¿Hay una “verdad” sobre la Conquista en la escena musical? (II)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Concluimos el texto anterior explicando que la primera ópera sobre los indígenas del Nuevo Mundo fue creada por ingleses, durante la guerra anglo-española (1655-1660), con el fin de justificar su piratería y de iniciar la Leyenda Negra sobre las maniobras de conquista de la Corona hispana y la Iglesia católica en las Indias Occidentales. No deberá sorprendernos que la mañosa operación melodramática tuviera los efectos deseados y que surgiera poco después (1659), un segundo engendro que vendría a reforzar los alcances de la anterior, es decir, emplear a la ópera para allegarse la voluntad popular sin que importara la flagrante manipulación de los hechos históricos.

Así, se estrenó en Londres The History of Sir Francis Drake[1], cuya acción transcurre en un ilusorio campamento británico situado frente a Nombre de Dios, en unas falaces costas peruanas.[2] En el libreto, las aviesas licencias “poéticas” se exageran hasta convertir al pirata Drake en un libertador de aborígenes y en un ser magnánimo y generoso. Al final de la ópera, cuando los españoles quedan vencidos por la alianza anglo/indígena, Drake les condona la vida y les ordena que les ofrezcan disculpas a los pobres nativos. Como podemos suponer, la infraestructura estatal se puso al servicio de esta patriótica dramaturgia y no se escatimaron chelines para su propaganda.

Ahora bien, dado que la fuente para las tergiversaciones operísticas recién comentadas fue la obra de Fray Bartolomé de Las Casas, conviene que nos detengamos en las motivaciones que tuvo para escribirla. En el prólogo a su Historia de Las Indias declara que los historiadores deben ser “varones escogidos, doctos, filósofos, espirituales y dedicados al culto divino”, dándonos luces para captar las contradicciones que se esparcen en las historias “verdaderas”. Yace ahí uno de los problemas más acuciantes de la historiografía relacionada con las crónicas de Indias.

Si el prerrequisito para que alguien se sienta autorizado a versar sobre el acontecer humano es que sea un cultor de las leyes “divinas”, entonces ya no queda espacio para el diálogo. Si la verdad histórica se cimenta primordialmente en la “santidad” y la probidad ética de quien la escribe y no en el testimonio ocular y auditivo de lo narrado, entonces la dilucidación de la historia fáctica ha de remitirse al terreno de lo milagroso. Podemos así entender el eterno monólogo que se entabla entre los mundos: el de los que imponen sus dogmas ‒va aparejada la apropiación de la riqueza ajena‒ sobre aquel de quienes son privados de los suyos ‒junto a su tierra e identidad. Imposible rebatir que ante las “verdades” teológicas cualquier debate es estéril por principio.

No podemos negar que para el clan que disemina el verbo “sagrado” no existe opugnación en que sus emisores se digan émulos de Cristo y que sus actos repudien los preceptos del cristianismo. Tampoco la hay en adjudicarle a Dios la elección de Reyes y Papas, aunque sean asesinos y vicarios del fraude… Más un largo etcétera que es mejor soslayar para quedarnos con los retazos de verdades que la historia nos ofrece. Conviene, en este punto, que hagamos un repaso sumario de las fuentes primarias sobre “nuestra” Conquista. Retomando el caso de Las Casas, hay que explicar que sus diatribas surgieron, en gran medida, para decir su “verdad” sobre lo sucedido en Indias. Entre los que consideró enemigos de ella estuvieron los cronistas oficiales, como Fernández de Oviedo y Ginés de Sepúlveda, que sólo consignaban, según él, lo que la Corona quería escuchar. Para lograr el efecto esperado no dudó en ponderar a los indios contrastando su mansedumbre con los tratos inhumanos que les infligían sus verdugos hispanos. En contraparte, Ginés de Sepúlveda aseveró que: “Con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas. ¿Qué cosa pudo suceder a estos bárbaros más conveniente que quedar sometidos al imperio de aquellos cuya prudencia, virtud y religión los han de convertir de bárbaros, tales que apenas merecían el nombre de seres humanos, en hombres civilizados en cuanto pueden serlo.”

