¿Hay una “verdad” sobre la Conquista en la escena musical? (IV y última)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A lo largo de los tres textos previos hemos versado sobre la inasible verdad histórica y sobre las patrañas y falsedades que la ópera ha adoptado para bregar con la intrusión europea en nuestro continente, quedando en claro que la manipulación de los hechos históricos ha sido deliberada, en función de apegarse a los intereses de los cotos de poder y su aviesa propaganda. De esa guisa, nos corresponde ahora consignar las obras melodramáticas cuyo objetivo fue alabar las acciones de Hernán Cortés (mencionamos con antelación las obras que denigran el actuar y caricaturizan la figura de Motecuhzoma II, que son alrededor de 30). Ya dijimos que se sabe de la existencia de 15 loas músico-literarias ‒entre óperas, tragedias líricas y comedias musicales‒ para el conquistador y que comenzaron a componerse a partir del Siglo XVIII.

En aras de que no se nos tilde de hispano fóbicos consignemos la lista entera. La primera se tituló Hernán Cortés sobre Méjico y fue una obra anónima estrenada en Madrid en 1768. Le siguió, un año después, Hernán Cortés triunfante en Tlascala del español Antonio Guerrero. Hacia 1782 se escenifica en Barcelona Hernán Cortés en Cholula de la autoría de Fermín del Rey y en Madrid, de autor desconocido, Hernán Cortés victorioso y paz con los tlascaltecas. A partir de ahí surgen los acercamientos italianos al personaje: en 1786 se estrena en Roma la ópera Fernando nel Messico de Giuseppe Giordani y tres años después se presenta en Florencia Fernando Cortez, ovvero la Conquista del Messico, de Giuseppe Mugens. Al inicio de la siguiente década se pone en Madrid la comedia musical Hernán Cortés en Tabasco del español Mariano Berner y Bustos y transcurridos siete años más, se monta en Venecia la ópera Fernando nel Messico de Marco Antonio Portogallo (un portugués avecindado en Italia).

A inicios del Siglo XIX tiene lugar la siguiente abominación artístico/histórica ‒perdón, creación operística‒ que ha sido la única que se ha mantenido en el repertorio, obteniendo, invariablemente, ovaciones y críticas entusiastas (de los públicos europeos, por supuesto). Se trata de la tragedia lírica Fernand Cortez que se estrenó en París en 1809 por orden directa de Napoleón Bonaparte. El italiano afincado en Francia Gaspare Spontini fue el creador de la música y sobre el reprobable libreto ya tuvimos oportunidad de pronunciarnos (Proceso 1686), por tanto, es mejor proseguir.[1]

En 1823 se añade a los encomios cortesianos, extrañamente, un inglés. Hablamos del renombrado compositor Sir Henry R. Bishop, quien estrena en el Covent Garden de Londres su ópera Cortéz con poco éxito (no ha vuelto a representarse porque al público británico no le gustó que el conquistador fuera retratado bajo luz benévola). Otros siete años más adelante, es decir en 1830, nace otra vez en Italia el siguiente panegírico musical. Fue la anómala ópera L´eroina del Messico, overo Fernando Cortéz del músico Luigi Ricci, quien quiso darle un papel estelar a la “lengua” del conquistador, sin lograrlo del todo. La puesta en escena en Parma pasó inobservada y las incipientes feministas de la época tampoco se sintieron identificadas con una acartonada figura de Malintzin, o donna Marina. Como antepenúltima de la lista tenemos la deslucida ópera Hernán Cortés del oscuro compositor Ignacio Ovejero, quien la estrenó en Madrid en 1848. Tres años después surgió otra ocurrencia del género, a cargo de Francesco Malipiero ‒abuelo del reconocido Gian Francesco del mismo apellido‒ que se puso en escena en el teatro La Fenice de Venecia. Y para concluir, casi medio siglo después ‒en 1900‒, apareció en Mérida, España, otra veleidad llamada Un amor de Hernán Cortés de la deslucida autoría de Domingo Ricalde Moguel. Para sorpresa de todos, no se trató de ninguna de las mujeres con las que el conquistador procreó descendencia, sino de su primera esposa, la española Catalina Suárez Marcayda, a quien se aduce que mató sin que haya podido comprobársele.

Asimismo, nuestros afanes divulgativos y la relevancia del tema nos compelen a mencionar otras composiciones en las que la confrontación entre Cortés y Motecuhzoma II sirvió de vehículo para reforzar posturas ideológicas (salvo la de 2005, la mayoría se suman a las alabanzas por la labor civilizatoria de Europa en América, sin cuestionar los modos). Bajo un título explícito hay cuatro óperas: The Conquest of Mexico (Londres, 1767) de Mattia Vento, otra homóloga de 1808, musicalizada en Milán por Ercole Paganini, después una Eroberung von Mexiko (Hamburgo, 1992) de Wolfgang Rihm sobre un delirante libreto de Antonin Artaud y La Conquista (Praga, 2005) del italiano Lorenzo Ferrero sobre una idea de Alessandro Baricco.[2] Encontramos también obras con nombres tan disímbolos como: La selvaggia nel Messico de Michelangelo Prunetti (Bolonia, 1803), Azora, the daughter of Montezuma de David Stevens (Chicago, 1917), La Noche triste de Hélène Pierrakos (Nancy, 1989), La malinche de Paul Barker (Londres, 1989) y La noche y la palabra de Gonzalo Suárez (Madrid, 2004).

