La UNAM edita la obra póstuma de Manrique

Jorge Alberto Manrique (1936-2016), una de las figuras centrales de la crítica de arte mexicano de la segunda mitad del siglo XX, planeó desde su juventud como estudiante en Roma una guía para la Ciudad de México. Esta va a ser publicada por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, del que fue director. El libro La Ciudad de México a través de los siglos, de 868 páginas, es una obra monumental que no propone capítulos sino 19 itinerarios. La inició el historiador en 1977, y en su etapa final la coordinó su discípulo Miguel Ángel Rosas, con textos de destacados investigadores.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Resultado de cuatro décadas de investigación y del trabajo de un nutrido grupo de investigadores, sale a la luz la monumental obra La Ciudad de México a través de los siglos, libro póstumo del historiador y crítico de arte Jorge Alberto Manrique (1936-2016).

Lo publica el Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El volumen, de 868 páginas, es una investigación “sobre cada uno de los monumentos y sitios importantes de la ciudad… muestra la historia de sus construcciones y remodelaciones, los movimientos artísticos que se reflejan en ellos y sus diversos usos a lo largo del tiempo”, describe el propio Manrique en la presentación.

Se puede leer en una de sus páginas:

“Es difícil imaginar que el Centro Histórico de la Ciudad de México fue alguna vez una isla cercana al bordo poniente de los lagos. En ella, a partir de 1325, fue construida Tenochtitlan (plano 4), capital de los mexicas-tenochcas, también denominados aztecas. El centro de la actual urbe coincide con el de la ciudad antigua y la conocemos como el Templo Mayor (5 en el mapa), un núcleo de edificaciones vinculadas con distintos cultos religiosos, amurallado y rodeado de palacios de los gobernantes, sacerdotes y guerreros, de aproximadamente 500 por 500 metros”.

Y añade enseguida:

“La conquista española encabezada por Hernán Cortés tiene como fecha de rendición el 13 de agosto de 1521 y marcó el inicio de una sistemática destrucción de la ciudad, de sus construcciones, plazas, acequias, canales, calzadas y puentes, pero también de las estructuras sociales, creencias y costumbres de sus habitantes.Fue un proceso violento y definitorio…”

La obra comenzó en 1977, bajo la dirección de Manrique, promotor del arte mexicano y de la conservación y restauración del patrimonio cultural. Fue coordinada en una primera etapa (hasta 1980) por el fallecido investigador Marco Díaz Ruiz, con colaboraciones de Guadalupe Aceves García, José Luis Alcubilla, Teresa del Conde, Gustavo Curiel, Rita Eder, Martha Fernández, Elisa García Barragán, Consuelo Maquívar, Olga Sáenz y Elisa Vargaslugo, entre otros investigadores.

Luego de algunos años de haber sido suspendido, el proyecto fue retomado de 2009 a 2014, y coordinado en su segunda etapa por el arquitecto Miguel Ángel Rosas, discípulo de Manrique. Entre los colaboradores estuvieron Rosa Martha Aguilar, Luis Ávila Blancas, Clara Bolívar, Alberto Diez Barroso Repizo, Martha Fernández, Yani Herreman y Yunuén Maldonado.

Rosas, autor de la semblanza “Jorge Alberto Manrique: El transgresor (1936-2016)”, relata en entrevista con Proceso que hacia finales de los años setenta Manrique ya tenía muy avanzado un primer borrador del texto, aunque no lo publicó debido a que el descubrimiento de la Coyolxauhqui dio lugar a la apertura del Templo Mayor, y decidió esperarse previendo que habría transformaciones en la ciudad.

Añade que en 2009, luego de que el proyecto se había quedado en suspenso, y en tanto él había sido su alumno, lo invita a retomarlo como su asistente en tanto miembro del Sistema Nacional de Investigadores y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Ya habían publicado, como coautores, el ensayo “La pilastra estípite y sus secuelas” en el libro Los retablos de la Ciudad de México. Siglos XVI al XX, una guía, de Armando Ruiz.

