“Oriundos”, de Fernando Fernández

El libro incluye una vieja foto de grupo. Todos los capítulos del libro tienen que ver con alguno de los niños que aparecen en ella, explica el autor. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F El libro incluye una vieja foto de grupo. Todos los capítulos del libro tienen que ver con alguno de los niños que aparecen en ella, explica el autor. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F

CIUDAD DE MÉXICO (apro).– Originarios de una tierra a la cual no siempre habrán de volver, los emigrantes acostumbran crear un mundo propio en el país que los acoge, a veces como una muestra de sobrevivencia.

Así son los personajes del poeta, ensayista y editor Fernando Fernández en su libro Oriundos (Cataria Ediciones, 267 páginas), emigrantes e hijos de emigrantes asturianos en México, conformando una galería de hombres y mujeres en busca de su lugar de pertenencia entre dos realidades, un esquivo lugar que no siempre encuentran porque a veces no están en ningún lugar.

El lector que se asome a estas páginas se dará cuenta de que sus pequeñas peripecias y preocupaciones (parte de una historia que no ha sido suficientemente contada), conforman una metáfora de la condición humana con frecuencia desgarrada entre el enraizamiento y el desarraigo, el punto de partida y de llegada, la esperanza y la desesperanza, oriundos como son de ese huidizo país llamado emigración.

David Huerta, Fernando Fernández y Francisco "Chico" Magaña. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F
David Huerta, Fernando Fernández y Francisco “Chico” Magaña. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F

Fernando Fernández (Ciudad de México, 1964) fundó la revista Viceversa, encabezó el Programa Cultural Tierra Adentro y fue director general de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Es el principal estudioso de uno de los poetas más relevantes del exilio español en México, Gerardo Deniz, sobre quien escribe un libro con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Entre otras actividades edita una revista digital de música, conduce un programa de radio sobre libros y renueva cada semana el contenido de su blog Siglo de la brisa. Algunos de sus libros más recientes son Contra la fotografía de paisaje (ensayo, 2014) y Oscuro escarabajo (poesía, 2018).

A partir de 2002, Fernando Fernández estuvo casi cinco años en Asturias, donde empezó a trabajar Oriundos aprovechando que aún vivía la mayoría de los personajes que aparecen en sus páginas, con fotografías. Ofrecemos a continuación el fragmento inicial del segundo texto contenido en este libro que consta de una treintena.

 “Incidente en la Plaza de Uruguay”

"Oriundos", de Fernando Fernández. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F
“Oriundos”, de Fernando Fernández. Foto: Tomada de Twitter @F_Fernandez_F

De pronto, Santos no supo decir si estaba aquí o allá, si el sonido de esos automóviles y la luz que reverberaba en aquellos edificios pertenecían a la Ciudad de México o al puerto asturiano de Gijón.

No es que hubiera dejado de reconocer aquel lugar, por donde caminaba dos veces al día, o le parecieran extraños los bancos de piedra o la fuente de cemento, ni siquiera los árboles que enmarcaban la escena y había visto crecer desde que los plantaron al poco de cambiarse a la casa delante de la Plaza de Uruguay, y que ahora, tantos años después, colmaban con sus copas los ámbitos del parque. Era algo más profundo y, conforme fueron pasando los segundos, más preocupante. En medio de algún pensamiento común, en el instante de unir una idea con otra, un recuerdo con la imagen que lo complementaba, de repente no había sabido establecer si el olor a azahar que desprendían los pequeños naranjos de la calle Lope de Vega pertenecía a la Plaza de Uruguay, en la Ciudad de México, o al parque Isabel la Católica de Gijón.

Aquel incidente no hubiera pasado de una anécdota si poco después no se hubiera perdido de verdad. No había razón para que eso sucediera: acababa de rebasar los 80 años, pero había mantenido su lucidez y se movía a solas con absoluta autonomía. Además, nunca iba más allá del parque. Sin motivo aparente, una mañana cruzó la calle y estuvo caminando durante horas con el rumbo perdido. No llegó a comer, lo que tratándose de él resultaba francamente inaudito. Nunca, en décadas, había pasado nada así. Poco antes de anochecer, apareció.

Hasta entonces había sido un hombre de una fortaleza y un dominio perfectos; disciplinado y riguroso; contenido al extremo de parecer insondable; serio al grado de inspirar temor. Para entonces llevaba más de seis décadas en México, y a pesar de eso nadie lo recordaba comiendo un taco en la calle o probando el tequila, ni era capaz de mencionar un solo amigo mexicano. El trabajo y la familia: ése había sido todo su mundo. Durante años salió de casa al rayar el alba, comió sobre el mostrador de su negocio y volvió entrada la noche. Al principio hizo grupo con otros emigrantes: se hizo socio del Centro Asturiano, jugó con el equipo de futbol; más tarde, no se le volvió a ver por allí. Durante un tiempo, fumó; de un día para otro, dejó de hacerlo, para siempre y sin ninguna vacilación.

