¿Hay una “verdad” sobre la Conquista en la escena musical? (III)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En las entregas anteriores expusimos la imposibilidad que existe para acceder a un consenso unívoco sobre los hechos históricos y cómo su empaque de verosimilitud es, sobre todo en las óperas pseudo historicistas, un repositorio de ficciones narrativas, cada una consignada según el tamiz intelectual y los intereses de quien las pergeñó. Asimismo, dijimos que un problema en las crónicas de Indias fue su dogmatismo. Los hombres de fe que las escribieron nunca dudaron de la supremacía de su credo y de la ilusoria necesidad que había para imponérselo a los “salvajes” del Nuevo Mundo.

Hablamos del insigne Fsco. Xavier Clavijero quien, no obstante su noble cometido de desmentir a los europeos de su época que se empeñaban en seguir demostrando la barbarie del indígena, fue incapaz de cuestionar su propia venda teológica y los modos en que la religión “verdadera” se implantó en nuestro continente. Inclusive, no tuvo empacho en concluir su Historia Antigua de México aseverando que las terribles calamidades que les deparó la Conquista a los pueblos originarios era el castigo justo por sus años de tinieblas, en los que la crueldad de sus ritos era simplemente imperdonable. El mismo Bernardino de Sahagún, el pionero de la antropología novohispana autor de la magna Historia General de las cosas de la Nueva España, comulgó de esa postura ideológica declarando que sus largos años de investigación los había empleado para poder desterrar, con conocimiento de causa, la sanguinaria idolatría del indígena.

Ahora bien, ya que hemos tenido que aproximarnos a las supuestas “verdades” de la religión impuesta por los europeos, nos será útil contraponerlas con aquellas de las prácticas religiosas de Mesoamérica. La resultante será un motivo de reflexión, válido para evaluar de manera impersonal y objetiva los hechos:

Para el buen cristiano: A) La verdadera existencia está más allá de este mundo. B) El mal será vencido y vendrán mil años de perfección. Después de éstos terminará el mundo y existirá sólo la vida eterna. C) Hay un dualismo de opuestos polares irreductibles. Bien y Mal. D) Hay un monoteísmo nominal. E) Los actos del hombre determinan su suerte en el más allá. La moralidad se basa en la virtud y el pecado, como ofensa a Dios. F) La salvación aviene abrazando la fe.

Para el indio idólatra: A) La existencia verdadera está en este mundo. B) El orbe está plagado de dolor y sacrificios; pero tiene también recompensas y satisfacciones. Es la única existencia posible. C) Hay un dualismo de opuestos complementarios, con una naturaleza creativa y necesaria. D) Hay un politeísmo funcional.  E) Los actos del hombre determinan su suerte en la tierra. El pecado es una ofensa a los dioses, mas su castigo se descuenta en el presente. El hombre es responsable del equilibrio del cosmos. F) Si hay salvación, llega gracias a las obras hechas en vida.[1]

Ya que no es aconsejable inclinarnos por algún credo, digámoslo de manera velada: acerca de las “verdades” teocráticas enumeradas, habría una ligera preferencia por las de los sátrapas indígenas. Comulgar racionalmente con la idea de responsabilizarse en la vida terrenal de los actos que en ella se realizan sería más afín a la ética. Vivir con intensidad el presente resultaría más inteligente que esperar a hacerlo después de muerto. La promesa de un purgatorio previo a la llegada al Cielo, si es que se creyó que se había ganado, sonaría endeble y se optaría mejor por acatar las puniciones que las obras hechas en vida merezcan, o por los premios que en ella desmerezcan.

Retórica de lado, creemos que es evidente la asunción que hacemos sobre el deber moral de ubicarnos en aquella corriente de la historia que fluye por la ribera de los vencidos, especialmente ahora que el presidente López Obrador ha atizado la polémica sobre la invasión europea en nuestras latitudes. Ese deber moral lo asumió también Bartolomé de Las Casas no obstante su desmesura, y lo prosiguieron Clavijero y el mencionado Landívar, a pesar del vendaje dogmático de sus visiones y, ahora sí, declarémoslo, su cuestionable misión evangelizadora. En el caso de Landívar su estandarte fue la sujeción de imágenes poéticas para despertar la conciencia del lector.

Pero aboguemos aún por las “creencias” del satanizado aborigen. Los nahuas consideraban al corazón como el centro neurálgico del pensamiento ‒muy distinto a la “certeza” occidental de relacionarlo con el proceso mnemónico‒ y el raciocinio. Y aquí sentimos ‒no creemos‒ que algo de razón tenían. Sabían lo que habían sentido que pensaban. Sentían lo que habían pensado que sabían. Para ellos, más que la mente, el corazón fungía como el “procesador” de las ideas, en el decir de Patrick Johansson.