En la presentación Manrique destaca el trabajo colectivo. En ello coincide Rosas al destacar que, además de honorarias, las colaboraciones son anónimas, y los investigadores tienen su crédito en la página final, pero en los textos no hay nombres de ningún autor. Recuerda entonces que el especialista lo fue de la enciclopedia Historia del Arte Mexicano, publicada por la Secretaría de Educación Pública, el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Editorial Salvat, asimismo un proyecto colectivo.

“El maestro Manrique tuvo una visión con respecto a las obras colectivas, que muy pocos investigadores tienen… Y su última obra es colectiva. Es importante mencionarlo porque él siempre fue fiel a esa idea. Participó en la creación del Espacio Escultórico, donde un número de escultores de la propia universidad decidieron guardar silencio respecto de la autoría de la obra colectiva. Hubo personas que lo rompieron, hubo protagonismos y eso le dolía al maestro porque se había roto el acuerdo.”

Rosas describe a La Ciudad de México a través de los siglos como obra de juventud de Manrique, pues el crítico de arte vivió un tiempo en Roma siendo joven y tuvo su acercamiento a esa ciudad a partir de la arquitectura, pero también de la relación entre la ciudad y el tiempo, por lo que “le interesa entender la ciudad en correlación al tiempo, y el tiempo es historia”.

Estando allá conoce la Guía de Roma, que fue muy significativa porque ahí encontraba las fechas precisas de construcción de los monumentos, datos de las portadas, de las iglesias, acerca de los papas incluso:

“Todo estaba ahí, no se requería de ir a un libro especializado para consultar una fecha precisa, estaba ahí. Cuando regresa a la Ciudad de México quiere hacer algo similar, un libro de utilidad para los académicos, para los jóvenes arquitectos, para los jóvenes historiadores del arte, pero también para el visitante. Y que el contenido fuera la verdad más precisa, que uno no necesitara, por ejemplo, ir a consultar un libro especializado de la Catedral Metropolitana para saber cuál es la portada lateral.

“Entonces es un libro de viaje, pero también de consulta. El maestro comenzó a desarrollar el proyecto de la Ciudad de México como un proyecto monumental de una ciudad que no puedes detener, la propia ciudad así lo demanda.”

Detalla que el proyecto se suspendió a raíz del hallazgo de la Coyolxauhqui el 22 de febrero de 1978. Fue tan importante que el entonces presidente José López Portillo ordenó la demolición de 17 inmuebles coloniales para recuperar el Templo Mayor de los aztecas. Para Manrique, que entonces era director del IIE, significó un cambio drástico que desarticuló la ciudad.

El libro no está organizado en capítulos, sino en 19 itinerarios. Así lo menciona Manrique:

“Los cinco primeros abarcan la parte antigua de la ciudad: la Plaza Mayor (Plaza de la Constitución-Zócalo), el Palacio Nacional, la Catedral, el Sagrario, el Templo Mayor, el ex Ayuntamiento, Así como los cuatro cuadrantes originales; San Pablo (Teopan), San Sebastián (Atzacoalco), Santa María la Redonda (Cuepopan) y San Juan de Letrán (Moyotla). En la ciudad antigua o Centro Histórico se registra casa por casa: palacios, monumentos históricos y modernos; también se hace una narración de cada sitio.”

Se incluyen en los itinerarios tres que no son de la Ciudad de México: “la ruta de Xochimilco y el lago; la ciudad sagrada de Teotihuacán, que pasa por el convento de Acolman; y el Colegio de Tepotzotlán, que cruza por San Bartolo Naucalpan y las pirámides de Santa Cecilia y Tenayuca”.

Considera Rosas que Teotihuacán y Tepotzotlán son dos ciudades que se homologan en el tiempo y de ahí el nombre de La Ciudad de México a través de los siglos, cuyo título evoca la obra enciclopédica de Vicente Riva Palacio.

Este texto se publicó el 12 de mayo de 2019 en la edición 2219 de la revista Proceso

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