Ai Weiwei en el MUAC

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Congruente con la vocación antiuniversitaria que ha manifestado desde su inauguración en noviembre de 2008, el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) perteneciente a la UNAM, celebra su décimo aniversario exaltando a un artista chino de prestigio global que se caracteriza no sólo por la apropiación y utilización banal e inútil de la tragedia social sino, también, por la contradicción entre su discurso, obra y actitud: Ai Weiwei (1957, Beijing, China).

Desfasada unos cuantos meses, la exposición-celebración inaugurada el pasado mes de abril, Restablecer memorias, presenta dos proyectos protagónicos que se expanden en una enorme sala, sin poder disimular la simulación de su propuesta artística.

Además de los fragmentos de la estructura arquitectónica del Salón Ancestral de la Familia Wang (2015) –construido originalmente durante la dinastía Ming, abandonado, deteriorado, adquirido por el artista como “ready made arquitectónico”, convertido en arte por su interés en rescatarlo de la comercialización como piezas de decoración, y promovido comercialmente   por la galería de presencia ferial Continua que tiene sedes en Italia, China, Francia y Cuba–, el otro proyecto protagónico es la presentación del avance de una investigación que realiza Ai Weiwei sobre el impacto que ha tenido la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en familiares y amigos.  

Cuestionable como celebración por tratarse apenas de una investigación en proceso, el proyecto que presenta el MUAC se divide en cuatro apartados que corresponden a: una sección de consulta bibliográfica con temas de derechos humanos y el suceso de Ayotzinapa; la presentación de entrevistas filmadas con amigos y familiares de diez estudiantes; una instalación a pared con retratos realizados con bloques de Lego que reproducen versiones  pixeladas de los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos más los tres asesinados; y una cronología descriptiva con textos e imágenes que, pegada en la pared debajo de los retratos, abarca desde los antecedentes de la desaparición hasta las acciones gubernamentales y ciudadanas posteriores.  

Trabajada como una descripción aséptica que simula un activismo artístico que no emite resultados que rebasen el incremento del prestigio y cotización del artista, la investigación que presenta Ai Weiwei en el MUAC se vincula con el arte únicamente a través de los retratos realizados con bloques de Lego. Sin embargo, ni por el concepto ni por la resolución visual la propuesta es original o sobresaliente: los retratos de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa se convirtieron en íconos desde las primeras manifestaciones que exigían su aparición en la Ciudad de México; el artista estadounidense Nathan Zawaya, ha utilizado los bloques de Lego desde 2002  para producir esculturas y retratos; y la autoproducción de retratos pixelados con bloques de Lego es un producto que ofrece desde 2016 con el nombre de Legomatón, la tienda de Lego en Leicester Square, Londres.  

Convertidos en objetos tan lúdicos como los bloques de Lego, los Estudiantes de Ayotzinapa que presenta el MUAC se sacuden la tragedia de su historia al tiempo que se convierten en una simulación de denuncia social. Ensamblados por alumnos de arquitectura de la UNAM –¿y por qué no de artes visuales?–, los retratos son similares a otros que comercializa la galería Continua, entre ellos el de Dante Alighieri.   

Criticado severamente por el frívolo protagonismo que ha manifestado desde 2016 al reproducirse en fotografías y documentales con poses que remiten a tragedias de refugiados –documental Human Flow, 2017–, Ai Weiwei se impone en el MUAC como una figura sobrevalorada que evidencia la indiferencia –o desprecio– que tiene la UNAM por los artistas mexicanos contemporáneos. 

Este texto se publicó el 5 de mayo de 2019 en la edición 2218 de la revista Proceso

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