El berrinche de Germán

Germán Martínez fue el representante del PAN en el Instituto Federal Electoral durante el fraude electoral de 2006 con el que Felipe Calderón asaltó la Presidencia de la República. Martínez fue uno de los más importantes responsables de que no se realizara un recuento total de la votación aquel año y del inicio ilegítimo del sexenio de su amigo Felipe. Después Martínez fungiría como secretario de la Función Pública y presidente del PAN durante aquel sexenio de la infamia y la muerte.

Su llegada a la Cuarta Transformación fue sorpresiva y esperanzadora. Su decisión de incorporarse a la campaña de López Obrador en los meses anteriores a la elección de 2018 simbolizaba la autodestrucción y el total desfondamiento del viejo régimen. Implicaba que hasta los mismos panistas de hueso colorado habían decidido dar la espalda tanto a Ricardo Anaya como a Calderón y Margarita Zavala. Todos aplaudíamos que la unidad de la derecha neoliberal se había hecho añicos y la portería se abría de par en par para la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República.

La incorporación de Martínez como director general del IMSS llamó la atención de muchos. El senador no tenía experiencia alguna en materia de salud pública ni en la administración de grandes organizaciones burocráticas. Además, su formación panista y neoliberal no parecía la más adecuada para dirigir una institución cuya vocación es tan profundamente pública y social.

Pero López Obrador ha sido muy claro desde el principio en que la Cuarta Transformación debe incluir a todos y que lo más importante es el compromiso con el trabajo duro y los más altos estándares de honestidad. Todos merecen una segunda oportunidad y Martínez juraba su más absoluta lealtad al proyecto del presidente. Así que muchos le daban el beneficio de la duda, resaltando sus dotes intelectuales y la ausencia de grandes escándalos de corrupción en su historial político.

Pero en lugar de trabajar desde el primer día en la resolución de los enormes problemas del IMSS, heredados de los gobiernos neoliberales, Martínez prefirió dedicarse a la grilla y a defender sus cotos de poder en abierto desacato a la instrucción presidencial. Esta cerrazón había llegado a tal extremo, que estaba poniendo en riesgo la salud y los servicios médicos de millones de mexicanos.

La renuncia de Martínez y la llegada de Zoé Robledo es, entonces, una gran noticia que todos los derechohabientes del ­Seguro Social deberían celebrar. Implica el fin de una gestión eminentemente política de esta importante institución del Estado mexicano y la llegada de una nueva etapa de administración efectiva y eficiente.

En este contexto, la carta de renuncia de Martínez resulta risible e indignante. De manera pavorosa, el arquitecto del fraude de 2006 y el viejo amigo de Calderón busca ahora posicionarse a la izquierda del presidente de la República como protector de la verdadera esencia de la Cuarta Transformación de la República.

“La Cuarta Transformación no son cambios burocráticos, sino revolución cultural”, pontifica Martínez. “El presidente del gobierno de México proclamó el fin del neoliberalismo, pero en el IMSS algunas injerencias de Hacienda son de esencia neoliberal”, anuncia el improvisado nuevo teórico del antineoliberalismo.

Es falso que el conflicto haya sido solamente entre Martínez y Carlos Urzúa, secretario de Hacienda. El verdadero diferendo fue entre el director del IMSS y el mismo presidente de la República. La anquilosada visión patrimonialista del poder burocrático del primero chocaba con el compromiso absoluto del segundo con la eliminación de todo tipo de derroches burocráticos y la canalización de la mayor cantidad de recursos del Estado directamente a los más necesitados.

“Creo y defiendo al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, porque no es gerente de los que se creen dueños del país. No es florero de nadie, como él mismo lo dice. Yo seguiré su ejemplo: tampoco yo seré florero en el IMSS de decisiones tomadas fuera del IMSS”, remata la carta del exdirector del IMSS.

La comparación es absurda. Ahora resulta que uno de los abogados más cercanos al viejo régimen es de repente un gran luchador por la justicia y además demuestra su valentía incumpliendo las instrucciones del verdadero luchador social que hoy despacha en Palacio Nacional. El mundo al revés.

Martínez regresará a sentarse cómodamente en su curul en el Senado de la República, pero los 80 millones de derechohabientes y 400 mil trabajadores del IMSS han perdido seis preciosos meses que podrían haber sido utilizados para mejorar el bienestar de la población en lugar de desperdiciarlos en politiquería y grillas estériles.

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