El cardenismo canábico

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 13 de diciembre de 1925 apareció en el periódico El Informador un poema de El Abate Benigno, José Gómez Ugarte, quien luego dirigiría durante 25 años El Universal:

Óiganme, pues, los que ahora

destruyen la noble planta

que eleva al hombre a regiones

que con la razón no alcanza.

Lejos de destruirla, siémbrenla

sin escrúpulos ni tasa;

cultívenla y distribúyanla,

con fe, porque si nos falta

maíz, esa falta tiene,

en verdad, poca importancia. 

El elogio del humorista a la mariguana –“esa hoja torpemente condenada por los mismos para quienes es más necesaria”– se da en el nuevo mundo simbólico al que le damos el nombre de “cardenismo” pero que proviene de la base social y cultural de los revolucionarios. Eran ellos quienes la habían popularizado en canciones que ligaban el uso a la guerra, a la espera en los cuarteles, a los viajes en los techos del tren. “La cucaracha”, que ya no tiene y por eso ya no camina, más que referirse a alguno de los generales de la Revolución –Carranza es el más asociado a ese corrido–, es el ferrocarril en el que se desplazan las tropas. La Revolución mexicana es pacheca y, por ello, quedará ligada en el imaginario a los soldados y sus amantes: las marías y los juanes. Es el general Francisco L. Urquizo el que, en su novela sobre la Revolución, Tropa vieja (1938), describe el uso que las soldaderas hacen de los carrujos encendidos para aliviar los dolores de sus heridos, pero también para ser otro, en mitad del acuartelado que espera morir al siguiente amanecer: “Primero fue una especie de estupor, después una ceguera y un zumbido fuerte en la cabeza. Al ratito, uno como despertar, pero muy raro y bonito; sin cuerpo, sin ganas de nada, como si todito lo tuviera yo. Andar por el aire sin ruido alguno, volar por encima del cuartel, de los pueblos, a través de las paredes. ¡Y un sol! De todos los colores: azul, verde, amarillo, colorado, carmesí. Pajaritos cantadores, música en todas las cosas, sones alegres, canciones. Así ha de ser la gloria, suavecita”. 

Pero, al llegar al poder, la Revolución prohíbe la mariguana, tal como lo había hecho el porfirismo, aunque no por las mismas razones. Para los “científicos” de la dictadura su consumo ya no era “idólatra” –así lo definió la Inquisición en las condenas contra el Zorro original, Guillén de Lampart– sino que “degeneraba la raza”, es decir, que iba “debilitando” a la nación. A la mariguana los porfiristas la asociaron al delito, de tal forma que fumarse un churro era la antesala del robo, el arranque homicida y la lujuria hacia las primas. No así Álvaro Obregón quien, ansioso por el reconocimiento de los Estados Unidos a su gobierno, se alinea con las prohibiciones de su moralidad. Asoció a la planta, que se puede sembrar en cualquier terreno, con las clases trabajadoras, empuje del nuevo régimen, que debían mantenerse mentalmente sanas y alertas. Para los radicales, como Diego Rivera y Frida Kahlo, el consumo debería promoverse para “escuchar el color” del mundo. Ganará, en un primer momento, una mezcla rara de medicina, sociología y legalidad: el consumidor es un enfermo que actuó, en principio, por placer y es responsable del vicio y sus consecuencias, es decir, del “peligro social”. Los periódicos de la época proponen el exterminio de los “adictos” y su “esterilización” porque se sigue pensando que los tóxicos se heredan, al menos, los “gérmenes psíquicos al vicio”, si no en la siguiente generación, sí hasta la cuarta. Al igual que Felipe Calderón, lo único que merecía el consumo y el tráfico de mariguana era asesinar a quienes, ya de por sí, estaban “fuera del seno social”. Las penas, proclaman los periódicos y sus expertos en “toxicomanía”, deben ser “peores que la muerte, por las graves consecuencias sociales” y los que consumen y trafican mariguana deben tener más años en prisión que los homicidas. Por cierto, esto incluía a los alcohólicos.

