El legado cultural de Cárdenas

La expropiación petrolera planteó al régimen cardenista la necesidad de revertir la imagen de México como país de salvajes y de expropiadores, apoyado en su enorme riqueza cultural. El historiador Ricardo Pérez Montfort, en el segundo tomo de la biografía del general Lázaro Cárdenas –que acaba de aparecer–, se internó en el aspecto cultural del periodo, prácticamente inédito. En entrevista, explica que el presidente, en vez de recurrir a un contragolpe político, dio un “contragolpe cultural”

Desde hace más de 30 años, el historiador Ricardo Pérez Montfort comenzó a recabar material en torno a la figura del general Lázaro Cárdenas del Río. Entonces no planeaba hacer una biografía, sino el estudio de temas como los movimientos de derecha en México, la llegada del exilio español, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, la postrevolución y el conflicto cristero.

Ahora acaba de publicarse el segundo tomo de su biografía Lázaro Cárdenas. Un mexicano del siglo XX, publicada por Debate, en donde aborda propiamente el periodo presidencial, la monumental y moderna campaña que realizó previamente, la expropiación petrolera, el gran proyecto cultural cardenista que incluyó un programa en Nueva York para fortalecer la imagen internacional del país, y su postura ante la Segunda Guerra Mundial.

Y ahí no para, pues está por concluir la tercera entrega, donde mostrará al expresidente “tras bambalinas”.

Académico del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), el especialista en el estudio de procesos culturales cuenta que hace tiempo el editor René Acuña le propuso hacer esta obra, dado que ya habían encargado a otros investigadores las vidas de Porfirio Díaz y Justo Sierra, entre otros personajes.

Entonces consideró no tener “la madurez suficiente”. Sin embargo, al terminar su libro Tolerancia y prohibición (Proceso, 2061) y ofrecerlo a Debate para su lanzamiento, la editorial manifestó interés en la historia de Cárdenas. Para entonces ya había revisado varios acervos: el propio del expresidente, el de Francisco J. Múgica, su secretario de Economía Nacional y luego de Comunicaciones y Obras Públicas –en Jiquilpan, Michoacán–, el Archivo General de la Nación en su ramo de presidentes; y el de la Defensa Nacional.

En su casa-estudio en Coyoacán, el investigador recuerda en entrevista con Proceso que el primer tomo abarca desde el nacimiento de Cárdenas en 1895 en Jiquilpan, su infancia y adolescencia, su participación en la Revolución mexicana, la gubernatura de Michoacán, su papel en el Maximato callista, para culminar cuando es designado candidato presidencial por el Partido Nacional Revolucionario (PNR) en 1933.

De 510 páginas, el tomo 2 cuenta con cuatro capítulos:

“En el camino a la presidencia de la República Mexicana, 1933-1934”.

“Lázaro Cárdenas, presidente de México” (que se divide en dos: el primero de 1934 a 1937, y el siguiente de 1938 a 1940).

“Los años de la Segunda Guerra Mundial, 1941-1945”.

Así, inicia en 1934 con la campaña política, “una campaña sui generis, muy moderna, exhaustiva”, en la cual –dice el historiador– el candidato expone los postulados del Plan Sexenal; pero también, en tanto que recorre buena parte del país, logra hacer un diagnóstico de su situación: se estaba recuperando de la crisis de 1929, pero aún había secuelas; y había tensión entre la Iglesia y el Estado; además, con Estados Unidos, y “la máxima tensión” era la concentración del poder de Plutarco Elías Calles:

“El sistema mexicano estaba entrando en un proceso de corrupción, de amiguismo, realmente no estaba revolucionando al son de la propia revolución… Cárdenas adquiere un conocimiento bastante profundo de las circunstancias del país, los enormes problemas de las comunidades indígenas, la pobreza avasalladora en el campo, los cacicazgos, lo desorganizados que están los obreros, la concentración de poder en determinados grupos.

