Tiananmén: la pelea por el recuerdo

BEIJING (apro).- Yang Jianli padeció torturas psicológicas, interrogatorios de 14 horas diarias y meses de aislamiento durante los cinco años que pasó en la cárcel, pero asegura que nada de eso es comparable a lo que sintió aquella madrugada del 3 al 4 de junio de 1989.

“Se acercaron cuatro tanques. El primero lanzó gases lacrimógenos. El segundo abrió fuego con ametralladoras. Y los dos últimos persiguieron a los estudiantes. Por las películas pensamos que los tanques son lentos, pero no lo son. Les pasaron por encima. Recogimos once cuerpos”, recuerda por teléfono desde Washington.

Este martes se cumplen 30 años de aquellos acontecimientos con el habitual ejercicio esquizofrénico, tan ubicuo el aniversario en la prensa occidental como clandestino en la nacional.

Quizá el interés venga por la romántica batalla entre ideales y pistolas o por la imbatible fuerza icónica del hombre-tanque. Quizá por la necesidad de Occidente de recordar anualmente el rol de villano global de China.

No es probable que otras revoluciones igualmente heroicas y trágicas como las de Maidán o la revuelta del Jazmín sean tan glosadas dentro de 30 años.

Es seguro que las portadas globales desatienden ya el recuerdo de otras protestas estudiantiles aplastadas como las de México, Corea del Sur o Tailandia, y que, ninguno de esos países, sufrieron el boicoteo global que se le impuso a China. Tiananmén ocupa las portadas hoy como lo hizo en los aniversarios pasados y lo hará en los futuros, alcanzada ya la categoría de cita ineludible.

El relato anual incluye los esfuerzos de la censura por borrar cualquier rastro de las redes y las presiones policiales a los disidentes para que no contesten las llamadas de la prensa extranjera o su traslado a cualquier punto lejano de Beijing.

Al menos 13 personas han sido detenidas o forzadas a “vacaciones forzosas”, según la organización Defensores de los Derechos Humanos. Ding Zilin, la presidenta de las Madres de Tianamén, ha sido enviada a 600 kilómetros de la capital y esta semana su teléfono no estaba operativo.

Li Zhi, un célebre cantante y pertinaz crítico con su gobierno, permanece desaparecido desde que fuera suspendido por sorpresa un concierto tres meses atrás.

La tozudez de Beijing por mantener el asunto como secreto de Estado ha permitido que ya la prensa hable alegremente de decenas de miles sin aportar ninguna fuente sólida. Las Madres de Tiananmen confirmaron 202 y el médico Nicholas Krystof, que visitó los hospitales pequineses tras la catástrofe, los calculaba entre 400 y 800. Las cuentas más fiables hablan de entre 300 y un millar.

El relato subraya la tragedia y minimiza el contexto para desembocar en la alarmista conclusión de que otro Tiananmén es posible mientras siga el mismo Partido Comunista en el poder. Las referencias a los tanques abundaron antes de que los jóvenes hongkoneses fueran desalojados en 2005 con pulcritud de las calles que habían ocupado durante un año en la revuelta de los paraguas.

El desastre exigió la derrota de los buenos en ambos bandos. La pulsión severa del primer ministro, Li Peng, se impuso en el partido al diálogo defendido por el secretario del partido, Zhao Ziyang. El 19 de mayo, dos semanas antes del aplastamiento, Zhao visitó Tiananmén y con lágrimas en los ojos suplicó a los estudiantes que se fueran a casa.

En la plaza, los líderes sensatos como Wu’er Kaixin o Wang Dan fueron eclipsados por exaltados como Chai Ling, que arruinó cualquier acuerdo y veía imprescindible el reguero de mártires para el éxito de la revolución. Muchos analistas creen que carecieron de cintura y que su tozudez puso en bandeja la cabeza de Zhao a los conservadores.

Beijing había tolerado la ocupación de su espacio público más icónico durante seis semanas cuando ordenó vaciarla ya con el sector duro a los mandos. China carecía de la policía antidisturbios que gestiona estos asuntos y envió al Ejército. Los estudiantes lo repelieron el 2 de mayo con piedras y cocteles molotov en enfrentamientos que dejaron militares muertos.

