Notre Dame

Notre Dame, después del incendio. Foto: (Gigarama.ru via AP) Notre Dame, después del incendio. Foto: (Gigarama.ru via AP)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El incendio de la catedral la semana pasada recobró la idea de que es una creación literaria. Me refiero, por supuesto, a la novela Nuestra Señora de París que Victor Hugo publicó en 1831. El poeta y novelista francés se concibió como una síntesis entre la historia y la vida, como si fueran realmente opuestas. Así, contó su propio nacimiento a medias entre Bretaña y Lorena –es decir, plenamente hijo de lo que llamó “Los Estados Unidos de Europa”–, hijo de un general jacobino y bonapartista, y una mujer “ultra” y monárquica. Su nacimiento prematuro –novela– no le permitió erguir su cabeza hasta el primer año de vida, y de ahí su fascinación por lo contrahecho como símbolo de lo misterioso. Su mitificación en vida no era del todo mentirosa: había nacido a los siete meses y el carpintero que construyó su cuna, la entregó con un aditamento para poderla convertir, dado el caso, en féretro. Al menos eso le cuenta a Alejandro Dumas en 1852: “Soy el único caso de hidrocefalia curada. Soy Quasimodo”. Lo cierto es que Victor Hugo era hijo, por igual, de la Revolución, el Terror, Napoleón y la Restauración. Había nacido en 1802, durante la época del Directorio y, en Los miserables, describe a “la ciudad nativa de imaginación”, París, con cultivos de papas en los jardines de Tullerías, el Hotel de Ville, rebautizado como “Casa Comuna”, ocupado por un Consejo de Guerra, y los cadáveres acumulados en los bordes del Sena. Su madre, una monárquica no-creyente en los sacerdotes, participó en el atentado contra Napoleón de 1801 por el que su padrino, Victor Lahorie, tuvo que ocultarse durante años. Su padre, un revolucionario ilustrado, fue designado el general que ayudaría a José Bonaparte en la invasión de España. Es ese viaje hacia los “desastres de la guerra” el que se repetirá a través de muchas de sus novelas y que está en el origen de Nuestra Señora de París. 

Una de las muchas preguntas que asaltaron a los primeros lectores de la historia de amor del jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda fue por qué la iglesia que se describía, Notre Dame, no se parecía a la real. La respuesta es que se trata de un recuerdo traumático de la infancia de VIctor Hugo: su padre ordena el cañoneo de la catedral de Burgos, en España, modelo de la iglesia cuyas campanas toca el jorobado sin alcanzar a escucharlas. Burgos, otra creación literaria, gracias al Cid. 

La gitana Esmeralda es un recuerdo de ese mismo viaje de ocupación. Se trata del primer enamoramiento de Hugo –que serían legión–: Pepita, hija del Marqués de Montehermoso, Ortuño Aguirre, y de la concubina del propio José Bonaparte, María Pilar de Acedo y Sarriá. Pepita, a sus 16 años, le dará su primer beso a un Victor Hugo que apenas tiene 10. Será ella a la que busque con obsesión, novela tras novela, y acabará casado con una réplica suya, Adéle- Foucher. Es a ella a quien le escribe su primera novela, Han de Islandia, una historia en clave sobre la oposición de los Hugo a que se casara con una clasemediera endeudada. Hugo se casará con ella hasta que la agonía de su madre se lo permite. En Han de Islandia, Hugo crea al personaje del enano, que es una contraparte de Cristo: en su deformidad están los vicios de los demás, de los que lo humillan. Cuando se publica –en 1823– la novela desata una “enanomanía” en Europa, vista como un componente indispensable de la “literatura gótica”, esa que, según Ricardo Piglia, existió entre la muerte de Dios y la invención del psicoanálisis. La idea será reusada en Nuestra Señora de París, ahora con un jorobado, el que probablemente sea un sietemesino con hidrocefalia. Pasará al cine mudo y, luego, hasta el animado –basado en los propios dibujos de Hugo–, pero no es la historia que el novelista hábilmente tejió: el gótico, las reivindicaciones románticas, sólo pueden entenderse después de la desolación que dejó por toda Europa la guerra napoleónica. “Los desastres de la guerra” de Francisco de Goya provienen de la misma cauda que Los miserables de Victor Hugo.

