La sombra de la traicionada revolución egipcia pende sobre Argelia y Sudán

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El espectro de la traicionada revolución egipcia de 2011 pende sobre las insurrecciones populares de Argelia y Sudán, que en abril lograron derribar a los presidentes Abdelaziz Bouteflika (el martes 2) y Omar al Bashir (el jueves 11). En El Cairo, Hosni Mubarak cayó después de tres décadas en el poder, el 11 de febrero de 2011, a causa de un movimiento de sólo 18 días. Ocho años después, la dictadura del general Abdelfattah al Sisi es considerada por muchos como peor que la de Mubarak.

Como si siguieran el manual aprendido en el río Nilo, las cúpulas político-militares abandonaron a quienes las encabezaban, como concesión para los manifestantes y bajo la suposición de que eso sería suficiente para silenciar las calles y seguir como siempre, cambiar una figura para no cambiar el régimen, al estilo egipcio.

En ambos casos, la gente también toma lecciones del pasado y su presión no cesa.

El modelo egipcio

El 10 de febrero de 2011, Hosni Mubarak dio un discurso por televisión. En la cairota Plaza Tahrir, centro del alzamiento, la gente escuchó atentamente porque se esperaba su renuncia. El CSFA (Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas) le había dado la oportunidad de presentarla él mismo, en los términos que le convinieran. Pero entre opositores como entre militares corrió la decepción: Mubarak aprovechó la oportunidad para dirigirse al pueblo como un padre que reprende amorosamente al hijo mal portado, buscando revertir la situación a su favor.

No lo consiguió. El pueblo aulló de rabia en Tahrir. Y al día siguiente, ya no fue Mubarak quien anunció su retirada, sino su vicepresidente, Omar Suleiman, que leyó apresuradamente el texto que le entregaron. El ejército había dado un golpe de Estado.

La mayoría no quiso verlo en la plaza: prefirió tomarlo como la victoria de la revolución del 25 de enero. Sólo una parte del sector juvenil mantuvo la protesta, para que se cumpliera su consigna de que “el pueblo demanda la caída del régimen”, no sólo un cambio de figuras. El ejército al que pertenecía Mubarak permaneció allí, como factor dominante de la vida política y económica nacionales. El CSFA colocó a su comandante en jefe, Mohamed Husein Tantawi, como primer presidente en un proceso que culminó en 2013 con el sangriento golpe de Estado que dio el general Sisi, quien continúa en el poder.

Maniobras en Argel

Abdelaziz Bouteflika, combatiente de la guerra de independencia de Argelia (1954-62), fue electo presidente en 1999, con el 74% de los votos. Sufrió un infarto en 2013, que le dejó consecuencias graves: apenas puede hablar o caminar. Ganó las elecciones de 2014 sin hacer ni un acto de campaña. Su discurso televisado de agradecimiento fue la última vez que los argelinos lo vieron. Cuando se hizo evidente que Bouteflika planeaba volver a presentarse como candidato, en los comicios que estaban originalmente programados para el próximo jueves 18 y que ganaría montado en la maquinaria gubernamental, la gente empezó a protestar.

Las primeras manifestaciones en Argel, el 22 de febrero, ganaron eco rápidamente en todo el país, en constante crecimiento. Bouteflika hizo el simulacro de ceder, el 15 de marzo, con el anuncio de que no aspiraría a la reelección, pero extendiendo su propio mandato un año más, para ir a elecciones en 2020. Era el tiempo que necesitaba “Le Pouvoir” (el poder, como llaman a la cúpula que lo rodea) para resolver sus disputas internas: aún con capacidades físicas disminuidas, Bouteflika les servía para mantener el equilibrio entras las distintas facciones internas sin tener que disputarse la sucesión.

