Nuestra Señora de París: El significado del santuario

La catedral de Notre Dame, un día después del incendio. Foto: Diego Calmard La catedral de Notre Dame, un día después del incendio. Foto: Diego Calmard

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El siniestro en la Catedral de Nuestra Señora de París va a singularizar incontestablemente el siglo XXI. Si bien es demasiado prematuro para conocer con certeza la magnitud de los daños y ponderar la reconstrucción, los protocolos previos de protección civil hacia el patrimonio cultural de Francia hicieron viable la eficacia de los cuerpos de salvamento y evitaron la calamidad total.

Alegorías de la fe católica, los monumentos europeos comportan una carga ideológica específica. En la época medieval el arte estaba intensamente vinculado con la divinidad, tanto que los templos se convirtieron incluso en los repositorios de los objetos artísticos, todos imbuidos de sentido religioso, como los cálices, candelabros, tapices y monumentos funerarios. La razón de ello es que el arte estaba subordinado a una función didáctica al servicio de la Iglesia, y los templos la satisfacían plenamente. De esta manera se pretendía que los fieles transitaran de la simple contemplación a una espiritualidad en comunión con Dios.

En el medioevo el ideal de la belleza era precisamente la divinidad católica. Bajo este canon, la belleza y la virtud confluían, y el arte se constituía en un orden decretado por esa divinidad.

De especial importancia eran las reliquias, que se guardaban celosamente y tenían connotaciones políticas evidentes. Se les atribuían incluso cualidades individuales y autoridad, suficientes para sacralizar un entorno, con la consecuente consolidación del dominio eclesiástico.

La destrucción de los templos

A lo largo de la historia de la humanidad, guerras y conflictos religiosos tuvieron como consecuencia la devastación de templos con ánimos de aniquilación y de despojo del maná. Embates como éstos los ha resentido la comunidad judía, especialmente con las dos destrucciones del Templo de Jerusalén.

La Catedral de Nuestra Señora de París sobrevivió a la Reforma Luterana, a la Revolución Francesa y a las dos guerras mundiales del siglo XX, por mencionar solamente los eventos mayores. Aun cuando la primera se singularizó por su profunda iconoclasia, el recinto no adoleció de graves daños, a diferencia de la catedral de Amberes, en Bélgica, que fue saqueada e incendiada por los protestantes en 1566.

En la catedral parisina, los daños fueron cuantiosos en el caso de la revolución, cuyos partidarios no dudaron en fundir las campanas originales y rebautizar el edificio como el “Templo de la Razón”, que acabó siendo usado como almacén. Los escombros incluso fueron vendidos como desechos de construcción.

Los daños se extendieron a la fachada principal, en donde el vulgo decapitó estatuas de los reyes de Judea y de Israel del Antiguo Testamento al confundirlas con las erigidas en honor de los monarcas de Francia, epítomes del Ancien Régime y que muchos años después, en 1977, fueron encontradas en el barrio de la Chausée d’Antin. Hoy se exhiben en el Museo Cluny de la Edad Media, ubicado en el Barrio Latino.

La Catedral de Nuestra Señora de Estrasburgo padeció un infortunio semejante. Convertida al rito luterano durante la Reforma, en diciembre de 1793 fue saqueada por los revolucionarios, y en febrero de 1794 ardió su sillería. También sufrió severos daños a raíz del conflicto bélico franco-prusiano de 1871. Situada en Alsacia, estuvo en el centro de las disputas franco-alemanas y no escapó a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Las huestes de Hitler retiraron sus vitrales y los guardaron en minas de sal.

La Catedral de Nuestra Señora de Reims fue igualmente castigada por la adversidad. En la época de los francos, hacia el año 498, Clodoveo se hizo coronar rey en ella; a esa investidura le siguió la de Ludovico Pío, quien fue consagrado como emperador. A partir de entonces se instauró la tradición de que los reyes de Francia se coronaran en esa iglesia. Durante la Primera Guerra Mundial los alemanes la bombardearon a fin de desmoralizar a la población francesa. La catedral prácticamente quedó en ruinas, pero Francia salió victoriosa de la guerra.

En la Segunda Guerra, los aliados hicieron lo mismo. Al arrasar la ciudad de Dresde, los objetivos naturales eran la Iglesia de Nuestra Señora que, junto con el Palacio Zwinger, figuran entre las joyas barrocas alemanas más preciadas. Las bombas no alcanzaron el recinto, pero el calor que despidieron bastó para colapsarlo. El espíritu alemán tampoco fue doblegado y el templo fue reconstruido piedra por piedra.

