medios de comunicación propio en las lenguas locales. Pero el ruso todavía se oye ampliamente en la televisión o la radio, a través de, por ejemplo, las canciones pop, cosa que no sucede con otros idiomas externos como el inglés o el chino.

Las clases locales más educadas suelen hablar ruso y, además, existe, en varias de estas repúblicas, un porcentaje importante de la población que es de etnia rusa. El caso más destacado es el de Kazajistán, con un 20 % de rusos. En Uzbekistán y Kirguistán el porcentaje baja al 6 %.

Otro factor que une especialmente esta región con Moscú es la migración. En la actualidad hay cinco millones de inmigrantes de Asia Central que viven en Rusia. El centro del que fue el antiguo imperio soviético es visto como el destino natural para los jóvenes centroasiáticos que quieren aspirar a mejores salarios y condiciones de vida.

El gobierno ruso ha facilitado estos desplazamientos desde Asia Central, que le proveen de mano de obra barata y le ayudan a establecer vínculos más fuertes y personales con la región. Hay voces rusas más nacionalistas ―incluidas algunas opositoras a Putin― que piden restricciones a esta migración desde Asia Central.

Para diversas repúblicas centroasiáticas, las remesas que envían estos inmigrantes forman una parte esencial de su economía. Alrededor de un tercio del PIB de Tayikistán y Kirguistán está constituido por este dinero enviado desde Rusia.

El pegamento que une estas culturas y poblaciones con Rusia es, en buena parte, el peso simbólico que todavía tiene el recuerdo de la Unión Soviética. Que todavía se hable y se escuche ruso en la televisión de manera habitual, o que el destino natural de los inmigrantes o estudiantes sea Rusia, está fuertemente marcado por ese pasado imperial.

Este mismo factor hace que Moscú siga viendo Asia Central como su “esfera de influencia” geopolítica, y observe con suspicacia que otras potencias se acerquen a ella. A pesar de esto, las repúblicas de Asia Central cada vez son más autónomas y poderosas para ejercer sus propias decisiones, y la influencia de Moscú no es tan directa y fuerte como antes.

Eso no quiere decir que la figura de Putin o su modelo autoritario no tenga ecos en la región. Precisamente, la mayoría de estas repúblicas han tenido una experiencia post-soviética marcada por los hombres fuertes locales, que han limitado el poder del islamismo y han consolidado sus propios círculos de poder. El ejemplo más importante en estos últimos tiempos es el de Nursultán Nazarbáyev, autócrata de Kazajistán durante 30 años, que ahora está dando paso a una transición controlada en la que vigila que se mantengan sus estructuras y élites de poder.

“Putin todavía es relativamente popular en la región. Mucha gente, además de los propios gobiernos, parece que han adoptado la visión del Kremlin de que la estabilidad autoritaria es mejor que la democratización caótica y los riesgos que supone”, apunta Edward Lemon.

Esta afinidad en la visión política y los mutuos deseos de estabilidad ayudan a afianzar a Rusia en la región. Los gobiernos de Asia Central adoptan esta posición para mantenerse en el poder, mientras que Moscú lo hace para mantener la seguridad y estabilidad en su frontera sur.

La irrupción de China

Un debate clave es cómo va a afectar la creciente presencia china ―especialmente en el ámbito económico― al poder que Rusia tiene en Asia Central. A nivel general, Pekín y Moscú tienen una buena relación, en gran parte debido a la agresividad que Estados Unidos está demostrando hacia sus gobiernos, por un lado con las sanciones a Rusia y, por el otro, con la guerra comercial contra China.

“China y Rusia tratan de presentar su rol en Asia Central como complementario y no competitivo. Supuestamente China acepta y aprecia el liderazgo ruso en materia de seguridad para proporcionar estabilidad a la región, y Rusia entiende que, no pudiendo competir con la inversión china, debe aprovechar las sinergias que la estrategia desarrollista produzca en beneficio propio”, afirma Rubén Ruiz.

Esta “división del trabajo” entre Rusia y China (uno se encarga de la seguridad, el otro de la economía) no es estricta: Moscú sigue teniendo importancia económica en la región. Pero Pekín ya lleva la delantera. En el ámbito comercial, por ejemplo, los intercambios entre China y Asia Central ascendían a 30 mil  millones de dólares, mientras que los realizados con Rusia se quedaban en los 18 mil 600, según datos de 2016.

El gran objetivo de China en Asia Central, dejando de lado este comercio ya existente, es la llamada Nueva Ruta de la Seda, un enorme proyecto de infraestructuras con el que Pekín quiere conectar de manera mucho más profunda toda Eurasia, desde Asia Oriental hasta Europa.

El beneficio que sacaría China de este proyecto es que, siendo la economía más potente, sería la que más se beneficiaría de un gran continente conectado y desarrollado. El principal problema que puede encontrarse en su expansión hacia Asia Central se encuentra en su provincia más occidental y desértica, Xinjiang.

En esta región habita la minoría musulmana uigur, de lengua túrquica, religión musulmana y lazos culturales con otros pueblos de Asia Central. El nacionalismo e islamismo uigur se ha enfrentado al gobierno chino desde hace décadas, hecho que llevó a una escalada de violencia después de que las repúblicas de Asia Central se independizaran. Muchos de los ataques realizados por los insurgentes uigures se planeaban o ejecutaban en estas repúblicas centroasiáticas vecinas.

En la actualidad, el gobierno chino ha conseguido estabilizar Xinjiang mediante la represión, el desarrollismo y la creación de unos “campos de reeducación” donde se han encerrado a miles de uigures. A pesar de ello, Pekín sigue alerta ante focos de nacionalismo o radicalismo islámico que puedan formarse junto a su frontera más occidental.

Si los intereses de China se van ampliando en Asia Central, es probable que Pekín quiera aumentar su rol en la seguridad regional, cosa que podría crear ciertas tensiones con Moscú. A pesar de eso, actualmente no hay una competición entre potencias, sino más bien un acomodo, que podría variar con el tiempo. Aun así, las recientes noticias sobre una base militar “informal” de China en Tayikistán indican que el papel en seguridad de Pekín, sin duda, va a crecer.

Tanto Rusia como China tienen intereses comunes en la región, como mantener la estabilidad autoritaria, fomentar el desarrollo económico y mantener a Occidente fuera de esta área geopolítica clave.

Pero no todo depende de los grandes poderes exteriores. Mucho ha cambiado desde el “Gran Juego” del siglo XIX, cuando potencias como Rusia o Inglaterra dominaban a su antojo la región, y los poderes locales no tenían ni voz ni voto.

“Estos estados (centroasiáticos) están lejos de ser sólo piezas de ajedrez de los grandes poderes. Además, están optando por diferentes vectores de política exterior según el asunto”, apunta Slavomír Horák.

El crecimiento de China, la resistencia de Rusia y los equilibrios geopolíticos que lleven a cabo estas repúblicas centroasiáticas marcarán el futuro de la región.

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