El “like”, la droga digital 

Adam Mosseri muestra cómo se quitaría el conteo de “me gusta” en Instagram. Foto: Twitter @PLaromiguiere Adam Mosseri muestra cómo se quitaría el conteo de “me gusta” en Instagram. Foto: Twitter @PLaromiguiere

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Menos likes, más conexiones. En esas cuatro palabras parece resumirse el cambio principal que experimentará Instagram, uno que milita contra la mismísima naturaleza adictiva de esa aplicación.

Durante la conferencia anual para desarrolladores de Facebook del 30 de abril último, Adam Mosseri, cabeza de Instagram, dio a conocer algunas de las innovaciones que presentará esa plataforma, entre ellas un nuevo diseño de la cámara, unos stickers para efectuar donaciones por medio de su función Stories y una especie de tienda virtual para comprar contenido de artistas.

Lo que no incluyó el comunicado principal es un experimento mediante el cual Instagram ocultará la cantidad de “likes” (“me gusta”) y las vistas que reciben fotografías y videos posteados ahí.

Se trata, dice Mosseri, de una estrategia para “despresurizar” la experiencia de participar en esa plataforma, minimizar el estrés que produce la obsesión de algunos usuarios por mejorar sus números, como si de ello dependiera su autoestima.

“Queremos que las personas se preocupen menos por la cantidad de ‘likes’ que reciben en Instagram y pasen un poco más de tiempo conectándose con las personas que les interesan”, explicó el ejecutivo.

La prueba comenzará en Canadá. Los usuarios verán las publicaciones de sus contactos, pero no sus cifras, que sólo serían accesibles a los poseedores de las cuentas mediante un botón. El chiste es que no se vea como una competencia, sino como una convivencia.

No hay por qué dudar de que este experimento responda a una genuina convicción de que es necesario desintoxicar una plataforma que genera entre sus usuarios –muchos de ellos adolescentes– una adicción a la fama instantánea.

Pero también es cierto que en los años recientes aumentó la reflexión en torno a las consecuencias insanas de engancharse con los números. El “tráfico” (cantidad de visitas e interacciones con lo publicado) que para las empresas se traduce en mayor publicidad, en personas comunes y corrientes se vuelve un poderoso estímulo emocional. Cuya ausencia se traduce en ansiedad y depresión.

Pionero en advertir sobre los peligros de la obsesión por las métricas es Adam Alter, profesor de la Universidad de Nueva York, en su libro Irresistible, lanzado hace dos años y que en español está editado por Paidós.

Desde su prólogo, cuando enumera las adicciones cibernéticas que desde hace poco más de tres lustros pasaron a competir contra los estupefacientes convencionales, Alter incluye a Instagram entre las nuevas drogas y cita incluso a uno de sus ingenieros fundadores, Greg Hochmuth: “Siempre hay un hashtag en el que se puede hacer clic. Y luego cobra vida propia, como un organismo. Y la gente puede llegar a obsesionarse”.

Justamente, escribe Alter, Instagram es adictivo “porque algunas fotos atraen muchos ‘me gusta’ publicando una foto tras otra, y regresan a la página constantemente para dar apoyo a sus amigos”.

En un pasaje de su libro, Alter narra la historia del empresario de tecnología Rameet Chawla, quien definió a los “likes” como el “crack de cocaína de nuestra generación” y a Instagram como “su dealer”. Y él mismo se incluyó en esta narrativa como “el nuevo chico en el mercado que te consigue la droga gratis”.

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Y es que por medio de su empresa Fueled, Chawla lanzó allá por el 2014 una aplicación llamada Lovematically, diseñada para que el usuario pusiera automáticamente “likes” en todas las fotos que postearan sus contactos en Instagram.

Al menos en ese momento, Instagram era distinto a Facebook y Twitter en el sentido de que el contenido no parecía estar filtrado por un algoritmo. Son básicamente fotos y videos cortos, no textos largos o vínculos a otros sitios.  Así que la decisión de no poner un “me gusta” es consciente, no resultado de que la imagen no se hubiera visto. Por ello, creó un programa que por default pusiera el corazoncito para así “facilitar” la convivencia.

Durante tres meses, Chawla fue el único usuario de Lovematically y desde ahí se puso a dar “me gusta” a cuanta imagen se le atravesara en Instagram. Hubo, por supuesto, quien se sintió acosada por tanto “amor” (una expareja, por cierto).

Pero lo que prevaleció fue la reciprocidad, demostrada con likes a sus propias publicaciones y “follows” de usuarios agradecidos. De esa forma ganó un promedio de 30 seguidores al día y unos mil durante el periodo de prueba, además de invitaciones a fiestas y otro tipo de recompensas en el mundo real.

En el día de San Valentín de 2014, Chawla permitió que unos cinco mil usuarios de Instagram probaran una versión beta de Lovematically, que no tardó ni dos horas en ser bloqueada por Instagram. Siguiendo su analogía con las drogas, con firmeza le marcaron el territorio.

Pero su experimento reveló hasta que grado el simple gesto de hacer clic en un corazón desata un compromiso en el universo de la empatía virtual. El enervante cibernético que demuestra que todos los vacíos se llenan, sobre todo los existenciales.

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