En la Luna

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- El imaginario del hombre en la Luna ha cambiado en este medio siglo. En 1969, una expedición que se planteó como parte de la Guerra Fría –la superioridad de Estados Unidos sobre el socialismo soviético– acabó simbolizando a la Humanidad y, después, la fragilidad de nuestra vida en el cosmos. Pertenezco a la generación que contestaba que “de grande” quería ser astronauta. Ahora que series de televisión, como One Strange Rock, nos hablan de los problemas de los que han viajado al espacio, la fantasía se esfuma en la ceguera de un astronauta provocada por una sola gota de agua que se le metió al casco. Y no hablemos de tus mareos y náuseas, la tubería del baño conectada a tu entrepierna, las variaciones de tu presión sanguínea, las taquicardias, el insomnio amarrado, el cerebro que cree ver destellos donde no los hay o la estremecedora idea de que todo lo que eres se encuentra allá, en esa pequeña esfera azul, que flota esquivando de milagro pedazos de piedra que pasan a velocidades incomprensibles. La deriva, el silencio, la negrura abismal de la nada, la agresión del sol explotando perpetuamente y lo que, desde 1969, repiten todos: lo delgado y frágil de la capa de atmósfera que nos permite respirar. 

Se reeditó la biografía de Neil Armstrong, First Man, y se estrenó una película basada en algunos de sus pasajes. Pero lo que me interesó del libro de James R. Hansen no está en la película sobre las tribulaciones de Ryan Gosling (Armstrong) y Claire Foy (su esposa, Janet Shearon): la desproporción entre las mezquindades de lo humano y la épica de ir a la Luna. La primera distinción entre los tres astronautas que viajaron hace medio siglo es entre Armstrong y Aldrin, por un lado, con el pobre Collins, por otro, que se queda en la nave nodriza esperando a que sus compañeros regresen de sus caminatas lunares. Vas hasta la Luna y no caminas sobre ella. Pero la más terrible es entre Aldrin y Armstrong por ser “el primero”, algo que, en la dimensión cósmica, no tiene la menor importancia, pero que en la Tierra sí. Edwin Buzz Aldrin estaba seguro de que él sería el primero porque el protocolo de las anteriores expediciones establecía que el comandante se quedaba en su nave y el copiloto se desplazaba. Pero el protocolo cambió justo con el Apolo 11. Neil Armstrong quedó sentado al lado de la escotilla y, sin importar que el padre de Aldrin le hablara a los altos directivos del Pentágono para favorecer a su hijo desde su puesto en la Standard Oil, la escotilla se quedó donde iba el comandante de la misión. Con prudencia, el biógrafo de Armstrong sólo describe una cena en la que a Buzz se le pasan las copas y termina por explotar contra lo que él siente como una injusticia: ser el “segundo”. Le reclama a Armstrong haber estrellado el Apolo 11 en una simulación de vuelo donde todos “murieron” y, aún así, tener el apoyo incondicional del director de la NASA. Sospecha de él, de sus relaciones políticas, de sus amistades forjadas en los scouts. Armstrong, a quien el cronista Norman Mailer ha retratado como “alguien que habla con la alegría de un perro al que le arrancaron un bocado de entre los dientes”, fue parco sobre ese favoritismo, reservado incluso con su biógrafo –al que sólo le dio tres entrevistas– en los entretelones de tal decisión. Cuando le preguntaron sobre los “recuerdos personales” que se llevaría a la Luna, no contestó como lo hicieron Aldrin y Collins, fotos de sus familias –a Armstrong se le había muerto una hija, de cáncer en el cerebro– sino : “Más combustible”. 

La disputa por ser “el primero” llega hasta la Luna: Aldrin no le toma una sola foto a Armstrong. Las únicas fotos de él en la Luna son las de su propio reflejo en el casco de Buzz. Así, las fotos que hemos visto durante medio siglo no son del primer hombre en la Luna, sino del segundo. Por supuesto, quedan la célebre frase de Armstrong, la del “pequeño paso para un hombre pero un gran paso para la Humanidad”, y la transmisión de televisión dando saltos en la débil gravedad lunar. Fue el mismo Buzz el que aseguró que la frase famosa provenía de El Hobbit, de J. R. R. Tolkien, pero Neil todavía no lo leía. Luego se trató de atribuir a un informe burocrático en el que se decía “que era un paso para toda la Humanidad”, pero la formulación es enteramente de Armstrong. Le dice a su biógrafo: “Nunca sabes de dónde provienen las cosas. Desde luego, no fue algo consciente. Cuando se te ocurre algo por primera vez, te parece una idea original”. 

