Camerún, una bomba de tiempo

Paul Biya, el presidente eterno. Foto: Twitter @PR_Paul_BIYA Paul Biya, el presidente eterno. Foto: Twitter @PR_Paul_BIYA

DUALA, Camerún (apro).- El calor del mediodía es soporífero en ésta que es la segunda ciudad más grande de Camerún y, por mucho, su capital económica. Aquí los termómetros, indistintamente de la época del año, no suelen bajar de los 30 grados centígrados, y la humedad, colgada en el aire, dificulta la respiración, nublando la vista. La majestuosidad de los más de 4 mil metros del Monte Camerún, situado a escasos 70 kilómetros y solo superado por el Kilimanjaro en altitud, se difumina en esta caldera urbana.

“Esto está tan caliente como el país, mejor venga a tomar el fresco en la sombra”, me dice Lydia, entre divertida y seria, invitándome a acompañarle en la desvencijada silla de madera de su terraza con vistas al río Wouri y más allá, el Atlántico. De amplia sonrisa y expresiva mirada, la afanosa madre de treinta y pocos años ha descubierto una faceta de activista en fecha reciente –“me apasiona”, confiesa– y quizá también de prestidigitadora. Pues, como bien menciona, el clima político y social en su país está, sin duda, a punto de ebullición.

Las elecciones presidenciales celebradas en octubre de 2018 fueron probablemente un parteaguas en la nación ecuatorial. Con poca participación de votantes y una campaña que no estuvo exenta de intimidaciones por parte del partido oficialista hacia simpatizantes de otras fuerzas políticas, así como de boicoteos de las inquietas agrupaciones del Camerún anglófono que buscan mayor soberanía e incluso la independencia, el enésimo triunfo del anciano presidente Paul Biya en las urnas, con un inusitado porcentaje de aprobación, ha generado incomodidad en más de uno, elevando la temperatura de la discusión dentro y fuera del país sobre su frágil futuro. En Camerún, al menos para Lydia, “algo tiene que cambiar y pronto”.

El presidente eterno

A finales de enero las sedes diplomáticas de Camerún en París y Berlín fueron sorpresivamente tomadas por un grupo de enardecidos cameruneses de la diáspora. Gritos y candentes enfrentamientos verbales y hasta físicos, entre los que protestaban, por un lado, los empleados, y por otro, diplomáticos de las embajadas berlinesa y parisina.

Los omnipresentes retratos con la imagen del presidente Paul Biya, luciendo demasiado joven para ser un hombre de 85 años de edad, terminaron en el suelo, entre pedazos de cristal, papeles y documentos revueltos, y huellas de hollín callejero. Las protestas levantaron estupor a la mitad del invierno septentrional, esparciéndose como pólvora a otras misiones camerunesas del viejo continente, como Bruselas, y a las calles de Yaundé, la capital política del país, donde centenares de personas fueron arremetidas con inusitada violencia por parte de las fuerzas del orden. “Fraude, fraude, fraude”, fue el coro pronunciado al unísono.

Un mes después, a fines de febrero, a través de una nota diplomática, el Consulado camerunés en París anunciaba la reanudación de sus servicios después de los actos de “pillaje y vandalismo” de semanas atrás, mientras que la aparente calma retomaba el pulso a Yaundé y a otras varias ciudades al interior de Camerún. “El gobierno se ha dado a la tarea de restablecer el orden público”, anunciaba un vocero desde la oficina presidencial. Las voces se acallaron y se impuso un mutismo incómodo que cada vez quita más el aire, como el calor ecuatorial que aturde y enmudece a quien osa someterse a sus designios.

“El presidente (Biya) ha logrado mantenerse en el poder tejiendo una fina estructura que ha debilitado a sus oponentes, encumbrándose a partir de las fuerzas armadas y sembrando confianza en Occidente, al vender la idea de que Camerún, en un vecindario muy conflictivo, es baluarte de estabilidad y prosperidad. Y quizá así lo haya sido muchos años, pero hoy la situación es diferente” afirma Paul Melly, especialista en el África francófona dentro del reconocido think tank británico Chatham House, con sede en Londres.

Han pasado 37 años desde que, a inicios de los años ochenta, Paul Biya sustituyó en la presidencia, después de su dimisión, a Ahmadou Ahidjo, el primer presidente de Camerún tras su independencia de Francia en 1960. Eso le convierte en uno de los líderes más longevos del África Subsahariana y en el presidente más viejo del continente. Ocho elecciones presidenciales, la mayoría sin partidos opositores, y un indiscutible control político y económico del país han llevado a Biya a tener la sartén por el mango. Un estilo de gobernar que, de acuerdo con el diario francés Le Monde, le ha permitido “pasar desapercibido para volverse indispensable”, y le ha ganado reconocimiento internacional al salir avante de crisis importantes como la militancia islamista de Boko Haram en los confines con la vecina Nigeria o los conflictos civiles en la República Centroafricana y en Chad, con quienes también comparte frontera. Pero todo aquello, al parecer, está a punto de cambiar.