“Y él es un hombre comprometido en llevar a cabo los postulados del Plan Sexenal, que es muy revolucionario, se orienta claramente hacia el socialismo: la escuela socialista, la distribución de la tierra, la justicia social, la búsqueda de una visión mucho más equitativa de la riqueza y, desde luego, un nacionalismo fehaciente que insiste en que los bienes de la nación deben ser para el disfrute del pueblo mexicano, no para los extranjeros.”

Cárdenas logra llegar al poder con relativa facilidad a la presidencia, “es un hombre muy joven, con 39 años”. Su familia es pequeña y, casado con Amalia Solórzano, acaba de nacer su tercer hijo, el ahora ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, mientras su hija mayor, Alicia, se casaría más tarde con el actor Abel Salazar, y habían perdido a su segundo hijo.

“Todo eso trato de presentar, no sólo el contexto nacional e internacional, sino también su vida, lo personal. En ese sentido me ayudaron mucho los testimonios de doña Amalia y del propio ingeniero Cárdenas, y también él habla de su familia en sus memorias.”

Autor de Cotidianidades, imaginarios y contextos: Ensayos de historia y cultura en México, 1850-1950, recoge en esta biografía la lírica de la época, versos, canciones y coplas que lo mismo ensalzaron que criticaron a Cárdenas. En el contexto del reparto agrario se adaptaron los siguientes versos del himno nacional:

“¡Mexicanos al grito de guerra

aprestad el viril azadón!

¡Que no quede ni un pueblo sin tierra,

sin ejidos y sin instrucción”.

Estrategia cultural

Pérez Montfort destaca que luego de la Revolución mexicana, el sexenio de Lázaro Cárdenas es el periodo más estudiado del siglo XX nacional. Entonces, para no repetir lo hecho por investigadores de la talla de Luis González y González, Alan Knight o Alicia Hernández Chávez, “que realmente estudiaron a fondo el cardenismo”, optó por darle una perspectiva cultural, particularmente en el tercer capítulo en donde incluye los apartados:

“El México cardenista: refugio de los desterrados”, “Los mexicanos, los medios y la diversión”, “Propaganda, cultura y representaciones”, aunque a lo largo del libro hay constantes referencias al ámbito cultural, por ejemplo, el reconocimiento a los derechos indígenas. Asimismo, hay en el capítulo II un recuento de la infraestructura de la Ciudad de México que incluye la cultural: 40 cines, 12 teatros, y una descripción de la apariencia arquitectónica de “la llamada Ciudad de los Palacios”.

Y cita Pérez Montfort al escritor inglés Graham Green, quien escribe en 1938 que “era como Luxemburgo, una ciudad de lujo”.

El historiador explica que revisó lo ocurrido en los medios de comunicación, la producción artística, musical, académica, y también la popular, las dinámicas filosóficas y la literatura, así como la inserción de México en las vanguardias internacionales:

“A raíz de la expropiación petrolera hay un interés muy fuerte en dar a conocer a México como un país con una enorme riqueza cultural, no como un país de salvajes y de expropiadores, sino que posee aportaciones que van desde la época prehispánica, la colonial, el mundo decimonónico y, por supuesto, las vanguardias artísticas que están en ese momento, no sólo en el mundo académico, sino en el cine, la música popular, la literatura.

“Traté de rescatar también los chistes de la época, las canciones de moda, pero también el mundo prostibulario. Esto, como historiador cultural, me interesó particularmente y hasta donde sé no se había hecho integralmente. Y el tercer capítulo es esto.”

En el libro consigna el autor un modelo que hasta hoy parece mantenerse:

“La imagen del país se estructuraría a través de una serie de referencias en las que aparecían muchos Méxicos, pero en los que nunca faltaban algunos elementos como el pasado prehispánico y el mundo indígena, la riqueza natural de ‘nuestro territorio’, el arte nacionalista, alguno que otro edificio moderno, construcciones coloniales, artesanías, fotografía sobre la variedad racial y las distintas etapas del proceso civilizatorio nacional, trajes típicos y las inevitables calaveras.”

