En defensa de la administración pública

López Obrador. Contra la burocracia pero... Foto: Miguel Dimayuga López Obrador. Contra la burocracia pero... Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Todos sabemos, en abstracto, que el modo de nombrar a alguien es decisivo del trato que se le da. Si alguien se refiere a otro como un imbécil y se acepta el calificativo o, al menos no se le rechaza con contundencia, al referido se le dará el trato que corresponda a los así aludidos. El tamaño de la consideración y los efectos del nombrar guardan relación con ciertas condiciones. No es lo mismo calificar a alguien en un ámbito bilateral, que en uno familiar, escolar o nacional. Tampoco es igual serlo por el bully de la clase, que por el maestro o el director de la escuela. Las situaciones y los involucrados son determinantes de la imagen que de sí mismas tienen las personas y del modo como los demás terminaremos relacionándonos con ellas. 

El presidente de la República aparece a diario en las conferencias mañaneras para hablar de una amplia y diversificada cantidad de temas con posiciones definitivas y definitorias. Un día es la corrupción, al otro los corruptos, luego las empresas, la pobreza, el pasado, la conquista, el futuro, los conservadores, las inversiones, los desaparecidos y así, tejiendo y destejiendo, lo que vaya sumándose. A lo dicho a tan tempranas horas se acumulan los decires del mediodía en algún lugar del territorio nacional. Con formatos distintos y materias prefijadas, las constantes comunicativas no varían. Nuevos anuncios, nuevos posicionamientos, nuevos opinares de mucho, cuando no de todo. La cantidad abruma. En una misma sesión se dicen tantas cosas que es difícil cernirlas. Muchas son, bien escuchadas, sustancialmente irrelevantes. La falta de sustento de lo afirmado, la posposición de la respuesta, lo ambiguo del decir, provocarían la sordera ante un comunicante distinto. Lo que las hace relevantes es la calidad de quien habla. Lo dicho por el presidente de la República puede convertirse en acción política o jurídica y afectar vidas o patrimonios, transformar modos actuales de convivencia o afectar los del porvenir.

De entre las muchas cosas que el presidente ha dicho y que, a fuerza de repetirlas él y no reflexionarlas nosotros tienen aceptación generalizada, es lo relativo a los servidores públicos y a las funciones que realizan. Partiendo de su generalizado modo de ver el pasado inmediato como causa de males, el presidente ha considerado que quienes laboraron en los gobiernos anteriores eran o corruptos, o sinvergüenzas, o incompetentes o miembros de organizaciones mafiosas, o una mezcla de todo ello. También, y por separado, ha considerado que el gobierno era grande, abundoso, caro, lleno de duplicidades y generador de enormes privilegios personales y corporativos. Para comprender en una sola unidad a los malos funcionarios, los privilegios, las malas prácticas y las disfunciones, López Obrador ha echado mano de un término tan común como odiado: la burocracia. 

Si tratamos de identificar lo que esa expresión evoca, aparecen confundidos, efectivamente, agravios, dispendios, molestias y otros muchos recuerdos negativos. Recordaremos al “gutierritos” de entonces o al “godín” de hoy, la torta en el escritorio, la factura del “refri” como requisito de trámite, la comedida solicitud de propina o la franca extorsión, el cierre de la oficina cuando ya tocaba turno o las vueltas y formalidades superfluas. Con estos agravios en mente, agreguemos los sueldos, los seguros, los autos, los choferes, las comilonas, los viajes o el nepotismo. Hecha la suma, comparemos el resultado con la situación de vida de gran parte de los mexicanos, las penurias que cotidianamente viven y los agravios que han sufrido a lo largo de su existencia. Realizada tal comparación, digámosle a los de este segundo y muy amplio grupo que, si no todos, sí buena parte de sus males van a resolverse con lo que se les quite a los del primero. Que la falta de alimento, educación, salud o empleo será finalmente reparada con el dinero que deje de gastarse en coches, choferes y viajes, pero también en dispendios, duplicidades e ineficiencias. Que lo que a muchos les falta se reparará con lo que dejen de ganar otros y con lo que se deje de gastar en una clase gubernamental francamente ociosa. 

Frente a una narrativa así, ¿quién, que no se asuma como cínico, privilegiado o corrupto, puede oponerse? Si finalmente alguien ha tenido la capacidad y el valor de identificar a una clase rentista que hace poco por el bien de todos y mucho para el propio, ¿por qué no enfrentarla, denunciarla y suprimirla en lo posible? ¿Por qué no hacerla tan pequeña como se pueda y mantenerla con lo mínimo indispensable o, todavía mejor, con lo que su indebido quehacer realmente merezca? Entre menos sean, mejor; entre menos reciban, también. 

