Rafael Coronel, víctima de su propio mercado

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Lejos de beneficiar el posicionamiento de su firma, el desmesurado éxito comercial que tuvieron las reproducciones de sus pinturas en serigrafías y giclées –impresión digital sobre tela o papel de algodón–, dañaron notoriamente el valor de su creación artística.

Recordado más por sus repetitivos personajes de sombreros picudos que por sus interesantes y dramáticas introspecciones en la psique humana, Rafael Coronel no merecía una comercialización tan burda y vulgar de esas imágenes que acabaron convirtiéndose, erróneamente, en icónicas. Ofertadas en internet a precios que oscilan entre aproximadamente 26 mil y 46 mil pesos por cada impresión, las numerosas ediciones se perciben como posters o carteles en los que sólo se paga por la firma del artista.

Cercano al grupo de creadores que, en la pasada década de los años cincuenta, se atrevieron a desarrollar y defender discursos visuales contrarios a la figuración de intención política de la Escuela Mexicana –lidereada por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros–, Rafael Coronel Arroyo (1931) fue introducido a la escena artística alternativa de la Ciudad de México por su hermano mayor, el espléndido pintor de sobrias poéticas cromáticas y reinterpretaciones abstractas de referencias prehispanistas, Pedro Coronel (1923).

Nacidos ambos en Zacatecas, los hermanos Coronel fueron parte de la escena de renovación artística que iniciaron, en la Ciudad de México, Vlady, Alberto Gironella, Enrique Echeverría, José Luis Cuevas.

Creador de un perturbador discurso visual que a través de dramáticas expresiones faciales y atmósferas cromáticas tenebristas, expresa estados anímicos del ser humano que remiten a la soledad, el terror, el dolor, la perversión o un extraño hieratismo que convierte a los personajes en ánimas sin corporeidad, Rafael Coronel desarrolló una poética neorromántica-oscura que lo vincula con las estéticas que la historiadora del arte norteamericana Shifra Goldman definió como “Interioristas”. Características de un grupo que ésta definió como Nueva Presencia, dichas estéticas identifican a creadores de la escena mexicana como Leonel Góngora, Francisco Corzas, José Luis Cuevas, Héctor Xavier y Antonio Rodríguez Luna, entre otros. 

Interesado en ampliar el conocimiento sobre la trayectoria creativa de su padre, Juan Coronel Rivera –también nieto de Diego Rivera, ya que su madre, Ruth Rivera Marín, fue hija del afamado pintor–, curó en 2011 con el título de Retrofutura, una interesante muestra antológica que, además de presentar obras que evidenciaban que la obra de Rafael Coronel no se limita a figuras masculinas de simples expresiones y sombreros picudos, también proponía una interpretación con base en la temática del retrato.

Y aun cuando la revisión es controvertida debido a que la mayoría de los personajes son invenciones del pintor y no retratan a una persona en particular, fue un acierto conjuntar las distintas etapas creativas de su padre, desde las referencias iniciales a la Escuela Mexicana y el tratamiento de sus famosas ratas como metáforas psicológicas, hasta la presentación de personajes en solitario o en grupo en los que la expresividad facial manifiesta el estado interior no sólo del representado, sino de cualquier ser humano.

Potentes por la confrontación entre la dramática teatralidad de las atmósferas cromáticas, la contenida corporeidad de los personajes y la intensa expresividad de los rasgos faciales, la pintura de Rafael Coronel, quien falleció el pasado martes 7 de abril de insuficiencia cardiaca, merece evaluarse al margen de ese excesivo mercantilismo que, si bien ha sido un gran negocio, también ha dañado el valor artístico de la propuesta creativa. 

Este texto se publicó el 12 de mayo de 2019 en la edición 2219 de la revista Proceso

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