El lenguaje travestido de la 4T

AMLO y sus polémicas mañaneras. Foto: Germán Canseco AMLO y sus polémicas mañaneras. Foto: Germán Canseco

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hacia finales del siglo XX, Lanza del Vasto, el discípulo católico de Gandhi, contó a los suyos una parábola: “Tengo un amigo pez. Hacía mucho que no lo veía y fui a visitarlo. Mi amigo es difícil. No tiene muchos temas de conversación y buscaba uno que pudiera interesarle. De camino, mientras me dirigía a su casa, lo encontré: el agua. Llegué al borde del estanque. Después de saludarnos, le dije: ‘Háblame del agua’. Mi amigo me miró con su ojo de pez y con su lengua de pez me respondió: ‘¿Agua, qué es el agua?’”.

Las parábolas –el lenguaje predilecto del Evangelio– son géneros literarios: narraciones breves y simbólicas que, mediante la comparación (su sentido etimológico), guardan, como las fábulas, una enseñanza cuyas interpretaciones son polisémicas.

La de Lanza se refiere a Dios (el agua) en el que, dice San Pablo, “vivimos, nos movemos y somos”, y al pez (el ser humano), cuya cerrazón le impide reconocerlo. 

Dejemos de lado a Dios y pensemos en la atmósfera (árboles, aire, tierra, relaciones de solidaridad y de soporte mutuo). Allí, desde que el ser humano es el ser humano, vivimos, nos movemos y somos. Sólo que nuestra condición de seres obtusos, como el pez, la ha ido corrompiendo, haciéndola inhóspita, asfixiante, tóxica. No percibimos su corrupción, pero sentimos sus efectos (hecatombes ecológicas, desgarramiento del tejido social, muertos, desaparecidos, miseria, inseguridad, temor, angustia), sin lograr recomponerla. Podríamos decir como el San Agustín de las Confesiones: Veía donde estaba el mal, pero no salía de él.

Nosotros, sin embargo, no lo vemos. A diferencia de Agustín, percibimos su sintomatología, que tomamos por el mal, y buscamos sanarnos mediante políticas públicas no sólo cada vez menos eficaces, sino, para decirlo con Iván Illich, iatrogénicas, es decir, acciones que, al intentar sanar, enferman más.

El tema es complejo –Illich pasó toda su vida analizándolo en decenas de libros fundamentales, que resumió en una frase: la corrupción de la gratuidad del amor: servicio, hospitalidad, acogimiento, proporción, es lo peor. Una parte de ese mal o, mejor, uno de sus rostros más profundos son los desarrollos de la sociedad industrial: sus servicios –la economía de mercado, base del capitalismo y del llamado neoliberalismo– y el recurso al dinero o a las dádivas y los controles del Estado para acceder a ellos, formas en las que la corrupción del amor se expresa. 

Muy pocos se atreven a decirlo. Quienes lo hacen (Illich, Jacque Ellul, Ted Kaczynski, el Unabomber –hay que leer su manifiesto, no sus atentados terroristas–, los pueblos indígenas, etcétera) son ignorados o acusados de premodernos, conservadores, enemigos del Desarrollo.

Obnubilados por las aparentes bondades de esa sociedad, preferimos continuar atacando sus síntomas que encarar la enfermedad. Intoxicados de sus “bondades”, amamos a tal grado el placer y los deseos que nos provocan, que nos negamos a asociarlos con nuestra adicción. 

La 4T es ejemplo de ello. Nadie en el espacio político ha detectado la sintomatología del mal que padecemos como ella. Por eso ganó de manera arrolladora. Desgraciadamente, en lugar de atacar el mal, limitando la economía de mercado, atendiendo las regiones y promoviendo formas de vida no vinculadas con el industrialismo irracional, su propuesta es una vuelta al pasado que, además de que no volverá –“Nadie se baña dos veces en el mismo río”–, es la base de la enfermedad que nos corroe: los inicios de la modernización del país, del Progreso industrial contra el campo, de la fábrica contra el trabajo común, del control del Estado contra las autonomías pueblerinas, de la producción y el consumo irracionales contra las economías solidarias, de lo que ahora es el neoliberalismo –esa forma moderna del colonialismo– contra cualquier otra alternativa de vida.

En este sentido, el Juárez que elogia la 4T no es distinto al Maximiliano que execra; el Madero que encomia no es diferente al Díaz que desprecia; los chairos no se distinguen –fuera de que unos estaban excluidos y los otros no– de los fifís; el AMLO que endiosan las izquierdas trasnochadas no es mejor que el Calderón o el Peña Nieto que acusan. Unos y otros, con diferentes perspectivas –más sociales o más privadas–, crearon el ambiente inhóspito, asfixiante y tóxico que la 4T pretende seguir desarrollando con un lenguaje travestido.

Lo que la 4T se resiste a ver es que vivimos una crisis civilizatoria. Es decir, una crisis en donde las instituciones nacidas de la revolución industrial y del liberalismo nos llevaron al desastre y necesitamos construir lo nuevo. 

Para ello hay primero que reconocer el mal. Contra el fascismo tecnoburocrático que la 4T, en su ceguera, pretende sostener y continuar, “existe –escribió Illich en La convivencialidad– otra posibilidad: un proceso político que permita a la población determinar el máximo que cada uno puede exigir en un mundo limitado; un proceso consensual destinado a fijar y mantener límites al crecimiento de la instrumentación; un proceso de estímulo a la investigación radical, de manera que un número creciente de gente pueda hacer cada vez más con menos”, sin dañar los límites en donde la atmósfera mantiene su equilibrio. De lo contrario continuaremos sitiados en el agua intoxicada que nuestra cerrazón impide ver.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

Este análisis se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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