El historiador de arte Justino Fernández y el museógrafo Fernando Gamboa buscaban impulsar cada uno su forma de presentar a la cultura y el arte de México en el extranjero. Gamboa participó en la curaduría de la exposición Veinte Siglos de Arte Mexicano, presentada en 1940 en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York:

“El general Cárdenas –escribe el historiador– no dudó en señalar la relevancia de la participación de México en las exposiciones internacionales y fue especialmente enfático en el papel de estas muestras para mejorar los vínculos entre Estados Unidos y los países latinoamericanos…”

Es inevitable recordar que en octubre de 1990, el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, en el marco de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con América del Norte, organizó la exposición México: 30 siglos de esplendor, en el Museo Metropolitano (MET) de Nueva York. Se le pregunta a Pérez Montfort si Cárdenas habría inspirado a Salinas, pues hasta el nombre de la muestra tiene remembranzas de aquella:

“No estoy seguro. Salinas de Gortari se inspira en muchas cosas del cardenismo, pero con el fin de privatizar, con un proyecto claramente neoliberal u oligárquico. La expropiación petrolera fue un golpe maestro contra el imperialismo inglés y desde luego norteamericano, sueco y en parte holandés, un golpe brutal, y eso produce una propaganda y una imagen de México muy negativas a nivel mundial. Entonces, en vez de hacer un contragolpe político, lo que hace Cárdenas es un contragolpe cultural, es bastante inteligente.”

Agrega en entrevista que la prensa inglesa y la norteamericana, “sobre todo la de Randolph Hearts y personajes que son absolutos enemigos de los gobiernos revolucionarios, se encargaron de mostrar a México como un país de ladrones, que vivía en la inopia, sin talento y en suma un desastre”. En respuesta Cárdenas financia una revista en Estados Unidos dirigida por el poeta José Juan Tabalada, y en conjunto todo termina siendo “una estrategia política exitosa porque finalmente se conoce a México por su cultura”.

E insiste en la diferencia con Salinas, quien ve a la cultura y al país “no como un fenómeno complejo sino como una mercancía”, y “lo hace para prestigio personal y de su sexenio”. Se ve también el reconocimiento a la élite en el poder, mientras que Cárdenas trata de recoger el valor cultural del país para sus programas y proyecta también el mundo popular:

“Eso es también bastante interesante porque lo acusan de populista pensando que el populismo es negativo. Eso lo utilizan sobre todo gente como Enrique Krauze y algunos otros personajes que piensan que el populismo es el horror del mundo, sobre todo frente a los procesos de mundialización que estamos viviendo ahora. Pero el populismo cardenista está volteando a ver al mundo popular, no en términos demagógicos sino en términos reales. O sea, cuando uno ve los programas de distribución de la tierra, de organización de los trabajadores, de reconocimiento a las idiosincrasias indígenas, son un fenómeno real, algo que no se vio en la época de Salinas.”

Proyecto revolucionario

–Se ha tenido a José Vasconcelos como el gran constructor del proyecto cultural del siglo XX, con aspectos como el muralismo, que también apoyó Cárdenas. ¿Se trata de un nuevo impulso al mismo proyecto o es distinto?

–No creo que sea el mismo proyecto, se podría ver como una continuidad porque está en la esfera cultural, pero el proyecto de Vasconcelos es muy limitado –es mi opinión–. No logra trascender más allá de los dos años en que es secretario de Educación Pública, que son muy intensos, no cabe duda, pero las misiones culturales no florecen con él, sino cuando está Moisés Sáenz en la subsecretaría, cuando están Ezequiel Padilla y Narciso Bassols como secretarios.

Añade que la campaña presidencial de Vasconcelos en 1929 fue “bastante limitada, y luego de estar en el extranjero, al regresar se convierte en un crítico severo tanto de la Revolución mexicana como del cardenismo, y dirigió la revista Timón, financiada por la legación alemana… Sí es un intelectual, yo creo que escribe bastante bien… su autobiografía empieza con el Ulises criollo que con el puro título dice el tipo de persona que es. Desde mi punto de vista, Vasconcelos está muy inflado en México”.