En la épica de todo este su narrar, López Obrador cubre un amplio espectro. Identifica a los malos, reivindica a los buenos, actúa decididamente, corrige a la historia, asigna recursos y mejora vidas. Se logran muchos resultados con pocas acciones. Una causalidad casi lineal, de esas que tan claramente se describen en ejemplos de clases. Pareciera que al irse contra la burocracia se logra una gran conquista. ¿Quién podría oponerse a ello en su sano juicio? Asumiendo la narrativa presidencial, francamente nadie; ajustándola un poco, creo que debiéramos hacerlo todos. 

La revista Proceso sale a la venta los domingos. Supongamos que alguien está leyéndola en su casa ese día a mitad de la mañana. A esas horas probablemente ya se ha bañado, ha utilizado energía eléctrica para hacer funcionar algún aparato, ha usado gas para preparar algún alimento, lo ha consumido y ha depositado la basura en sus recipientes. Si a esto se hubiere limitado hasta entonces el quehacer dominical, ¿cómo ha intervenido la administración pública para que lo hecho haya marchado adecuada, previsible y regularmente? 

Si bien el agua que sale por la regadera es un recurso natural, no lo es su salida por ese medio ni con esas calidades. Posible o deseablemente, el tubo de la regadera está conectado a un tinaco, éste a una cisterna, ésta a una red de distribución ­citadina, ésta a una red mayor y así, en reversa, llegamos a los pozos de abastecimiento primario. En el tránsito del líquido hay plantas de bombeo, compensación y cloración. El baño, el sencillo y cotidiano acto de limpieza que realizamos a diario quienes contamos con esas condiciones materiales de vida, no es una cuestión que la naturaleza nos proporciona sin más, sino la suma de muchas acciones cotidianas y anónimas. En la misma acción matutina, el hipotético lector se ha preparado de desayunar. Ha tomado café, ha cocinado unos huevos, bebido leche o ha combinado ésta con cereal. Lo dispuesto lo ha sacado de un refrigerador o una alacena después de haberlo traído de un mercado o un supermercado, en cuyos pasillos transitó para ir eligiendo los productos que pudo comprar. Salvo ver precios, caducidades o composiciones, tal comprador se limitó a seleccionar, pagar y transportar. La determinación de los precios de venta, las calidades de los insumos o la veracidad de los etiquetados, no fue comprobada por él. El ­cereal, la leche, el jamón o lo que cada cual pueda ingerir, quedó determinada por una serie de actos de los productores regulados y supervisados por diversas instancias, cuyo actuar es también cotidiano y anónimo.

Al igual que bañarnos o comer, la realización de nuestras actividades diarias depende de lo que una gran cantidad de actores realizan. Nos encontramos en una situación en la que hemos delegado en otros muchas de las posibilidades y calidades de lo que hacemos. Al asistir a un médico titulado suponemos que cuenta con las competencias necesarias para no matarnos o empeorarnos; al comprar un aparato suponemos que tendremos la calidad anunciada en su propaganda; al tomar un camión o el metro asumimos que el aparato está bien mantenido y los conductores entrenados; al comprar gas creemos que no generará tóxicos que terminen asfixiándonos. ¿Por qué hacemos esto? ¿Qué nos hace confiar en que ciertas cosas pasarán y otras no? ¿Qué es lo que hace que nuestra vida sea posible al no tener que llevar a cabo individual, diaria y repetidamente todas las acciones para verificar todos los pasos que nos lleven a tomar todas las acciones que deseemos realizar?

En las sociedades modernas, y ello a partir de muy remotos y conocidos antecedentes, nuestra condición humana depende en mucho de lo que realiza la administración pública. Al conjunto de funcionarios que, por contar con competencias jurídicas y técnicas, son capaces de regular una gran cantidad de acciones diarias, mantener su ejecución, satisfacer ­calidades, corregir desvíos y sancionar faltas. A esos funcionarios que mantienen abiertas escuelas y educan a niños y jóvenes; a esos que prestan servicios de salud y logran que sus diarias intervenciones sean exitosas; a esos que llevan a cabo prácticamente toda la acción del Estado distinta a legislar y a juzgar casos y controversias.  

Regresando al principio, al problema de asignar sentido con el designar, propongo introducir un pequeño matiz semántico. A diferencia de lo que está haciendo el presidente de la República, en lugar de nominar a quien labora en el servicio público “burócrata” y en lugar de designar sus tareas como “burocráticas”, propongo hablar de “administrador” y de “administración”, y, para dar especificidad laboral y funcional, agregar los calificativos “público” y “pública”. El resultado es por completo distinto al que a diario observamos.