Tenemos después a Hernán Cortés y a su capellán, Francisco López de Gómara, que escribieron aquello con lo que Carlos V y su corte pudieran sentirse satisfechos. Para refutarlos nació la Historia Verdadera de la Conquista que coligió Bernal Díaz del Castillo aunque, por más que éste se haya esmerado en pugnar por la transparencia de su cometido hay máculas de difícil justificación. Veamos por qué: Bernal intentó vindicar a los verdaderos conquistadores, “sus compañeros”, confrontando la “verdad” de su relato con el decir depersonas que no lo alcanzaron a saber, ni lo vieron, ni tuvieron noticia verdadera de lo que sobre esta materia hay, salvo hablar al sabor de su paladar”, reforzando después su postura para que se reprueben los libros que sobre esta materia han escrito porque [falsean]la verdad y porque haya fama memorable de nosotros”. Obviamente Bernal escribió para dejar memoria de su versión de los hechos, pero lo hizo para acomodarla a sus intereses, sin dudar de su legalidad. Cuestionemos: ¿Puede haber objetividad cuando lo que se pretende es salvaguardar los intereses propios? ¿Puede haber vanagloria en protagonizar, en nombre de Dios, masacres y saqueos?

Las argumentaciones para seguir comprobándolo serían infinitas, así como las contra argumentaciones; quedémonos, por tanto, con un par de secuelas del Siglo XVIII, que es la centuria donde comienzan a componerse las óperas sobre la “justa” y “providencial” conducta de Hernán Cortés (volveremos a ellas más adelante). Entre la pléyade de intelectuales europeos siempre listos para pronunciar sus juicios sobre América y sus pobladores, destacan dos personajes admirados por su cultura universal. Uno fue el conde de Buffon, cuya finura de pensamiento lo llevó a sostener que en un inicio la Tierra estuvo cubierta por agua y que, como resultado de la aparición progresiva de las masas continentales, había distintos tipos evolutivos de naturaleza. La americana, por su humedad excesiva, era primitiva, ya que era hostil al crecimiento de animales superiores y, en cambio, favorecía la proliferación de seres inferiores como batracios y reptiles los cuales, según sus observaciones, tenían “sangre de agua”. Por lógica, en esta catalogación entraban los animales de dos patas de ese nuevo continente que, por haber estado más tiempo sumergido, no había alcanzado a secarse bien.

Adyacente a esta reputada doctrina naturalista figura la obra del filósofo holandés Cornelius De Pauw, cuyos méritos lo hicieron acreedor de condecoraciones y cargos a granel. Uno de ellos lo desempeñó en la Corte de Friedrich II de Prusia quien, incidentalmente, escribió en 1755 una tragedia musical sobre Motecuhzoma II.[3] Pues bien, el iluminado De Pauw se empeñó en demostrar la inferioridad y depravación de América. En su lúcido filosofar habló de cómo los europeos que se avecindaban en esta tierra malsana se degeneraban al punto de asemejar animales. Prueba irrefutable era que el clima no resultaba propicio para el mejoramiento, ni del hombre ni de las bestias. Con esas premisas era comprensible que los dialectos de los naturales no fueran aptos para transmitir ideas. Tampoco era creíble que hubieran tenido una cuenta calendárica dada la “prodigiosa” ignorancia en la que estaban sumidos. De acuerdo a sus incuestionables reflexiones ‒de hecho, los enciclopedistas lo comisionaron para que redactara las voces de América en su compendio del saber‒, la degradación humana que imperaba en nuestro continente era imputable al aire viciado que se respiraba y a los vapores nocivos que emanaban las aguas estancadas y las tierras sin cultivar…

La reacción a los autorizados trabajos antedichos no se hizo esperar. Fueron los desterrados jesuitas Clavijero y Landívar los que más se afanaron en contradecir las barrabasadas de los respetables pensadores europeos. Landívar compuso un alegato poético para exaltar las bellezas y las virtudes que había en esa porción del continente llamada Nueva España. Su Rusticatio mexicana nació, en sus propias palabras, “en contra de las ideas extravagantes de los que negaban a los mexicanos el don de las letras humanas y las ciencias.” Por su lado, Clavijero redactó su Historia Antigua de México para “reponer en su esplendor a la verdad ofuscada por una turba increíble de escritos modernos sobre América y, por supuesto, para serle útil a la patria. (Continuará)

[1] De los mismos autores: el poeta Sir William Davenant y el compositor Sir Mathew Locke. De esta mascarada teatral sólo sobrevivió una porción. Se trata de la Dance of the Symerons o cimarrones, Escúchela aquí www.youtube.com/watch?v=ttq336g7fgg

[2] La bahía Nombre de Dios se halla en la costa atlántica de Panamá.

[3] Se sugiere la escucha de un movimiento de su sinfonía y de un aria de Montezuma . Disponible a través del código QR Audio 1: Carl Heinrich Graun / Friedrich Der Grosse. Tragedia en tres actos Montezuma. Sinfonía. (Deutsche Kammerakademie. Johaness Goritski, director. Capriccio, 1992) Audio 2: Idem. Aria Non saprei curare il vanto – Montzuma –Encarnación Vázquez.. Idem)

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