El rechazo de los manifestantes al nuevo arreglo los forzó a buscar formas de resolver sus propios problemas. El ejército dio el paso: el jefe del Estado Mayor, Ahmed Gaid Salah, anunció la renuncia de Bouteflika. Un golpe de Estado con disfraz, al estilo egipcio. No era cosa menor que Salah asumiera tal protagonismo. En marzo, amenazó a los manifestantes al asegurar que el ejército garantizaría la estabilidad del país ante quienes pretendían llevarlo hacia “los años del dolor”: entre 1999 y 2002, después de anular unas elecciones que habían ganado en buena lid los islamistas, el régimen combatió a los grupos que se radicalizaron en una guerra civil extremadamente violenta, que dejó arriba de 100 mil muertos.

Una semana después, el martes 9, el Congreso designó presidente interino a Abdelkáder Bensalá, un apadrinado político de Bouteflika, quien el miércoles 10 anunció que las elecciones se posponen al 4 de julio. Horas antes, el general Salah dio un discurso en el que, también ajustándose al manual de los dictadores egipcios, introdujo la noción de que todo es culpa de un enemigo foráneo, en este caso Francia, la vieja potencia colonial: “Deploramos la aparición de tentativas de ciertas partes extranjeras que tienen antecedentes históricos en nuestro país, propulsando a ciertos individuos delante de la escena actual e imponiéndolos como representantes del pueblo para conducir la transición”.

Los “representantes impuestos” serían, interpretan los observadores, algunas de las figuras que han destacado en el movimiento popular, como el abogado defensor de los derechos humanos Mustafa Bouchachi, exdiputado del opositor Frente de Fuerzas Socialistas.

El general Salah reaccionaba así porque las concesiones no tuvieron la respuesta esperada. Por octavo viernes consecutivo (entre semana, también hay protestas, pero el día clave es el del descanso musulmán), el 12 cientos de miles de argelinos salieron a la calle, bajo la consigna “todos se van a ir”.

Y una más, la que se creó en Tahrir y odian los gobernantes árabes: “el pueblo demanda la caída del régimen”.

Violencia en Sudán

Es la misma frase que se escuchó, simultáneamente, en Jartum y otras ciudades de Sudán. En las primeras horas tras el arresto del presidente Omar al Bashir, el jueves 11, ahí tampoco parece haber funcionado la jugada del jefe del Ejército, el general Omar Zein al Abedin, quien dio un golpe de Estado –ahí sí, sin disimulo- y formó una junta militar que pretende gobernar durante un periodo de transición de dos años, antes de ir a elecciones.

La movilización de este viernes en Jartum. Foto: AP

La movilización de este viernes en Jartum. Foto: AP

Las condiciones son distintas de las de Argelia: con apoyo francés, Bashir se mantuvo 30 años en la presidencia, también a raíz de un golpe de Estado, sobre un régimen poco aplicado en sus simulaciones de democracia, esmerado en sus actos de represión y, sobre todo, dispuesto a ir a la guerra total (como la que fracasó en impedir que los pueblos negros del sur se independizaran del dominio de los árabes del norte) y a cometer genocidio (300 mil muertos de tribus negras en la provincia de Darfur).

La ola de protestas inició el 25 de febrero, tres días después de la de Argelia, y provocó la caída del presidente nueve días más tarde que el movimiento paralelo. El costo ha sido bastante mayor, sin embargo: para los argelinos, hasta el momento, no ha involucrado sangre, mientras que el régimen sudanés ha cobrado ya las vidas de más de 60 personas y ha encarcelado a un millar.

Después de rechazar la demanda de extraditar al derrocado Bashir, como reclama la Corte Penal Internacional, el general Abedin dijo el viernes 12 que “nos hemos ajustado a métodos civilizados y vamos a iniciar un diálogo con los grupos políticos”, aseguró. “No estamos contra las demandas del pueblo, estamos a favor de las demandas del pueblo y tenemos que alcanzarlas”.

Los antecedentes del ejército sudanés hacen desconfiar, sin embargo, a las decenas de miles de manifestantes que pasaron toda la semana acampadas frente al cuartel general militar, desafiando el toque de queda, y que el viernes inundaron las plazas.

Les cuesta trabajo entender, además, cómo logrará el régimen satisfacer la principal demanda del pueblo que, como siguen gritando en las calles, “demanda la caída del régimen”.

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