“México y la República Española: Una amistad peculiar”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con motivo del 80 aniversario del exilio republicano español en nuestro país, ofrecemos a nuestros lectores un fragmento del libro del prestigiado jurista Fernando Serrano Migallón México y la República Española: Una amistad peculiar, (Seminario de Cultura Mexicana, 66 páginas).

Esta edición forma parte de un atractivo paquete de libros para conmemorar a su vez el 75 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana (SCM), que dirige su presidenta la literata Silvia Molina, antropóloga y licenciada en Letras por la UNAM; una colección sobria que incluye plumas de varios miembros del SCM, constando de los siguientes volúmenes en pequeño formato y lectura ágil, entre ellos:

La Literatura (69 páginas), de la propia Silvia Molina; Los derechos humanos (77 págs.) de la economista Clara Jusidman; La arqueología (67 págs.), del investigador del INAH Eduardo Matos Moctezuma; La música (71 págs.) del violonchelista Carlos Prieto; Bien morir. Eutanasia y suicidio asistido, el difícil camino (69 págs.), del médico y escritor Arnoldo Kraus; El derecho (53 págs.), del jurista Sergio García Ramírez.

Asimismo, La historia (54 págs.), de los historiadores pumas Álvaro Matute y Evelia Trejo; El cine y sus primeros años en México (69 págs.), del académico aguascalentense Aurelio de los Reyes; El universo (71 páginas con ilustraciones), por la notable astrónoma de la UNAM, Silvia Torres Castilleja; La crónica (61 págs.), de Ángeles González Gamio, Premio Nacional de Periodismo 2013; La historia del arte (66 págs.), por la historiadora Elisa Vargaslugo Rangel  (Pachuca, Hidalgo, 1923) y el doctor en Historia del Arte por la UNAM, Jaime Morera.

Finalmente, El cerebro (67 págs.), a cargo de la bióloga Herminia Pasantes, Premio Nacional de Ciencias y Artes 2001; Los metales en los seres humanos (59 págs.), de Noráh Barba Behrens, egresada de la Facultad de Química de la UNAM; La filosofía contemporánea (70 págs.), del hermeneuta Mauricio Beuchot (4 de marzo de 1950); La administración pública (68 págs.), por Omar Guerrero, Premio ANUIES 2006; La ingeniería y su función social (71 páginas con dibujos), del ingeniero civil Daniel Reséndiz (1937); El paisaje (103 páginas con ilustraciones a color), de Saúl Alcántara, arquitecto y restaurador de monumentos y paisajes.

Por lo que respecta a México y la República Española: Una amistad peculiar, su autor Fernando Serrano Migallón es uno de los juristas más reconocidos en nuestro país. Egresado de las carreras de Derecho y Economía de la UNAM, obtuvo el diplomado de estudios superiores en el Instituto de Administración Pública de París, Francia, y estudió Derecho Internacional Público en la Academia de Derecho Internacional Público en la Academia de Derecho Internacional de La Haya, Países Bajos. Ha escrito una docena de títulos, por ejemplo:

Isidro Fabela y la diplomacia mexicana (1981), Homenaje a Rafael Segovia (1999), “…Duras las tierras ajenas…” Un asilo, tres exilios (2002), y La inteligencia peregrina. Legado de los intelectuales del exilio republicano español en México (2010). Estas son las primeras páginas de México y La República Española…

Una amistad peculiar

México, como tierra de asilo tanto para España como para otros países de Iberoamérica, guarda gran parte de los testimonios históricos de multitud de países. Dichos testimonios se encuentran ya en archivos mexicanos, ya en la memoria colectiva de la sociedad mexicana.

El 1º de abril de 1939, el jefe de las fuerzas sublevadas difundió el último parte de guerra en el que anunciaba el final de la contienda, lo que significó el triunfo de la rebelión y la derrota de la República y de España sin concesiones de ningún tipo.

Este hecho produjo de inmediato una serie de consecuencias del más amplio espectro: las personales, tragedias propias de todos aquellos que tuvieron que sufrir exilio, interior y exterior, marginación, cárcel, persecución y muerte; las sociales, traducidas en un inmediato reacomodo político y económico en que, desde un principio y durante largo tiempo, los grupos mayoritarios de la población española perderían los avances logrados para favorecer a las clases más ricas; las políticas, como la oportunidad de los triunfadores para hacerse con el poder absoluto del Estado, sin contrapesos ni oposiciones, y la necesidad moral y vital para quienes habían perdido, de conservar en pie y vivos los principios y la estructura del régimen que acababa de ser vencido por las armas.

En todas estas circunstancias de la desgracia española, un lejano país y una sociedad solidaria, la mexicana, presidida por el general Lázaro Cárdenas, tuvo un papel protagónico.

México era entonces un país que terminaba el periodo armado de una más de sus revoluciones: su primera revolución social.

Se trataba de un país aislado internacionalmente, a raíz del constante desconocimiento de los gobiernos revolucionario, al bloqueo permanente ejercido por varias naciones europeas y dado el proceso de reajuste de la política nacional, México no pudo ingresar a la Sociedad de las Naciones (también conocida como Liga de las Naciones) sino hasta septiembre de 1931.