Para el año en que está escribiendo Nuestra Señora de París, con el recuerdo infantil de las torres de la catedral de Burgos bombardeadas, Pepita besándolo, y sus poemas en un español muy aproximado, Victor Hugo enfrenta la crítica de la Academia francesa, que juzga al romanticismo como “la copia de los genios barbáricos, Shakespeare y Lope de Vega, en un caos de leyendas vandálicas”. El romanticismo era hijo de la Revolución pero también de la Restauración, con más de 1 millón de muertos que asolaban iglesias en ruinas, llanos pisados por cientos de miles de caballos, soldados y cañones. Eran los jóvenes los que reivindicaban su derecho a crear, no a partir de las academias y lo “clásico”, sino de la destrucción que habían vivido. Los adjetivos de la poesía romántica eran “vaporoso”, “nebuloso” y “místico”. Y eran europeos: británicos, alemanes, y franceses. Victor Hugo lo hizo manifiesto generacional: “Que no se equivoque nadie: es banal que un grupo pequeño de mentes pretenda arrastrar la tendencia general de las ideas hacia un sistema literario del siglo pasado. Uno no puede regresar a los madrigales de Dorat, después de las guillotinas de Robespierre”.

La novela que se recordó ahora por el incendio de Notre-Dame tiene como centro la catedral gótica que, para los sofisticados parisinos, no era más que un edificio antiguo del pasado “barbárico”. Para el mismo Hugo valía por la vista desde las torres: “la red intrincada de calles extrañamente retorcidas, la Ile de la Cité, como un gran barco amarrado por sus cinco puentes”. Fue en sus visitas a la iglesia, desde arriba, como el jorobado, que encontró la palabra “destino” en griego, una idea pagana en un edificio católico. Visualizó, entonces, un final gótico para una historia de amor en la que compiten Gringoire, el poeta pobre; el apuesto Capitán Phoebus; y el lascivo cura, Frollo: son encontrados en una tumba los esqueletos abrazados de Quasimodo y Esmeralda. El chivo amaestrado de la gitana que baila con el pandero, Djali, sólo resurgirá en el regazo de Madame- Bovary. El narrador es una mezcla de lenguas: latín, francés medieval, y un castellano rocambolesco. No hay nada de clásico aquí. Novela de la destrucción, Nuestra Señora de París tiene un lema que la explica: “El Tiempo es Ciego. El Hombre, Estúpido”. Una frase que resurgió esta semana como nuestro desdén hacia lo antiguo.

El efecto que la novela de Victor Hugo causó fue hacia la puesta en moda de lo gótico y la preocupación por restaurar Notre Dame. Hugo alentó esto en la propia escritura: “Sin duda, aun hoy la iglesia de Nuestra Señora de París es un edificio majestuoso y sublime. Pero, por bello que se conserve al envejecer, es difícil no suspirar, no indignarse frente a la degradación, las demasiadas mutilaciones a las que simultáneamente el tiempo y los hombres han hecho sufrir a este venerable monumento, sin respeto por Carlo Magno, quien colocó la primera piedra, ni por Felipe Augusto, quien colocó la última”. Se anima a la restauración –por cierto, la flecha que se vino abajo ahora con el incendio, se había desplomado en 1792– y los arquitectos Jean-Baptiste Lassus y Eugène Viollet-le-Duc son asignados al encargo. Casi un siglo después, en 1925, Le Courbusier la apreció desde el modernismo: “Tuve el fervor de la ‘reconstrucción’. Pasaba tardes enteras en Nuestra Señora de París, cargando un enorme llavero del Ministerio de Bellas Artes. Conocí los menores rincones de la catedral hasta la extremidad de las torres, los pináculos y los arcos. Fue para mí la epopeya gótica. Pero la admiración que gustoso tuve por la forma y la poética góticas se replegaron a la estructura. Hoy me siento conmovido ante la belleza aparente del plano de una catedral, y estupefacto ante la pobreza aparente de la obra misma. La planta y la sección góticas son magníficas, destellos de ingenio. Pero su verificación no la aporta el control de los ojos. Deslumbrante apogeo del ingeniero, derrota plástica”.

La paradoja que Hugo pone de manifiesto es justo la que Le Corbusier retoma: la forma de la cultura católica de masas había sido la arquitectura. Ahora lo eran las novelas. Lo que se estaba destruyendo sólo podía ser salvado por esa “nueva Torre de Babel” que eran los libros, las novelas románticas que no sólo eran consumidas por miles, sino que engendraban modas. El pasado que Hugo buscaba restaurar dependía de su propia descripción de lo que había ahí encontrado. Por ejemplo, una inscripción en uno de los muros donde se lee la palabra “Ugene”, el nombre sin la “e” de su hermano, el poeta romántico que se malogró por una enfermedad mental. Para cuando Víctor Hugo escribe su novela, su hermano mayor está internado de por vida en un manicomio. Su madre está muerta. El padre se ha refugiado con su amante. Adéle lo engaña con su mejor amigo, Charles Sainte-Beuve. La modernidad que emergió de las guerras napoleónicas devora todo el presente a su paso. Nada se termina por afianzar, ni los matrimonios ni los gobiernos ni las catedrales. 

Muchas más cosas implicó que Nuestra Señora de París terminara con una palabra definitiva: “polvo”.

Esta columna se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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