La política, fuera de Notre Dame, dicen los especialistas

Notre Dame. Foto: AP / Michel Euler Notre Dame. Foto: AP / Michel Euler

Una declaración del presidente francés Emmanuel Macron para restarurar la catedral de Notre Dame de París en cinco años y dejarla “más bella”, provocó una reacción diplomática pero rigurosa de cerca de mil 200 especialistas, en sintonía con el célebre arquitecto galo Jacques Nouvel: dejar el diagnóstico a los historiadores y a los expertos “antes de pronunciarse sobre el futuro del monumento”. En tal sentido, en estas páginas, el arquitecto mexicano Sergio Zaldívar rechazó los criterios turísticos por encima del valor patrimonial.

PARÍS (Proceso).- La noche misma del 15 de abril, mientras centenares de bomberos empezaban a sofocar el incendio que devastaba a Notre Dame, el presidente Emmanuel Macron se dirigió a los franceses. Emocionado, al pie de la catedral en llamas, les dijo: “Esa catedral supimos edificarla, hacerla crecer, embellecerla. La volveremos a construir todos juntos porque es parte del destino francés”.

Al día siguiente, reiteró su promesa desde la oficina presidencial en una breve alocucion difundida en cadena nacional. Con voz firme y tono sumamente decidido, afirmó: “Volveremos a construir la catedral, será aun más bella, y quiero que todo esté terminado de aquí a cinco años. Podemos hacerlo y nos vamos a movilizar”.

Por si eso fuera poco, el Consejo de Ministros adoptó a toda velocidad un proyecto de ley que permitirá “acelerar las obras de reconstrucción” autorizando la instancia pública creada expresamente para supervisar la restauración al derogar las reglas de protección del patrimonio.

Esa declaración perentoria desencadenó de inmediato –y sigue desencadenando– polémicas enardecidas. Queda claro para todo el mundo que ese plazo de cinco años impuesto por el Jefe de Estado dista de ser casual: en 2024 Francia será sede de los Juegos Olímpicos.

Someter la restauración de una joya del arte medieval, Patrimonio de la Humanidad, a un calendario deportivo, es inadmisible. Eso es lo que expresan con diplomacia y firmeza mil 170 conservadores del patrimonio, conservadores de museos, exministros de cultura, arquitectos, expertos, catedráticos de historia del arte no sólo de Francia, sino de numerosos países, en una carta abierta a Emmanuel Macron publicada el 29 de abril en el matutino Le Figaro, con un título explícito: Señor presidente, no desoiga a los expertos en patrimonio.

Por su trascendencia Proceso reproduce a continuación el texto de esa carta, cuya lista completa de nombres puede consultarse en el link https://www.medias-presse.info/notre-dame-de-paris-plus-de-mille-professionnels-du-patrimoine-contre-macron/107825/amp/

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Señor Presidente.

La tarde del 15 de abril, las miradas del mundo entero se volvieron a Notre Dame de París, recordándonos que dicho monumento no es sólo de los católicos, ni de los parisinos, ni de los franceses, ni siquiera de los europeos, sino que es uno de esos edificios que el genio de sus sucesivos constructores ha legado a la Humanidad.

Es en gran parte por la influencia de la apasionada novela de Víctor Hugo que soñaba como una súplica por la catedral parisina, que Francia se dotó hace mucho tiempo ya de una legislación que tiene por objeto no sólo la protección de los monumentos históricos, sino que preveé también un marco de acción cuando son mutilados por las estragos del tiempo o de los hombres.

Desde 1862, el gobierno eligió poner a la catedral parisina, entonces en proceso de restauración, bajo la protección de dicha legislación. Más de un siglo después, también bajo impulso francés, entre otros, la UNESCO elaboró una lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad, con criterios de protección precisos.

En 1991, Francia solicitó y obtuvo la inscripción en esa lista de las orillas del Sena de París, apoyándose notablemente en la presencia, en su corazón, de Notre Dame de París y, de forma más amplia, en la existencia de una perspectiva, que se constituyó entre la Edad Media y el principio del siglo XX, y fue protegida como tal.

Tal protección no existiría sin una deontología que se impone a todos los que realizan el mantenimiento, la conservación y la restauración de estos monumentos. Ahí también, Francia ha tenido un lugar pionero, notable gracias a las reflexiones de Jean-Baptiste Lassus y de Eugène Viollet-Le-Duc, elaboradas en base a su experiencia de restauración en la Isla de Francia, la Sainte-Chapelle y Notre Dame (a mediados del siglo XIX).

Esa deontología, evidentemente, ha evolucionado. Desembocó en La Carta de Venecia en 1964 que fue completada en 1994 por El Documento de Nara. Ambos textos fijan un cuadro internacionalmente reconocido para las intervenciones en los monumentos, tanto en las operaciones de conservación como en las de restauración o de reconstrucción parcial.