Y citemos por último, antes de volcarnos en las dudosas óperas basadas en la Conquista, a don Miguel León-Portilla: “el sentido del arte en el mundo náhuatl no es algo estático y muerto. Constituye una verdadera lección de sorprendente novedad dentro del pensamiento estético contemporáneo. En la concepción náhuatl del arte hay ideas de una profundidad apenas sospechada. Recuérdese solamente que para los sabios nahuas la única manera de decir palabras verdaderas en la tierra era encontrando la Flor y el Canto de las cosas; o sea el simbolismo que se expresa por el arte.”

Asentado lo antedicho es momento de dirigirnos al enorme corpus melodramático que se ha compuesto sobre ese desencuentro de culturas que representó la intrusión europea en América. A nadie podría sorprender que, siendo la ópera el espectáculo consentido del eurocentrismo, se haya utilizado como vehículo supremo de propaganda y como adalid infalible para la preservación y acrecentamiento de los cotos de poder y de la riqueza económica del Viejo Mundo.

Después de las óperas inglesas que ya citamos, surge también en el Reino Unido la primera ópera donde se hace escarnio del noveno tlahtoani de México-Tenochtitlan, es decir Motecuhzoma Xocoyotzin. El año 1663, los autores Sir Robert Howard y John Dryden y su descabellado libreto se llamó The Indian Queen. Para no dedicarle a este engendro “histórico”/musical[2] más espacio del que merece, digamos que es una farsa en donde Moctecuhzoma II es un mercenario al servicio de los Incas… Podemos suponer que el recibimiento que el público le dispensó fue tibio, ya que hubieron de transcurrir 31 años para que volviera a escena. Para el nuevo montaje fue contratado Henry Purcell, quien condicionó su musicalización hasta que se redujeran los versos a un tercio (obviamente, esta poda volvió aún más abstruso el argumento). Poco antes de concluir la encomienda Purcell cayó muerto y su hermano Daniel orquestó las últimas escenas.[3]

Lamentablemente no terminó ahí la aberración, pues Dryden escribió por su cuenta una secuela a la que mentó The Indian Emperor, or the Conquest of Mexico by the Spaniards. Sobre su rampante manipulación histórica, anotemos sucintamente que el emperador indígena viene retratado como un subnormal, Cortés como un caballero andante que desdeña los bienes materiales y que el villano es Pizarro, sí, el mismo que subyugó con lujo de violencia a los incas. Para que no se nos tilde de indolentes apuntemos que los “inspirados” versos de Dryden contaron con dos musicalizaciones: la de Humphrey Pelham del 1675 y otra de Henry Purcell del 1691.

Y tampoco sobra que consignemos las palabras del autor: “No me he apegado a la verdad, ni la he omitido del todo, pero me he tomado todas las libertades propias del poeta para agregar, alterar o disminuir, con tal de que eso conduzca al embellecimiento de mi trabajo; no siendo asunto mío representar la verdad histórica sino la probabilidad…” Es justo que nos preguntemos ahora si, ¿puede un creador arrogarse el derecho a manipular una realidad histórica en donde un genocidio puede usarse de pretexto para presentar y “embellecer” un espectáculo?…

Para los ingleses, por supuesto que sí, y no fueron los únicos, ya que después de ellos surge un elenco de obras ‒europeas y norteamericanas, éstas a partir de 1847, año de la invasión a México‒ alrededor de un vituperado Motecuhzoma que suman una treintena. Desde 1733 que fue la siguiente, de la autoría de Alvise Giusti con música de Vivaldi, hasta el 2009, año en que se estrenó en Austria, la última de la malhadada serie.[4] Naturalmente el enfoque es recurrente: se hace un panegírico variopinto de la presencia hispana en México. Con respecto a las 15 óperas sobre Cortés… (Continuará)

[1] Catalogación extraída de un trabajo inédito del Dr. Alfredo López Austin.

[2] La primera musicalización corrió por cuenta de John Bannister.

[3] Se sugiere la escucha de algunos fragmentos. Audios I-5: Henry Purcell – Curtain Music and Overture  from The Indian Queen. (The Scholars Baroque Ensemble. NAXOS, 1998)

[4] Los autores son el libretista Christian Loidl y el compositor Bernhard Lang.

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