Lejos de suponer que los problemas se corrigen denostando y desapareciendo al servicio público, debiéramos pensar que la solución pasa por otro camino. Por una parte, en efecto, combatiendo a la burocracia, sus excesos y sus indudables deficiencias; por otra, sin embargo, mejorando el servicio público y la calidad de quienes lo realizan. En la manera en la que el presidente está tratando de hacer las cosas hay una lamentable confusión entre ambos asuntos. La dificultad de diferenciar entre la mala patología burocrática y la buena función administrativa está haciendo que se extirpe el órgano y no el tumor y sus adherencias. Piénsese por un momento en un mundo sin administración pública. Ahora, en uno sin burocracias. Como claramente no son lo mismo, es relevante hacer cosas distintas. Una, sumarse con entusiasmo, inteligencia y planeación a la supresión de las prácticas burocráticas; otra, sumarse con ese mismo entusiasmo, inteligencia y planeación a la reconstitución de la administración pública, los funcionarios y los servicios públicos. Esto, como tantas otras cosas en la vida, comienza por no comprar lenguajes ad hoc ni mimetizarse en el sentido de las palabras.

Hablar de una buena administración pública no implica hacer la apología del neoliberalismo. No estoy suponiendo que sea lo mismo tener un buen funcionariado que tener un tecnócrata. Quien verifica los trenes del metro, certifica insumos médicos u opera los distritos de riego no tiene por qué haber estudiado en Chicago, leído Camino de servidumbre ni entender los costos marginales; tampoco tiene que haber vivido en Moscú, leído El libro rojo o comprender la plusvalía. Simplemente tiene que saber hacer su trabajo. Identificar, licitar, intervenir, operar, asignar, medir o pesar, entre otras muchas cosas. Pensar en el mejoramiento del servicio público tampoco implica hacer una apología del clasismo ni proponer una clase de mandarines que todo lo vea, piense, resuelva y controle por sus saberes y posiciones. Se trata, de manera más modesta, de entender que sin una administración pública eficiente, capaz y actuante, no es posible resolver los muchos problemas por los que atravesamos. 

Una madre golpeada necesita de un establecimiento que la guarde, la consuele, la sane a ella y a sus hijos y le provea de los consejos jurídicos y laborales para hacer una nueva vida, libre de violencia. Esto implica contar con un sitio adecuado y seguro, dotado de recursos y de un personal profesional y solidario. Una madre trabajadora requiere de una estancia que eduque a sus hijos y les dé los apoyos materiales y psicológicos adecuados para un sano crecimiento. Los usuarios del transporte público necesitan de unidades cómodas, seguras, puntuales y dignas que les permitan llegar a tiempo a sus actividades. Cada uno de estos temas, y muchísimos otros que podríamos señalar, requieren de acciones estatales de ordenación y control. No de pagos directos a los involucrados pues, con el debido ­respeto, ¿qué se hace con algo de dinero en efectivo frente a la pareja que quiere apoderarse de él, o no se cuenta con alguien que profesionalmente pueda hacerse cargo de los hijos, o se está frente a un asaltante armado en el autobús?

El presidente es un hombre entusiasta y comprometido con sus ideas. Es trabajador y está legítimamente preocupado por ayudar a quienes menos tienen. Sin embargo, él solo no podrá hacer lo que piensa que debe hacerse. Simultáneamente, no puede construir, curar, asignar, regular, dotar o componer todo, todo el tiempo y en todos los sitios. Eso, se sabe, es lo que los creyentes suelen asignarles a sus dioses en las respectivas religiones y lo que los respectivos dioses deben realizar para que sus fieles lo sigan siendo. El país no requiere de burocracia, es ­verdad, pero sí de buenos funcionarios. Distinguir una y otros, terminar con la primera y generar o apoyar a los segundos, es parte de lo que necesitamos para acabar con las diferencias y los atrasos. Estos de los que tanto y tan justamente se habla y, sin embargo, persisten y se extienden a diario. 

¿Qué efecto social tendría que el presidente, finalmente su jefe, se pusiera al frente de la administración pública, la convocara a renovarse, reconociéndola y retribuyéndola, en lugar de reducirla y maltratarla? Sé que habría menos recursos para asignar directamente, que las clientelas tardarían más en formarse y que las elecciones serían un poco más azarosas; sé, también, que habría una población más ordenada, con mejores condiciones de vida, más empoderada en sí misma y menos dependiente de la acción política. Es evidente que no todos los problemas nacionales van a resolverse con la existencia de una buena administración pública, pero sin ella los actuales se ampliarán y otros nuevos aparecerán.  

@JRCossio 

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