Tornando por fuerza a la obra de Ferrero hay que decir con que es aquella que buscó ceñirse mayormente a la objetividad histórica evitando, hasta donde fue posible, condenar a los “sátrapas” indígenas y loar a sus “redentores”. Labor ardua por principio y de una valía inusitada dentro del cúmulo de visiones eurocéntricas que consignamos. Es digno de nota que la ópera presenta los principales episodios de la Conquista y que su libreto ‒en inglés, español y náhuatl‒ mezcla fuentes históricas de la literatura indígena y la europea, manteniéndolas en su idioma original. Los textos fueron extraídos de la Historia verdadera de la Conquista de Bernal Díaz del Castillo, del Códice Florentino, de los Cantares mexicanos y de los Romances de los señores de Nueva España.

Así pues, con el medio centenar aproximado de obras enlistadas podemos sintetizar qué ha pasado en la escena musical en las tres centurias que la ópera se ha especializado en ennoblecer nuestra Conquista. Sin resabio de duda, el tamiz intelectual de los creadores los hizo afiliarse a la visión imperialista que la Corona española y la Iglesia Católica propugnaron con tanto éxito en ambas orillas del Atlántico; no en balde, el coloniaje mental de los “vencidos” ha impedido que se compongan obras que refuten las versiones benévolas y providencialistas de la Conquista. ¿Cómo es posible, hemos de inquirir, que no existan óperas sobre la “Noche victoriosa” mexica, o que no haya tragedias líricas sobre el gran guerrero Cuitláhuac? ¿Nos parece justo, comparativamente hablando, que sólo tengamos un “Episodio” musical, por lo demás inacabado, alabando la heroicidad de Cuauhtémoc?[3] E igualmente, ¿cómo podemos carecer de obras melodramáticas alrededor del enorme dilema existencial de Motecuhzoma? ¿No fue tan honda su disyuntiva vital al punto de tener ecos trágicos como los de un Hamlet mexicano? ¿Y qué hay de la Malinche? ¿Cuándo escucharemos una ópera mexicana que ensalce su voluntad para sobreponerse a las adversidades que le deparó el destino y que impugne su erróneo papel oficial de traidora?

Mas ya no es tiempo de seguir horadando nuestras heridas sino de, como lo ha iniciado el presidente López Obrador, entablar un diálogo que traiga reconciliación y consuelo (y de escribir la historia compartida con España). Estamos celebrando los 500 años de un coloniaje que no concluye y las escisiones internas de nuestra sociedad no se resuelven. Sería de gran provecho común que la monarquía hispana pidiera perdón ‒ya lo hizo con los moriscos y los judíos que expulsó‒ por los crímenes culturales y de lesa humanidad acaecidos durante la Conquista, pero si no se obtiene, somos nosotros quienes necesitamos perdonarnos y perdonar a nuestras figuras fundacionales. ¿Cómo pretendemos mirarnos con ojos más compasivos si no hemos logrado poner en paz los costados sanguíneos que nos configuran como individuos y como nación?…

El pasado ya se escribió pero siempre existe la oportunidad de reescribirlo de acuerdo a un libreto donde los mitos y las mentiras de la historia ya no nos dañen. Cortés asesinó, es innegable, pero también fue uno de los padres de nuestro mestizaje y, pese a que nos disguste, fue el primer artífice de la nación mexicana. Si lo seguimos odiando y no nos ocupamos verdaderamente de reivindicar a los vencidos, ¿cuándo lograremos consolidarnos como esa raza cósmica que sólo existe en la imaginación?…

[1] Se recomienda la audición de su escena conclusiva. Audio 1: Gaspare Spontini – Coro final de la tragedia lírica Fernand Cortéz. (Orchestra e Coro del Teatro San Carlo di Napoli. Gabriele Santini. HARDY CLASSICS, 1999)

[2] Entre 1990 y 1992, Ferrero precedió su ópera con seis poemas sinfónicos titulados La Nueva España, en los que retrata, con un lenguaje neo romántico, Los presagios, La memoria del fuego, La Ruta de Cortés, El encuentro, La matanza del Templo Mayor y La noche triste. Audio 2: Lorenzo Ferrero – El Encuentro de los poemas sinfónicos La Nueva España. (Ukraine Symphony Orchestra. Takuo Yuasa, director. NAXOS, 2000)

[3] Se trata de la obra de Aniceto Ortega del Villar que se estrenó en 1871 y que ya hemos abordado en diversos textos. Sobre las otras obras mexicanas sobre el último regidor mexica, baste anotar que son de carácter sinfónico y que, de todas maneras, se tocan poco y se conocen menos.

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