Dos días después, el gobierno envió a los tanques. La Historia ha grapado Tiananmén a la ignominia cuando la sangre no se derramó en la plaza, ya casi desierta por completo, sino en el puente Muxidi y calles adyacentes. Los hechos están descritos en los documentos desclasificados de la Agencia de Seguridad de Estados Unidos.

La liturgia sobre Tiananmén, para subrayar su rol seminal en la China actual, exige hablar del pacto tácito que firmaron Gobierno y pueblo de desarrollo económico a cambio de la renuncia de las libertades políticas. La idea de un pueblo firmando un pacto tácito exige un mayúsculo esfuerzo imaginativo pero la ignorancia de aquellos hechos la convierten ya en imposible.

Gao, de 48 años e inglés fluido, no sabe de qué protestas le hablo y pregunta qué hace ese tipo frente a los tanques que le muestro en mi teléfono. Es una empresaria exitosa en la futurista Shenzhen, vecina de la cosmopolita Hong Kong. El desconocimiento en la vasta China rural del interior no es, por supuesto, menor.

La pelea por el recuerdo es monopolio de los directamente afectados y los disidentes, un gremio tan admirable y heroico como poco representativo. Muchas de las peticiones de los estudiantes han llegado de forma pacífica con el desarrollo económico y en las nuevas generaciones el pragmatismo ha relevado al romanticismo de aquellas turbulentas semanas.

Es una verdad incómoda que la ausencia de otras protestas masivas como aquellas no se explica por el miedo a la represión. Sacrificar los valores democráticos a cambio del bienestar económico suena decepcionante en Occidente, pero los chinos encadenaron dos siglos de calamidades y el progreso y la estabilidad social no les suena tan mal.

Yang Jianli huyó a Estados Unidos tres días después de las protestas. Regresó 13 años después con el pasaporte de un amigo, fue detenido y condenado por espionaje. Hoy preside en Washington la organización Initiatives for China y forma parte de aquellos estudiantes que desde el exilio lucha por la democracia en su patria.

La vida no parecía sombría para los que consiguieron escapar treinta años atrás. Un mundo impactado por las imágenes de los tanques les recibió con los brazos abiertos: Europa, Estados Unidos, Hong Kong, Taiwán… las universidades destinaron fondos para los paladines de la libertad.

Pero el dinero y la atención mediática se agotaron pronto y muchos de ellos, brillantes estudiantes en China, tuvieron que buscarse la vida en países cuya lengua desconocían y que no convalidaban sus títulos.

Sus esfuerzos han sido en vano. El colapso inminente que Occidente ha anunciado durante décadas no está hoy más cerca hoy que en 1989 y sus mensajes languidecen. Han caído en el olvido incluso los más conspicuos líderes, sólo requeridos en sus aniversarios, y los disidentes pierden predicamento en el exilio. Lo sabía Liu Xiaobo, el premio Nobel de la Paz, que siempre rehusó la huida.

“Muy a menudo nos sentimos frustrados y fatigados porque, a pesar de todos nuestros esfuerzos, los chinos no saben lo que ocurrió. Es como llegar a una vía muerta. Y también es frustrante que, los que lo saben, no muestren ninguna simpatía”, confiesa Yang. Ni siquiera la abundante comunidad china en Estados Unidos participa con entusiasmo en sus campañas.

Yang es un tipo sensato que reconoce los errores de los estudiantes en las negociaciones y critica a los que aún viven instalados en el recuerdo glorioso de aquellos días.

“No somos líderes, la gente en China no nos sigue. Tenemos que asumir esa idea. Muchos en Estados Unidos se siguen llamando líderes estudiantiles, creen que les siguen escuchando. Es absurdo”, continúa.

Yang era aún optimista en el 25 aniversario, intuía grietas en el gobierno y pensaba que su regreso a China no era lejano. Hoy confiesa que lo es menos, pero se despide con un halo de esperanza: la fragorosa guerra comercial que libra Estados Unidos con China está castigando la economía que durante décadas ha apuntalado el masivo apoyo popular al Partido Comunista.

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