“El arresto y la detención prolongada de numerosos dirigentes del partido de oposición y de un número importante de sus manifestantes y simpatizantes, así como el inicio de procesos militares judiciales fuera de toda proporción contra los mismos, incrementa el malestar político en Camerún”, declaró recientemente, en un tono firme, la encargada de la política exterior comunitaria, Federica Mogherini, a través de un comunicado a nombre de la Unión Europea a raíz de la detención y procesamiento de Maurice Kamto, líder opositor camerunés, y de varios de sus más cercanos colaboradores.

Kamto, quien renunció a su puesto dentro del Ministerio de Justicia en 2011 para conformar el partido político Movimiento por el Renacimiento de Camerún (MRC, por sus siglas en francés), obtuvo el segundo lugar en los comicios presidenciales de 2018, con cerca de 15% del total de los sufragios, según cifras oficiales. Un resultado que Kamto y muchos de sus correligionarios impugnan y que, a decir de varios observadores internacionales, refleja la falta de transparencia en dichas elecciones por parte del gobierno de Biya.

Junto con decenas de otras personas que protestaban en las calles de Duala, Kamto fue detenido el 28 de enero y trasladado a una prisión militar en Yaundé; ahí enfrenta un juicio marcial, pues se le acusa de “insurrección, hostilidades contra la patria, rebelión, daño a los bienes de la nación y ultraje al presidente de la república”, entre otros cargos que como pena máxima podrían implicar la muerte.

La airada posición europea, que ha sido acompañada de declaraciones similares por parte del Departamento de Estado en Washington y denuncias de numerosas organizaciones como Amnistía Internacional, advierte un endurecimiento contra Biya por parte de aliados tradicionales que complican los futuros escenarios para el añejo mandatario y para el país. Sobre todo, si tomamos en cuenta el conflicto en los territorios anglófonos del suroeste y noroeste de Camerún que cada día se torna más álgido.

No English spoken

“El presidente y su gobierno tienen interés, financiero y político, de preservar el estatus quo y, por lo tanto, de preservar su poder, utilizando para ello todos los medios a su alcance”, denunció recientemente desde Londres Nkongho Felix Agbar Balla, fundador y presidente del Centro para los Derechos Humanos y la Democracia en África (CHRDA, por sus siglas en inglés). Balla, uno de los cinco millones de angloparlantes de Camerún –20% del total de habitantes del país–, es jurista de formación y vicepresidente de la barra africana de abogados para el África Central, así como fundador del Consorcio de la Sociedad Civil Anglófona de Camerún (CACSC, por sus siglas en inglés).

En enero de 2017, junto con un centenar de líderes de habla inglesa de la sociedad civil camerunesa, Balla fue detenido y enjuiciado militarmente. Se le acusó de “promover hostilidades contra el gobierno, secesión, guerra civil, de propagar información falsa, de resistencia colectiva y de incitar al levantamiento en armas”, todos cargos que conllevan en Camerún la pena de muerte o la prisión de por vida. Tras ocho meses de un proceso judicial altamente mediático y de fuertes presiones por parte de organizaciones de derechos humanos, Balla, junto con 54 de sus compañeros, fue liberado bajo perdón presidencial otorgado por Paul Biya.

Las tensiones entre el gobierno central de Camerún y las provincias anglófonas del suroeste y del noroeste del país se han incrementado dramáticamente en los últimos dos años, al punto de explotar en un movimiento rebelde armado. Aunque, a decir verdad, las líneas divisorias y el descontento llevan mucho tiempo de existir.

Para Balla, el punto de quiebre fue el referendo de 1972 que dio fin al estado federal para hacer de Camerún una república centralista con un férreo control del poder en la figura presidencial, y una preeminencia del francés (por encima del inglés) en la burocracia y en el actuar del gobierno. “Desde entonces los cameruneses de habla inglesa se han sentido exponencialmente marginados de la vida pública y han sufrido las consecuencias de ser ciudadanos de segunda clase en lo político y en lo económico”, alerta Balla.

El llamado río de los Camarones, explotado por los portugueses desde el siglo XVI, para el comercio de caña de azúcar y de esclavos, se convirtió hacia 1884 en la colonia alemana de Kamerún. Con la derrota germana en la Primera Guerra Mundial, el victorioso eje franco británico decidió partir la colonia africana en dos zonas de influencia. Tras la independencia, en 1960, del Camerún francés, el Camerón británico, por medio de un referendo, optó a su vez por dividirse en dos: la parte norte anexándose a Nigeria y el sur conformando una federación (bilingüe y bicultural) con la república de Camerún.