Desde muchos años antes del advenimiento de la República Española habían surgido fuentes de diálogo entre México y España, fuentes que nacían de aspiraciones comunes, y particularmente de una honda y seria necesidad de autoconocimiento, digámoslo en palabras de Arturo Souto Alabarce:

“La pregunta ‘¿Qué es España?’ puede parecerle extraña a un francés, a un inglés, pero no a un mexicano, no a un hispanoamericano. Paralelos los pensamientos que esta pregunta removía en Unamuno, en Valle-Inclán, en Azorín, en Ortega, en Azaña, los pensamientos de Sierra, de Vasconcelos, de Antonio Caso, de Reyes, de Ramos; y antes, si se cita a Galdós, a Menéndez Pelayo, a Castelar, a Ignacio Ramírez, a Martí, a Bello o a sarmiento. El gran tema pues, que para España propusieron los noventayochistas, forma la sustancia del ensayo español contemporáneo, y hay, de hecho, tantas respuestas como autores. La guerra –en esto como en todo—vino a hacer tabla rasa de muchas opiniones, de muchas teorías, de muchos prejuicios.”

Habían acontecido entre México y España, desde mediados del siglo XIX, una serie de encuentros históricos que se incrementaron hasta las décadas de 1920 y 1930. En otras palabras, no era tan desconocido España para México y viceversa, sino que existía una corriente de comunicación, los más de las veces personal e informal entre miembros destacados de ambos países, aunque ello no se viera reflejado en una política oficial de mutuo acercamiento sino hasta el advenimiento de la República Española.

Resulta peculiar que, entre España y México, haya historias similares de exilios, los cuales devienen en circunstancias de diálogo privilegiado, así resulta con la cadena de liberales, progresistas y semiprogresistas, que fueron, según su tiempo y circunstancia, Sánchez Azcona, Riva Palacio, Bernardo y Alfonso Reyes, entre otros.

Es en ese tiempo de exilios mexicanos a España que el desarrollo político y social realiza la revolución intelectual que llevará a España a la promulgación de la República; en el año del cautiverio de Francisco Giner de los Ríos, momento en el que concibe la creación de la Institución de Libre Enseñanza, Riva Palacio buscó allanar las diferencias y buscar el entendimiento después del episodio de Maximiliano en México, y aun antes, Riva Palacio había tenido ya presencia en España, había estado ahí en tiempos de la publicación del Libro Rojo, escrito con Payno, y con ello había efectuado un primer paso dentro de otra línea de diálogo, continuada por Valle Arizpe: la novela colonialista. Desde luego, no fueron cuestión únicamente de la coincidencia de tiempos y circunstancias, fue también una idea fija y un propósito de algunos mexicanos y españoles.

Los mexicanos en tránsito por España, participaron en la política local de manera sutil, excepción hecha de Martín Luis Guzmán; así, tanto Riva Palacio como Reyes, observaron y opinaron, y coincidieron todos aquellos mexicanos en sus convicciones republicanas y liberales. Aquellos años de exilios intermitentes de mexicanos en España dejaron huella en ambos países.

Perea señala que Vicente Riva Palacio permaneció en España con breves intervalos pasados en México y en Francia, los mismos diez años abarcados por el libro autobiográfico del padre Servando y los madrileños de reyes. Festejó en Madrid y de manera fastuosa el cuarto centenario del descubrimiento de América. Pero, sobre todo, como Juan de Dios Peza, Amado Nervo, Francisco A. de Icaza, Luis Gonzaga Urbina, Alfonso Reyes o Martín Luis Guzmán, participó en la vida cultural hispana con tanta o más pasión que los nacidos en esa tierra. Y, sobre todo, algo muy importante y que también es seña de identidad de las relaciones hispanoamericanas, al lado de ellos.

De este modo, Alfonso Reyes fue secretario del Ateneo de Madrid; Rodolfo Reyes, presidente de la Sección de Ciencias Morales durante la República; Riva Palacio, presidente del Círculo de Bellas artes en 1894; el propio general era vicepresidente de la Asociación de Escritores y Artistas en 1892, año del primer viaje a México de los realizados por Valle-Inclán.

Los promotores del asilo republicano en México pertenecieron fundamentalmente a dos generaciones bien definidas dentro de la historia de la cultura en México: la del Ateneo de la Juventud y la de los siete sabios. A la primera pertenecieron entre otros los Caso y Alfonso Reyes; a la segunda, Cosío Villegas y los hermanos Martínez Báez.

Es decir, la presencia mexicana en España, y el diálogo de sus intelectuales con sus pares españoles siguió, aún en la generación siguiente. En correspondencia personal, Jaime Torres Bodet da la siguiente noticia a Alfonso Reyes, fechada en Madrid en abril 30 de 1930: “Mathilde Pomès, nuestra Mathilde, estuvo hace unos días en España. Vino también a Madrid, donde le ofrecimos una comida Salinas, Marichalar, Bergamín, Fernández Almagro, Rafael Alberti, León Sánchez, Cuesta y yo.”

Por otra parte, cuando el periodo armado de la Revolución Mexicana había pasado, el gobierno cardenista adicionó su discurso político con un elemento que se percibía ya en los ambientes culturales y educativos de varios países de América Latina, y que se había acentuado a partir de la Guerra Civil española: el elemento de la unidad natural de los países de habla española.

 

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