México en la Bienal de Venecia

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Como una burbuja neoliberal, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) sigue manteniendo, en el contexto de las artes visuales, el mismo modelo de promoción discrecional, excluyente y opaco que caracterizó a los gobiernos priístas y panistas.

Indiferente ante la ausencia de evaluaciones tanto de impacto artístico-social como de eficacia y pertinencia presupuestal de las seis representaciones que ha tenido México en la Bienal de Arte de Venecia desde 2007, la directora del INBAL, Lucina Jiménez, aprobó un proyecto que si bien al 22 de febrero tenía un presupuesto asignado de 10 millones de pesos (solicitud de información 1116100004519), en un mes y medio ya incrementó su costo a 12 millones, como lo informó la Coordinadora Nacional de Artes Visuales, Mariana Munguía, durante la conferencia de prensa que se realizó el miércoles 10 para informar sobre la participación de Pablo Vargas Lugo como representante de México en la 58° edición de la Bienal que se inaugurará el 11 de mayo.

Un aumento en los costos que no sorprende, ya que la representación mexicana en 2017, a cargo del artista Carlos Amorales –perteneciente al establo de la Galería Kurimanzutto–, le costó al INBAL 16 millones 956 mil 542.55 pesos (solicitud de información 1116100004619). Tomando en cuenta que la Bienal dura 6 meses, hasta el 24 de noviembre, si se excedieran los gastos ¿el gobierno de la austeridad está dispuesto a pagarlos? Y en este contexto, ¿es adecuado que además de financiar el proyecto y la estancia en Venecia, el INBAL pague honorarios a los artistas?: En 2015 Luis Felipe Ortega y Tania Candiani recibieron 205 mil 900 pesos cada uno y, en 2017, el proyecto de Amorales recibió como premio 50 mil pesos.

Si de verdad existiera una Cuarta Transformación en el sector cultural, la nueva administración a cargo de Jiménez debió haber promovido, antes de continuar con el proyecto, tanto una evaluación del proceso de selección como una reestructuración de la propiedad de la obra producida y exhibida con recursos gubernamentales. Al terminar la Bienal, ¿quiénes son los dueños de las obras y quiénes son los beneficiados con su posible comercialización? 

Realizado por invitación directa por parte de la entonces directora del INBAL, Lidia Camacho –actual directora de Televisión Educativa–, el proceso de selección se inició en junio de 2018 a través de una carta firmada por la funcionaria, y enviada a creadores que tienen en común su pertenencia a galerías que asisten a ferias de prestigio global: Tercerunquinto que presentó el proyecto Pabellón mexicano. Una arquitectura emocional; Pedro Reyes que participó con Sistema de activación de bibliotecas; Mariana Castillo Deball con MIXPANTLI; Julieta Aranda con El día de hoy es un futuro lejano; Héctor Zamora con Movimientos emisores de existencia; Fritzia Irizar con Madreperla Mazatlanica, Bosco Sodi con Truth, y Pablo Vargas Lugo con Acto de Dios.

Sin transparentar los criterios de invitación, la elección final siguió el mismo procedimiento endogámico que caracteriza al Sistema Nacional de Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Con un jurado formado con participantes anteriores como el artista Luis Felipe Ortega y los curadores José Luis Barrios e Itala Schmelz, la información oficial no ha mencionado el total de los invitados y el contenido de sus proyectos.

Curado por Magali Arriola –excolaboradora de la Fundación Jumex Arte Contemporáneo y del Museo Tamayo, en la Ciudad de México–, el proyecto del artista de la Galería Labor, Pablo Vargas Lugo (1968, México) consiste, con base en lo que se informó en la conferencia, en una videoinstalación de lenguaje cinematográfico que, con dos películas filmadas en el fascinante entorno natural de Cuatro Ciénegas, Coahuila, reinterpreta el Nuevo Testamento y reflexiona sobre el concepto de la fe.

Este texto se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista proceso

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