–Entonces el proyecto cultural impulsado por Cárdenas ¿es mucho más sólido?

–¡Desde luego! Es un proyecto cultural más vinculado a la incorporación de valores culturales, con una fluidez entre el mundo académico y el mundo popular, que viene desde la Revolución, no cabe duda, pero en el caso de Cárdenas sí hay un reconocimiento a lo popular. Por ejemplo, mientras el cine comercial está haciendo Allá en el Rancho Grande, el del Estado un poquito antes de la llegada de Cárdenas está haciendo películas como Redes o después cintas muy indigenistas al estilo Janitzio.

En síntesis, el Estado cuenta además con su propia estación de radio, XEFO ó XEPNR, y el presidente la usa. Y surge entonces la idea de La hora nacional. Ya existía la XEW del emporio Azcárraga. Hay en la época una enorme versatilidad en la música mexicana, que no es solamente lo ranchero, y en las expresiones culturales en general. Se proyectan músicas regionales como la oaxaqueña, yucateca, veracruzana, del Norte, de Guerrero, y desde luego la michoacana.

Hay además un reconocimiento a las artesanías y a los valores culturales indígenas. Se busca una integración de las comunidades indígenas en un proceso que significa distribuirles tierras, darles servicios, defender sus bienes de la explotación extranjera y de los caciques, al tiempo que se fomenta la educación en su propio idioma.

“Es un rumbo muy revolucionario. O sea, a diferencia de los años posteriores en donde se trata de educarlas en castellano y punto, la Dirección de Asuntos Indígenas trata de respetar sus idiosincrasias, sus valores, sus códigos culturales. Y con la ayuda de lingüistas nacionales y extranjeros se hace un programa de enseñanza del alfabeto, pero en lengua original para proteger las lenguas.”

Sin olvidar la creación de instancias como los institutos Politécnico Nacional y Nacional de Antropología e Historia. Además, Cárdenas decide que el Castillo de Chapultepec no sea más la residencia oficial, ordena la creación del Museo Nacional de Historia, inaugurado en 1944, y se va a vivir a Los Pinos.

–¿Habría que hacer un museo en esa casa en Los Pinos?

–De esa casa ya no queda nada, la remodelaron, la cambiaron, tendrían que reconstruirla para convertirla en lo que era, porque era un galerón. Sí, tenía los ventanales, un porche, pero lo importante eran los jardines y los modificaron.

El no retiro

Cuando Cárdenas deja la presidencia decide que no haría lo mismo que Calles con el Maximato, y planea su retiro a Jiquilpan con su familia. Sin embargo, explica Pérez Montfort, mantuvo una alianza muy estrecha con su sucesor Manuel Ávila Camacho, particularmente por las circunstancias internacionales.

“La sucesión presidencial de 1940 fue complicada porque ya durante la Segunda Guerra Mundial, la migración es muy relevante, sobre todo de españoles (exiliados de la República), pero también de judíos, polacos, alemanes, etcétera. Esa sucesión es una especie de piedra en el camino del propio cardenismo, en donde las derechas emergen con una enorme fuerza y la izquierda mexicana se debilita mucho.”

Hay pugnas entre comunistas, trotskistas y socialistas. Figuras como Vicente Lombardo Toledano no tienen la capacidad para encabezar a la izquierda porque se somete al Partido de la Revolución Mexicana (PRM) que deriva del PNR, y hay una escisión porque el sucesor es Ávila Camacho y no Francisco J. Múgica.

Cárdenas, además de su amistad con su sucesor, tenía muy claro el panorama internacional. Luego de la expropiación petrolera sabía que el fascismo se estaba imponiendo en la segunda Guerra Mundial pues ataca a Estados Unidos, en Pearl Harbor, por lo cual acepta ser comandante del Pacífico y más tarde es nombrado secretario de la Defensa porque consideraba esencial la defensa de la soberanía nacional, ante todo.

Resume el historiador:

“Decidí que este volumen se concentrara en el legado político de Cárdenas en activo.”

Este texto se publicó el 28 de abril de 2019 en la edición 2217 de la revista Proceso

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