Es vergonzosa la disputa por la autoría de la misión del Apolo 11. Si bien la NASA había tratado de que fuera en nombre de la Humanidad, prevalecieron las ansias de utilizarla: así, de última hora, el presidente Nixon pide que se entierre la bandera de barras y estrellas y no el símbolo de la ONU. Como no estaba calculado, el asta no entró del todo en la roca y hubo preocupación de que la imagen de superioridad fuera la bandera de los Estados Unidos cayéndose en un estrépito de polvo lunar. La llamada de Nixon a los astronautas tampoco estaba calculada y los astronautas tuvieron que suspender la foto que Armstrong quería que Buzz le tomara saludando a la bandera para esperar 20 minutos a que Houston conectara con la Oficina Oval, y le costaron a la Humanidad que no se recogieran piedras del lecho de un cráter al que sólo fotografiaron desde la ventana mientras despegaban. El viaje en la superficie sólo duró dos horas y 40 minutos y Nixon les robó muchos minutos. Mientras iban subiendo la escalera del módulo, Aldrin se acordó de que llevaban una mochila con unas medallas conmemorativas de Yuri Gagarin, primer hombre en orbitar la Tierra. Armstrong la aventó desde arriba.

El viaje a la Luna es la Guerra Fría. Los tres astronautas habían sido pilotos de combate en Corea, habían derribado MIG soviéticos, y se encontraban en medio de la guerra cultural por Vietnam. Unos días después de que regresaron al planeta, Nixon insistió en organizar una cena inmensa, de más de mil invitados, en el Century Plaza de Beverly Hills. Hasta ahí, el gobernador Ronald Reagan aprovechó para burlarse de los soviéticos que, apenas unos días antes del lanzamiento del Apolo 11, habían sufrido un accidente fatal tratando de poner en órbita a sus propios astronautas. En la cena, repleta de políticos republicanos, las ausencias fueron más significativas: Charles Lindbergh, el primero en sobrevolar el Atlántico; Howard Hughes, dueño de PanAm y creador del hidroavión; y algún miembro de la familia Kennedy, por el famoso discurso de 1962 (“escogimos la Luna no porque sea fácil, sino porque es difícil”) del presidente asesinado. Si se lee ese discurso, sorprende todavía la intención de John F. Kennedy de ver el viaje a la Luna como una forma de plantear una meta para organizar esfuerzos. La celebración de Nixon fue todo lo contrario: el cebarse en la derrota soviética, restregarle al resto del mundo la superioridad norteamericana, alzar las copas entre los generales de Vietnam y los políticos republicanos.

La biografía de Neil Armstrong da indicios de otros usos del pisar la Luna. Por ejemplo, cómo ha sido reconvertido al islam. Según los islamistas radicales, Armstrong habría escuchado en la Luna “la adhan”, la llamada a oración en pleno Mar de la Tranquilidad. Según ellos, tras regresar a la Tierra, Armstrong se dirigió a Líbano y se convirtió en la mezquita en la que Malcolm X rezó. James R. Hansen desmiente esa versión contando sobre el ateísmo del astronauta que, mientras Buzz consagraba una hostia dentro del módulo, fue a revisar los controles en el tablero. A pesar de esto, el biógrafo contó casi tres millones de entradas en internet que insisten en la mentira. Otro uso que registra es el de los que creen en los extraterrestres como origen de las civilizaciones antiguas, de los que confunden las posiciones del bajorrelieve de un rey en un trono con un astronauta en su nave espacial. Pero quizás el uso más asombroso es el que niega que el hombre llegara a la Luna. Según esa versión, entre los que se cuentan los que sostienen que la Tierra es plana, el viaje fue una superproducción de Hollywood y, para demostrarlo, dicen que la bandera “ondea” –sin ver que la resistencia sin atmósfera da a los dobleces la imagen de una rigidez distinta– o que la radiación solar no derritió los rollos de película (lo que significa que la tecnología hermética de las cámaras Hasselblad sí sirve). La conspiración para hacer “como si” hubiéramos llegado a Luna es, como escribió la asistente de Armstrong, Vivian White, “mucho más complicada que el viaje mismo”. 

La imaginación en torno a los viajes espaciales concluyó abruptamente con Ronald Reagan y el accidente brutal del Challenger en 1986 en el que se calcinó toda la tripulación. Armstrong fue llamado como integrante de la comisión que investigó el desastre que canceló los viajes tripulados. A partir de entonces, y ya sin la Unión Soviética de antagónica, hemos visto expediciones de robots que miden, fotografían y recaban información. La Luna, sobre la que caminaron apenas 12 personas, se ha cambiado por Marte. La idea es radicalmente distinta: ya no es ampliar nuestro planeta hacia su satélite natural, sino salir huyendo rumbo a otro por la contaminación y el calentamiento que hemos provocado. La cultura de los sesenta, que confiaba en nuestras bondades armónicas, fue sustituida por la del fin de milenio, concentrada en desechar. Todo, en apenas medio siglo.  

Esta columna se publicó el 5 de mayo de 2019 en la edición 2218 de la revista Proceso

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