Pemex y Dos Bocas: Herida autoinfligida

El presidente Andrés Manuel López Obrador y el director de Pemex, Octavio Romero Oropeza. Foto: Alejandro Saldívar El presidente Andrés Manuel López Obrador y el director de Pemex, Octavio Romero Oropeza. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Sólo un mexicano mezquino quisiera que al presidente le fuera mal. Sólo alguien con el espíritu encogido podría desearlo. Andrés Manuel López Obrador tiene la oportunidad real de llevar a cabo transformaciones profundas y benéficas en un país que las necesita. Tiene todo para corregir errores, modificar políticas públicas, limpiar y fortalecer una institucionalidad fallida. Tiene todo para gobernar bien: apoyo popular, mandato para el cambio, mayorías legislativas, una oposición desacreditada, una población que lo sigue y lo admira. Y precisamente por ello preocupa tanto que cometa errores que reducirán su margen de maniobra; sorprende la improvisación en la que con frecuencia cae; asombra la cantidad creciente de heridas autoinfligidas.

Como el autogolpe que acaba de darse a sí mismo al declarar desierta la licitación para la construcción de la refinería de Dos Bocas, y el anuncio –sorpresivo– de que la obra será entregada a Pemex para su realización. Una decisión intempestiva que tomó por sorpresa incluso a miembros de su gabinete. Una decisión acelerada, producto del voluntarismo y no de la deliberación basada en datos, evidencia y posible impacto. Porque detrás de lo anunciado no hay una racionalidad económica defendible, sino una intencionalidad política cuestionable. El presidente piensa que es posible regresar a Pemex a sus años de gloria, cuando era palanca de desarrollo, la gran empresa petrolera nacional. Obsesionado con esa idea, insiste en canalizar recursos escasos a una empresa que ya no es lo que era y no podrá volver a serlo sin inyecciones de capital que el gobierno simplemente no tiene. Para AMLO, la refinería de Dos Bocas es santo y seña, símbolo y sello. No importa que sea inviable o cara o innecesaria o un despilfarro de recursos públicos. Al presidente sólo le importa que exista.

Y por eso opta por ignorar la evidencia; decide descartar la realidad. Las empresas extranjeras invitadas a la licitación restringida para construir Dos Bocas llegaron a la misma conclusión: no costará lo estimado por el presidente y no podrá ser completada en los tiempos decretados por él. Así de simple, así de sencillo. Los que podrían estar encargados de la obra alertan sobre su inviabilidad. Y en vez de escuchar, de sopesar y de replantear, el presidente se aferra. Piensa que Pemex podrá encargarse de la obra cuando hace 40 años que no construye nada. Cuando la empresa es notoriamente ineficiente y esa es una de las razones detrás de su descalabro. Cuando no hay razones para pensar que podría edificar algo a menor costo y en menor tiempo que compañías especializadas en refinerías. Pemex tiene demasiada deuda, demasiados problemas operativos, demasiada mala administración como para pensar que podría cumplir con las condiciones que el presidente impone y la realidad contradice.

AMLO heredó una empresa exprimida, mal administrada, endeudada. Su margen de acción ya era estrecho. Pero de lo que se trata la 4T es de mejorar, no de empeorar. De lo que se trata la transformación prometida es de corregir, no de ahondar en el error. Y la construcción de Dos Bocas como la plantea el presidente en un error, señalado así una y otra vez por calificadoras, inversionistas, expertos en el sector. Pero el presidente confía más en su conciencia que en las cifras; apuesta a que su voluntad se impondrá sobre la realidad. Prefiere escuchar a quienes le aplauden y no a quienes lo cuestionan, aunque lo hagan con buenas intenciones. Por eso sale y anuncia y decreta, dejando atónitos a funcionarios de Hacienda que conocen los pormenores del presupuesto; que entienden cuán insostenible e irreal es la visión presidencial. AMLO no consulta, impone. AMLO no debate con su gabinete, le da órdenes. AMLO no acepta contrapesos argumentativos, los desecha.

Produciendo resultados palpables y negativos como los que ya se están dando en el ámbito económico. La desaceleración del crecimiento producto de la incertidumbre que produce el cambio constante de las reglas del juego. La caída en el índice de confianza del consumidor. La caída en la inversión extranjera directa. La reducción de la recaudación que incidirá en la bolsa disponible para el gasto en programas sociales. La probable reducción en la calificación de la deuda de Pemex. El impacto previsible que eso podría tener en el tipo de cambio. Los nubarrones comienzan a acumularse en el horizonte, pero el presidente niega su existencia y descalifica a quienes se los señalan aunque formen parte de su propio equipo. Rei­tera que vamos “requetebién” cuando su tozudez está generando condiciones para que nos vaya requetemal.

En el caso específico de Dos Bocas la obcecación presidencial podría acabar en un gran daño patrimonial. Carretadas de dinero público canalizadas a una inversión industrial poco redituable. Erogaciones multimillonarias del erario destinadas a una inversión de baja rentabilidad. Y el problema es que los errores que se cometan en torno a Pemex tienen la capacidad de extenderse al resto de la economía, arrastrándola hacia abajo. Y no sólo por una cuestión de números, sino por una cuestión de percepciones. La percepción de que el presidente de México se regodea en su analfabetismo económico, en lugar de reconocerlo y dejarse asesorar. La percepción de que no existe un equipo gubernamental fuerte, bien informado, capaz de contener las peores pulsiones presidenciales y corregirlas. La percepción de que todas las decisiones las toma un solo hombre, y ese hombre antepone lo que quiere a lo que es posible. Terquedad traducida en política pública; ignorancia transmutada en inversión pública que no será detonante del desarrollo, sino detonante del despilfarro. Y un patrón que comienza a emerger en el nuevo gobierno: problemas heredados que son exacerbados, heridas padecidas que son autoinfligidas, el surgimiento de un enemigo que no se encuentra afuera del gobierno. Lo encabeza.

Este análisis se publicó el 12 de mayo de 2019 en la edición 2219 de la revista Proceso.

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