Nadie que hubiera tenido trato con él, o que hubiera mantenido una cercanía constante aun fuera del cerrado círculo familiar, habría estado en desacuerdo: era un hombre impenetrable, más bien áspero, poco menos que granítico. Tenía la piel muy blanca y los ojos verdes, ligeramente rasgados. La calvicie había arraigado tan poco a poco en él que más que una pérdida parecía una ganancia de su estilo personal. Se lavaba las manos a conciencia, pulía los cubiertos con una servilleta de tela antes de llevarlos a la boca. Durante mucho después de su muerte pudo verse, alrededor de las cerraduras de las puertas de madera de su casa y despacho, la erosión de su monumental llavero, que giraba con vehemencia siete, ocho, nueve veces para quitar el pestillo, y otras tantas para volverlo a poner. Un día añadió a su aspecto unos lentes oscuros que usaba siempre fuera de casa, aun en los espacios cerrados, lo que acabó subrayando su hermetismo, su distancia, su alteridad.

Desligados, esporádicos, azarosos, los episodios de su vida adulta no lograban hacer un conjunto legible o descifrable: que había regalado a su pueblo natal una campana para suplir la que se perdió en la guerra; que reprobó acremente el matrimonio de una de sus hijas con un mexicano; que no poca gente le había quedado a deber dinero, una vez que decidió vender el negocio; que nunca solicitó nada parecido a un préstamo bancario ni usó siquiera una tarjeta de crédito.

Desde que tengo memoria, estaba retirado: medio siglo de trabajo a destajo y vida espartana había sido suficiente incluso para alguien como él. Vivía de sus rentas; las suyas y, hay que decirlo, las de Fernanda: nunca olvidó que el primer impulso se lo había dado su tío Fernando Bueno, el padre de su mujer, por cual siempre y sin ninguna excepción todo lo que obtuvo lo puso a nombre de ella. Hacía tiempo se había deshecho del último de sus negocios, una tienda de materiales de construcción de venta a gran escala por la que no se interesó ninguno de sus hijos, influidos por su deseo de que se convirtieran en profesionistas. Más tarde, todavía vendió sus propiedades en la Ciudad de México y las transformó en dinero constante y sonante, y hasta donde pudo hizo lo mismo con lo que tenía en Asturias. Redactó su testamento, dejando sus propiedades divididas en siete partes iguales, una para cada uno de sus seis hijos y su mujer, y adquirió un pedazo de tierra en el Panteón Español, en donde mandó a hacer uña pequeña capilla. Entonces se sentó a esperar. O mejor dicho: se puso a caminar, con más empeño y decisión que nunca.

Fortaleza, rigor, seriedad: todo ello se traslucía en su forma de caminar, muy derecho, como revestido de una naturaleza estupenda, hecha para las ocasiones colosales. No precisamente joven, le habían diagnosticado várices, por lo que recomendaban que caminara todo lo posible: desde entonces caminó y caminó hasta curarse, y luego siguió caminando con cualquier pretexto, haciendo de aquellos paseos una forma de meditación, primero de la casa a la tienda temprano en la mañana y luego de la tienda a la casa tarde en la noche, al final sin importar a dónde se dirigiera ni que hiciera un calor de agobio o lloviera hasta caerse el cielo. Los últimos años lo hizo en la Plaza de Uruguay, dos o tres horas, dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, yendo y viniendo por el perímetro del parque, la cabeza muy erguida y a solas, llevando la cuenta de las vueltas que faba siempre en la misma dirección. Una y otra vuelta, una y otra vuelta. Iba, iba. ¿En qué tanto iba pensando?

Un lustro antes de tomar la decisión de irme una temporada a España, cuando el primo de Fernanda acababa de rebasar los noventa, me instalé en un departamento a una calle de distancia del edificio donde ellos vivían. Hacia el mediodía del primero sábado después de mi mudanza, salí a hacerles una visita. Al llegar a la esquina del parque, los vi: inesperadamente en la calle a esas horas, caminaban con lentitud por la acera de Hegel. La estampa era conmovedora; él, corpulento siempre, poderoso todavía, francamente apoyado en ella; ella, bastante más pequeña que él, frágil, la cabecita temblorosa y blanca. Fernanda, que era sólo unos años más joven que Santos, se mantenía en perfecta forma mientras que el proceso de arterioesclerosis de él estaba avanzando. A eso había que añadir en el Parkinson, que lo había encorvado y entorpecido. Él debía a sus caminatas su fortaleza física, su estómago sin tacha y quién sabe su hasta la rara tesura de su piel de anciano, pero llevaba varios años en franco declive. Fernanda estaba convencida de los efectos benéficos de aquellas caminatas, por lo que los sábados, cuando prácticamente no asomaba nadie por su casa, lo llevaba a dar unas cuantas vueltas al parque, ella no dejaba su departamento si no era para ir al médico de cuando en cuando, a la compra todos los martes, y a misa, a la iglesia del Triángulo, los domingos, todo siempre acompañada y en coche.

Fue cuando me propuse como relevo para la caminata de los sábados (…)

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