“Aladdín”: un pillo con suerte

MONTERREY, NL (apro).- A través de la emocionante versión animada que Disney presentó en 1992, se sabe que Aladdín es un apuesto chico de la calle, que se dedica a robar y que un día se enamora de la bella princesa Jasmín, a quien su padre, el sultán de Agrabah, quiere casar para darle continuidad al mandato.

En el camino, el pillastre de buen corazón libera del sueño milenario a un genio todo poderoso que le concede tres deseos, los cuáles usará para acercarse al corazón de la futura soberana, mientras debe sortear las acechanzas de un malvado hechicero, que la codicia a ella y al trono que heredará.

La anécdota extraída del superclásico literario las Mil y una Noches es bastante conocida, así como la versión que presentó la fábrica de sueños del Ratón Miguelito. Por ello resulta extraño que Guy Ritchie, un cineasta tan talentoso como irregular, hiciera una interpretación casi idéntica del musical animado, presentándolo, ahora, en acción real, pero con una mínima aportación personal.

Y más sorprendente es, aún, que Aladdín (Aladdin, 2019), se atreviera a incorporar a Will Smith como el Genio, para que compitiera de manera directa y bastante desigual, con la interpretación insuperable, aunque tan solo de voz, de Robin Williams.

Este Aladdín es una producción teatral, acartonada como una opereta, llena de humor y con mucho colorido. A través de los efectos, se puede recrear todo un universo fantástico en el exótico Medio Oriente, donde todo es magia, misterio, fantasía y amor.

La ya conocida historia es llevada, también, como en aquella versión previa, con los excelentes números musicales creados por Alan Menken, que aquí son reinterpretados en versiones modernas y frescas, enmarcados por vistosas coreografías y acrobáticos bailarines.

Ritchie, como excelente escritor que es, consigue encajar algunos apuntes de su humor agudo, aunque la película fluye libremente hacia los terrenos que ya se conocen. Esta versión continúa siendo familiar, con mucha acción y romance pulcro, sin un solo giro nuevo.

Afortunadamente, la película sigue teniendo a Aladdín como su corazón palpitante. El joven que lo encarna le da cordialidad y profundidad, con su presencia agradable. Por su simpatía se parece más a su mono Abú, que a las personas, aunque consigue imponerse y sobresalir con propia luz en medio de profusos efectos especiales y pirotecnia digital que encantarán a los chicos.

Will Smith, bien seleccionado como el Genio, saca a relucir su lado cómico, que tan bien se le da. El gigante azulado es hiperactivo, parlanchín y tremendamente extrovertido. El prolongado cautiverio ha provocado que exhiba un entusiasmo estruendoso, como el de un torbellino sobre el que parece levitar permanentemente.

En todas las escenas roba la atención. Sin embargo, es inevitable compararlo con el fallecido Williams, que le dio esa personalidad única al mago. Se recuerda, en la película animada, la maravillosa demostración que hace de sus poderes no bien el muchacho lo ha extraído de la lámpara maravillosa. De igual manera, Smith hace su propio show espectacular, pero luce más como un intento desesperado por superar al antecesor, que por hacer una versión propia del personaje.

Al final, Aladdin es divertida. Los que ya vieron la de Disney encontrarán tantos paralelos como si las escenas estuvieran en un espejo. Los que no, tendrán oportunidad de apreciar una obra inmortal de las manos de un realizador que sabe llevar el ritmo.

Para evitar decepciones, es mejor no esperar algo diferente a lo que ya se había visto.

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