Otros eventos han sido igual de destructivos, o más todavía. La Catedral de San Pedro y San Pablo de Nantes –cuya construcción se inició en 1434 y pudo ser terminada hasta 1891– sufrió graves afectaciones provocadas por el fuego. En enero de 1972 un incendio trastocó la bóveda, por lo que fue sometida a un arduo proceso de reconstrucción.

La noción de santuario

La Catedral de Notre Dame es una suerte de palimpsesto cultural, pues los hechos que singularizan la historia francesa se asocian en forma íntima al monumento. En esta joya del barroco francés se ha conjugado lo mundano con la sacralidad, la trivialidad con lo sublime, la laicidad y el secularismo, en un constante ejercicio de identidad nacional en torno suyo.

La reconstrucción se anticipa como un proceso que resultará prolongado y complejo. Eugene Viollet-le-Duc, reconstructor de la catedral en el siglo XIX, no escapó al despiadado escrutinio social: se le tildó como un vándalo de la historia. No obstante, este arquitecto se vio recompensado con la confección de su rostro sobre la estatua de Santo Tomás ubicada en el recinto.

El significado literario de Nuestra Señora de París, entreverado al templo, provoca empero una recitación contemporánea. Uno de los aspectos de la mayor relevancia en la novela cumbre de Victor Hugo, a la que el veredicto del tiempo le es favorable, es la inviolabilidad del santuario como un lugar natural de asilo en cuyos umbrales se desvanece el poder del Estado.

Este derecho de asilo, que participa de una tradición muy antigua –se remonta a los edictos de Milán (330 d.C.) y de Tesalónica (388 d.C.)–, le permitía al clero garantizarles refugio a los perseguidos en los lugares sagrados, los cuales, según se entendía, estaban regidos por la autoridad divina. Las catedrales, abadías, monasterios y otros lugares de culto daban cobijo a los fugitivos, así como a las víctimas de la guerra y de conflictos domésticos, a quienes se consideraba fuera de la ley.

El derecho de asilo eclesiástico fue abolido definitivamente por la secularización que inició Francisco I, mediante la cual el Estado se arrogó la autoridad para entrar a los recintos religiosos y consignar a quienes buscaran refugio y protección. La Revolución rescató así la noción de asilo, opción humanitaria que ofreció a todos aquellos extranjeros desterrados de su patria por tomar parte en gestas libertarias (Artículo 120 de la Constitución francesa de 1793).

La tradición del asilo eclesiástico se arraigó fuertemente en la conciencia popular, de manera que las personas vulnerables podían buscar refugio, inviolabilidad o inmunidad en espacios religiosos franceses. Sin embargo, el derecho de asilo proveído por la Iglesia se desvaneció con el tiempo, más no la concepción de santuario. Ésta encontraba su fortaleza en la autoridad divina, que conservó con un doble propósito social: atemperar la vulnerabilidad y reafirmar la dignidad de la comunidad que lo provee.

Al derecho de asilo motivado por la persecución política se asocia el de refugio, que es esencialmente humanitario. En los Estados Unidos también se rescató este concepto humanitario y se llegó incluso a impulsar la idea del santuario de conciencia, que quedó inmersa en intensos debates. No obstante que el Congreso lo acotó estrictamente a ideologías religiosas, la Suprema Corte de Justicia la refrendó y extendió a toda clase de convicciones morales y éticas.

En nuestra época la noción de santuario se legitima bajo los principios de libertad en sus distintas vertientes, con lo que adquiere asimismo una dimensión humanitaria y ecuménica: la protección de las personas inermes frente al poder y la atemperación de la vulnerabilidad. Este debe ser uno de los significados actuales de la Catedral de Nuestra Señora de París.

Epílogo

Notre Dame es pues la perpetuación del santuario en el sentido descrito: esa vertiente en donde la humanidad se reconoce a sí misma.

Las letras de Victor Hugo fueron premonitorias y hoy cobran gran actualidad, toda vez que, tras el siniestro del martes 16, la catedral está desierta e inanimada, como llegó a escribir el poeta y novelista. En este momento el templo es un cuerpo inmenso, vacío; peor aún, una osamenta. El espíritu lo ha abandonado. Ante ello el desafío que se impone es el de la reinvención, y no el de la resurrección.

Los monumentos con valor histórico y cultural demuestran su firmeza a contracorriente de la naturaleza humana. En este sentido, ahora se hace más necesario el significado profundo de Notre Dame, en el que muchos nos podríamos reconocer.

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.

Este ensayo se publicó el 21 de abril de 2019 en la edición 2216 de la revista Proceso

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