El renovado terrorismo islámico en el Sudeste Asiático

Un atacante suicida, momentos antes de provocar una de las explosiones en Sri Lanka. Foto: Twitter Un atacante suicida, momentos antes de provocar una de las explosiones en Sri Lanka. Foto: Twitter

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Para algunos, la cadena de atentados que el Domingo de Pascua dejó alrededor de 250 muertos y varias centenas de heridos en Sri Lanka fue algo inesperado. Para otros, una evidencia de que conforme el Estado Islámico (EI) pierde territorios en Irak y Siria se desplaza cada vez más hacia el Sudeste Asiático. Y hubo quienes vieron en ellos una venganza por los ataques a mediados de marzo de un supremacista blanco contra dos mezquitas en Nueva Zelanda, que a su vez dejaron 50 muertos y decenas de heridos.

Las autoridades srilanquesas responsabilizaron de inmediato a un grupo local, el National Tawhid Jamaat (Organización Monoteísta Nacional), perteneciente a la minoría musulmana (10%) y que se caracterizaba por su antibudismo furibundo (70% de los 21 millones de habitantes de Sri Lanka son budistas), pero que en tiempos recientes se habría radicalizado y ampliado sus fobias contra hindúes (12%) y cristianos (7%).

Expertos en terrorismo yihadista coincidieron sin embargo en que por la magnitud y sincronización de los atentados era prácticamente imposible que ese grupo solo y en poco tiempo pudiera montar semejante operativo, por lo que tenía que haber conexiones con alguna red internacional y preparativos de meses, si no de años. A los pocos días el EI reivindicó como adeptos suyos a los ejecutores, aunque se sabe que esa organización hace suyos muchos actos terroristas con fines propagandísticos.

En todo caso, los servicios de inteligencia de la India advirtieron desde principios de abril y hasta pocas horas antes a la autoridades de Sri Lanka que se preparaban ataques contra blancos cristianos y turistas occidentales. Pero, al parecer, las rivalidades entre el presidente Maithripala Sirisena y el primer ministro Ranil Wickremesinghe impidieron que la información fluyera y que las instancias encargadas de la seguridad interna se coordinaran para evitarlos.

Nueva Delhi sabía de qué hablaba. Si bien en su caso los principales actos terroristas se dan en torno de la disputada región de Cachemira y no pocas veces con intervención de los servicios de inteligencia paquistaníes –hace poco un atentado que mató a 40 soldados indios estuvo a punto de llevar a otra guerra entre India y Paquistán–, tan sólo la ciudad de Bombay ha sufrido desde 1993 más de media docena de atentados sincronizados contra templos, hoteles, bancos, estaciones de trenes y otros lugares concurridos, muy semejantes a los de Sri Lanka, que sumados han provocado casi un millar de muertos y varios miles de heridos.

Y por lo que toca a la antigua Ceilán, ni sus diferencias interétnicas y religiosas son nuevas ni sus servicios de seguridad unos advenedizos, después de una guerra de 26 años apenas concluida en 2009 y que cobró unos 100 mil muertos contra los “Tigres” tamiles, que se caracterizaron por la guerra de guerrillas, atentados incluidos. Ahora, en todo caso, se trata de dirigir los reflectores hacia otro grupo.

Según explicó a El País el director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano, Fernando Reinares, ya desde hace varios decenios los musulmanes de Sri Lanka han estado expuestos en lugares de culto y madrazas a la corriente fundamentalista del salafismo, procedente de las monarquías árabes del Golfo. Y aunque la mayoría de los practicantes locales del Islam y sus autoridades religiosas se han resistido a ella, eso no ha impedido la formación de grupos radicales como Tawhid Jamaat.

Por otra parte están la propaganda y movilización internacional de organizaciones como el EI y Al Qaeda, sobre todo desde 2012. En este tiempo, se calcula que hasta cuatro decenas de srilanqueses se marcharon a combatir a Irak y Siria por alguna de estas franquicias, y Reinares afirma que en los últimos años ciudadanos de Sri Lanka han participado junto con organizaciones yihadistas paquistaníes en atentados dentro de la India. Además, la isla se ha convertido en una ruta de tránsito hacia otros puntos donde operan islamistas radicalizados.

O sea, que de sorpresivo nada. Y en ello coinciden varios otros especialistas como Rohan Gunaratna, él mismo srilanqués y que ahora se desempeña como director del Centro Internacional para la Investigación del Terrorismo y la Violencia Política en Singapur, quien hace ver la similitud entre los atentados ocurridos en su país natal y otros recientes como los de 2018 contra iglesias cristianas en Indonesia (28 muertos) o en enero pasado contra una catedral católica en Filipinas (20 muertos). Gunaratna destaca que el EI ha intentado inclusive establecer en estos dos países una wilayat (provincia del Califato), aunque hasta ahora sin éxito.

Lo mismo opina Seth Jones, del Centro para Estrategias y Estudios Internacionales, quien dice que las redes yihadistas en el sur de Asia son muy activas y que muchos países como India, Indonesia, Pakistán o Bangladesh han sido víctimas de atentados islamistas, especialmente por parte de organizaciones locales que reciben apoyo desde el extranjero. En este sentido, aunque Sri Lanka no tiene todavía una historia de extremismo propia, “no debería ser una sorpresa en sí misma”, afirma.

Más inquietante todavía es el análisis que hace el Soufan Center, con sede en Estados Unidos y especializado en asuntos de terrorismo y seguridad. Fundado por el exagente del FBI de origen libanés Alí Soufan, sostiene que además del alza de una identidad política sustentada en el Islam, “el financiamiento de grupos extremistas en el sur de Asia por parte de Arabia Saudita ha contribuido a un incremento de la radicalización en la región”.

En concordancia con el español Reinares, el centro estadunidense hace notar que en los últimos 30 años la región ha ido adoptando la rigorista línea del wahabismo que defiende Riad. “La expansión de miles de mezquitas wahabistas en el sur de Asia resultan ser una base de reclutamiento ideal para Al Qaeda y otros grupos yihadistas como el EI en la región”, expone en su último informe.

En lo que todos ciertamente coinciden, es en que conforme se va apagando la guerra en Siria y el EI pierde su feudo territorial en Oriente Medio, el riesgo de que la violencia terrorista se mude a otras zonas es exponencial. De hecho el también llamado Daesh difundió en junio del año pasado un video en el que pedía a sus adeptos que se desplazaran hacia el Sudeste Asiático, concretamente a Filipinas, para sumarse a su rama regional.

Se calcula que al menos un millar de radicales de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) se sumaron a la yihad en Irak y Siria, pero se desconoce cuántos murieron, se fueron a otros sitios o retornaron. Sin siquiera un diagnóstico y sin coordinación entre los países de la región, los expertos en terrorismo de Naciones Unidas y de centros de análisis públicos y privados temen que la situación de seguridad en esta parte del mundo pueda volverse caótica.

Mientras, los propagandistas del EI y de Al Qaeda, así como sus filiales locales, se dedican a fustigar la falta de virtud islámica de los gobernantes, la presunta o real discriminación contra los musulmanes, las reivinidicaciones secesionistas y territoriales. Y desde hace mucho tiempo, en prácticamente cada uno de los países de la ASEAN hay uno o varios de estos factores: Bangladesh, Filipinas, India, Indonesia, Malasia, Myanmar, Tailandia… Y sí, en Sri Lanka también.

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