Cuando en octubre de 2016 el gobierno de Biya envió al ejército a reprimir en la ciudad de Bamenda –en el corazón del suroeste del país– las protestas de juristas anglófonos que denunciaban un cada vez mayor afrancesamiento del sistema judicial en detrimento del sistema jurídico anglófono, basado en el Common Law, y por ende en perjuicio de los procesados, la solidaridad de otros sectores de la población no se hizo esperar.

Pronto, los maestros y muchas otras agrupaciones de profesionistas del Camerún anglófono unieron sus voces, enardecidas por décadas de silencios, ante lo que consideraban a todas luces injusto, y se fueron a huelga general. Para diciembre de aquel año, las protestas se tornaron violentas y el gobierno decidió mostrar su faceta más autoritaria. Las acusaciones contra Balla y demás liderazgos lanzaron una clara señal desde Yaundé: no se querían cambios. La CACSC y la mayoría de las demás organizaciones que abogan por una mayor visibilidad y autonomía en el Camerún anglófono, fueron prohibidas por el gobierno y sus actividades proscritas. Pero el efecto fue contraproducente.

Para octubre de 2017, un año después de iniciadas las protestas, militantes armados declararon la “independencia” de Ambazonia, territorio al oeste de la bahía de Ambas y límite geográfico natural e histórico entre el Camerún francés y el británico. Desde entonces, un intermitente conflicto entre milicianos con poco calado táctico o estratégico y con armas y personal limitados, pero que gozan de gran apoyo popular, y el poderosísimo y omnipresente ejército camerunés, han hecho del Camerún anglófono una zona peligrosa, en donde se libra una guerra de guerrillas que en boca de varios diplomáticos occidentales apostados en Yaundé “se trata de una guerra civil que rehúsa ser reconocida”.

Un escenario desolador para una otrora zona de gran atractivo cultural y turístico y de interesantes perspectivas económicas. Un territorio que en poco menos de dos años parece haberse convertido en tierra de nadie. Ninguno quiere hablar de él, nadie puede salir de ahí y a la vez nadie quiere vivir ahí. La situación se ha vuelto, relata Balla, “algo inimaginable hace tan sólo un par de años”.

El calvario de Jonathan

“Te estaba esperando”, me reclama en tono amable Jonathan mientras gesticula con las manos que pasan de las cuatro de la tarde, hora acordada para nuestra entrevista. Su voz, en un español roto, pero cadencioso, es serena y dulce. Parece escoger cuidadosamente cada palabra, no escatima ninguna. Viste una camisa de manga larga en algodón azul, muy a tono con la temporada de primavera barcelonesa que sirve de marco a nuestro encuentro. Su piel brilla bajo ese sol de marzo, acariciando su color negro y volviéndolo también azul, oscuro. “Ven, vamos a andar”, me invita con un rítmico movimiento de la mano. Una invitación a escuchar su historia, que es también la de Camerún.

Jonathan nació en Bamenda al acabar el siglo XX y es, como Balla, uno de esos cinco millones de angloparlantes en Camerún que hoy están en la mira del cañón. “Siempre supe que era especial”, espeta con una risotada de por medio, poniéndole un poco de humor a su condición de minoría entre las minorías. Lleva casi siete meses de haber pisado España, un camino muy largo desde su natal Camerún, que implicó pasar por las infames e inmundas prisiones libias, atravesar el Sahara y el Mediterráneo, pagar miles de dólares a traficantes, y vivir experiencias de las que no me atrevo a preguntar detalles y de las cuales supongo prefiere no acordarse.

Hoy está a la espera de que se confirme su estatus de asilado, al tiempo que trata de adaptarse lo más posible y con aparente gran naturalidad a su nuevo entorno, hablando ya también un poco de catalán. “Prefiero no volver”, me contesta en tono seco ante la disyuntiva de verse en la necesidad de regresar a Camerún, aunque los dos sabemos que en su mente vuelve siempre, quizá de noche y con insomnio, a pensar en su madre que sigue en Bamenda.

De acuerdo con cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), a la fecha hay más de 430 mil personas que han sido desplazadas de sus lugares de origen como resultado del conflicto en los territorios de habla inglesa del país.

Una acuciante crisis humanitaria para la que se requieren 184 millones de dólares de forma inmediata, según la propia ACNUR, si se ha de salvar la vida de muchos niños y mujeres. Una desgracia de proporciones cada vez mayores en la que han muerto cientos de personas y desaparecido otras tantas. Una tragedia que orilló a Jonathan a escapar y de la que no se escucha lo suficiente fuera de Camerún. “La comunidad internacional sólo pondrá atención a la situación si esta empeora”, sentenció Balla en su comparecencia londinense.

Desde la terraza de casa de Lydia, la vista de la cima del monte Camerún sigue ofuscada por la bruma de las álgidas temperaturas, pero el agua, tanto del río como del océano, está al alcance de la mirada. Siempre azul y en movimiento, siempre cambiante, como Camerún.

 

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