En toda esta historia, Francia desempeñó desde siempre un papel crucial, apoyándose en instituciones de excelencia que capacitan a especialistas en protección, reconocidas internacionalmente y atrayendo a estudiantes del mundo entero (Escuela de Chaillot, Instituto Nacional de Patrimonio, universidades, compañías ancestrales de maestros artesanos, algunas de ellas inscritas en la lista de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad). No es casual que la sede del Consejo Internacional de Monumentos y de Sitios Históricos se encuentre en París.

Esta excelencia de Francia en el campo patrimonial, la vimos en la intervención ejemplar de los bomberos cuya acción permitio evitar un desastre mucho más grave, y en las acciones que permitieron consolidar de urgencia la catedral y evacuar en lo esencial las obras que pudieran desplazarse durante la semana posterior. Tenemos todos consciencia de haber evitado un desastre mucho mayor, el del hundimiento de la catedral y la desaparición de los 850 años de historia que conserva.

Desgraciadamente, esta excelencia ha sido olvidada en parte por los gobiernos precedentes y con ella la inversión nacional en la conservación y salvaguardia del patrimonio: como lo muestra el informe del Senado sobre el proyecto de ley de financiamiento para 2019, los créditos afectados a la conservación de Monumentos Históricos, con excepción de los dedicados a grandes proyectos, disminuyeron entre 2010 y 2012 antes de estabilizarse a partir de 2013. Por tanto, desde hace mucho, se multiplican las alertas sobre la insuficiencia patente de estos presupuestos que obliga a privilegiar los trabajos de urgencia, como los que se desarrollaban en Notre Dame, más que un acercamiento verdaderamente planificado.

Hoy el drama ya está aquí y nos sobrepasa a todos. Notre Dame de París no es sólo una catedral, sino uno de los monumentos mayores de toda la arquitectura europea. Es uno de los monumentos alrededor del cual, durante casi dos siglos, se han constituido la protección y la deontología francesa y mundial de los Monumentos Históricos. La emoción que despertó, demostró que fue un drama mundial cuyo alcance histórico aún nos falta medir.

Es la razón por la que nosotros, universitarios, investigadores y profesionales de patrimonio de Francia y del extranjero, nos permitimos dirigirnos a Usted hoy, Señor Presidente, para solicitarle, como lo ha dicho tan bien el arquitecto Jean Nouvel, que “deje el diagnóstico a los historiadores y a los expertos antes de pronunciarse sobre el futuro del monumento”.

Sabemos que el calendario político exige actuar rápido y sabemos también cómo una Notre Dame mutilada pesa sobre la imagen de Francia. Sin embargo, lo que va a pasar con Notre Dame en los próximos años, nos compromete a todos, mucho más allá de ese calendario. Lo que está en juego con estas obras irá mucho más allá de los mandatos políticos como de las generaciones y seremos juzgados dependiendo de su resultado.

Tampoco venimos a preconizar esta o aquella solución. Es muy pronto. ¿Qué se puede o no se puede hacer, qué alternativas serán posibles? Nosotros no podemos dar hoy respuesta alguna. Eso depende de las restricciones técnicas que vienen determinadas por el estado de la construcción. Pero esas alternativas deben hacerse desde el respeto a lo que es Notre Dame, más que una catedral como otras, más que un monumento histórico como otros, desde un acercamiento escrupuloso, reflexivo de la deontología.

La historia de Notre Dame de París hace que la gravedad del incendio sobrepase las meras consecuencias materiales. Usted mismo ha declarado, Señor Presidente, querer restaurar Notre Dame.

Ese es nuestro deseo también, pero, para hacerlo, no borremos la complejidad del pensamiento que debe impregnar el proceso de restauración bajo una imagen de eficacia. Debemos dar tiempo al diagnóstico. El ejecutivo no puede dejar de escuchar a los expertos, Francia ha formado a quienes están entre los mejores del mundo y muchos de ellos se encuentran en vuestra Administración, en el Ministerio de la Cultura.

Debemos reconocer su pericia, darles tiempo de encontrar el buen camino y, entonces, sí, podremos fijar un tiempo ambicioso para una restauración ejemplar no sólo para hoy, sino también para las generaciones futuras.

La excelencia de la competencia de los artesanos y empresas francesas, su experiencia, la de sus arquitectos, la competencia de sus conservadores, de sus historiadores, son mundialmente conocidas. El carácter único de la catedral atrajo la atención de universitarios del mundo entero e inspiró numerosos programas de investigación cuyos resultados están hoy a nuestra disposición. Esos recursos franceses e internacionales ofrecen a Francia las mejores perspectivas para restablecer Notre Dame en su dignidad de símbolo.

Debemos escucharlos y tenerles confianza. Usted debe tenerles confianza sin esperar pero sin precipitación. El mundo nos mira. Hoy, no se trata de una cuestión de arquitectura, pero sí de millones de gestos, humildes y expertos, inspirados por la ciencia y el saber, en el marco de una política patrimonial renovada, ambiciosa y voluntarista, preocupada de cada monumento, que volverá a dar a la catedral de Hugo, de Viollet-Le-Duc, la nuestra, la vuestra, su lugar y su función en la historia y en el futuro.

Este reportaje se publicó el 12 de mayo de 2019 en la edición 2219 de la revista Proceso

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