Pero todo esto cambia con el cardenismo. Su representante médico es el ídolo de los canábicos de hoy. Yo lo conocí por los textos de Juan Pablo García Vallejo, entre ellos, el Manifiesto pacheco (1985) y la tesis de maestría de José Domingo Schievenini. El doctor de la legalización, como ahora lo es Juan Ramón de la Fuente, el exrector de la UNAM, se llamó Leopoldo Salazar Viniegra y era el director general del Hospital de Toxicomanía. Tras 14 años de estudios en el manicomio de Mixcoac, en la Ciudad de México, escribe célebremente: “Los trastornos mentales motivados por el consumo de la mariguana sólo existen en los periódicos” –El mito de la mariguana (1936)–. Frente al formidable problema social del alcoholismo, este hermoso y calumniado arbusto no debe de ser más que una fuente de fibras textiles”. La inacción y “el deleite de las ensoñaciones” es la única consecuencia mental. En lo físico detecta palpitaciones, taquicardia, palidez, enrojecimiento de los ojos, boca seca, hambre, sed y sueño, además de “una divagación imaginativa derivada de reminiscencias”. Y concluye con elegancia: “La mariguana, en ningún caso, determina impulsos criminales, ni olvido de ellas, ni alucinaciones terroríficas, ni la locura tampoco. Cuando eso ocurra, otros factores han tenido la eficacia que a la mariguana le falta”. 

El doctor Salazar Viniegra no se queda en los resultados clínicos, sino que decide modificar la legislación. Le propone al presidente Lázaro Cárdenas la legalización por medio de la distribución gratuita a cargo del Departamento de Salubridad, que dirigía el doctor José Siurob. Ambos redactan una exposición de motivos de un nuevo reglamento que pareciera escrita la semana pasada por la actual secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero:

“Los tratados internacionales tendientes a reprimir el tráfico son ineficaces porque el consumo lícito se tiene controlado pero el ilícito es enorme, subrepticiamente tolerado cuando no fomentado por los mismos países que se han comprometido a reprimirlo, porque rinde frutos muy estimables a sus industrias. El tráfico es un fenómeno ligado al capitalismo.” 

Cárdenas creó una instancia, integrada por Gobernación, Hacienda, Relaciones Exteriores y las Procuradurías de Justicia Federal y de la Ciudad de México, para que las drogas, incluyendo la mariguana, la heroína y la cocaína, se administraran por medio del Estado a partir del 23 de abril de 1937. Pero este momento único del monopolio sobre los fármacos prohibidos se topó con el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Cordell Hull lo puso en los siguientes términos: “Por muy encomiable que parezca la intención del gobierno mexicano de proporcionar narcóticos a los adictos, no podríamos considerar este acto más que como distribución de narcóticos para satisfacer el vicio, aunque se haga por médicos autorizados”. El secretario de Exteriores mexicano, Eduardo Hay, le responde cuatro puntos: el Estado proporciona los fármacos para ir curando y disminuyendo la adicción; los “enfermos” ya no acuden a los traficantes y disminuirá el comercio ilegal; el negocio ilegal se hará incosteable; y se tendrá un registro de los consumidores “que los separe de los criminales”. La respuesta de Estados Unidos fue contundente: suspender las exportaciones de cualquier medicamento a México. 

Seis meses después, el cardenismo canábico había terminado. El 7 de junio de 1940 Lázaro Cárdenas “suspendió provisionalmente” la regulación de las drogas prohibidas en vista de que su otro proveedor de medicinas era la Europa en guerra contra los nazis. Al llegar la paz, Lázaro Cárdenas ya no era presidente y el cardenismo como nuevo orden simbólico había sido exterminado por la corrupción, el control político y la banalidad. Quedan los versos del Abate Benigno:

Anda todo de manera

tan peregrina, tan rara,

así como en política 

como en arte, tan extraviada,

que para tener la visión 

de cuanto sucede

y cuanto nos pasa,

es fuerza que sin distingos

de posición y sin vanas

pretensiones de que somos 

personas equilibradas

fumemos de aquella hoja

torpemente condenada.  

Esta columna se publicó el 19 de mayo de 2019 en la edición 2220 de la revista Proceso

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