Relato de un calvario: “una amiga bajó al fondo del pozo y encontró el cuerpo de mi hijo…”

El cortejo fúnebre. Foto: Cortesía de la familia Bustos El cortejo fúnebre. Foto: Cortesía de la familia Bustos

En sólo tres meses la vida de Nancy Bustos, oriunda de Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco, cambió de manera radical. Una banda de huachicoleros secuestró y asesinó a su hijo Óscar Eduardo Núñez Bustos el 19 de noviembre. Y cuando ella localizó su cuerpo el 4 de enero, le faltaba la cabeza, que encontró una semana después. Luego vino la tramitología, hasta que el pasado 19 de febrero le entregaron el cuerpo de su hijo. Peor aún, las autoridades no sólo fueron negligentes durante ese periodo, sino que hasta ahora no han detenido a ninguno de los implicados en ese crimen.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Bastó remover la maleza para que el cráneo apareciera. Era el de Óscar Eduardo Núñez Bustos, un joven de 18 años levantado el 19 de noviembre de 2018 en Tlajomulco de Zúñiga por una banda dedicada al huachicoleo.

Doña Nancy Bustos, madre de Óscar Eduardo –apodado El Canelo, por ser pelirrojo–, lo encontró el pasado 12 de enero, casi dos meses después de su desaparición y una semana después de que los peritos del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF) se llevaran el cuerpo sin cabeza del adolescente, que ella halló sola, justo cuando los jefes del huachicol “ya la traían en la mira”.

Durante semanas ella solicitó la ayuda de la Fiscalía Especializada en Desapariciones de la Fiscalía General de Jalisco. La dependencia le proporcionó peritos, quienes, junto con policías investigadores la acompañaron al sitio donde, según una llamada anónima que doña Nancy recibió, los criminales arrojaron el cuerpo del pelirrojo.

Ella llevó a los peritos forenses y a los agentes investigadores hasta ese sitio, uno de los focos rojos donde los huachicoleros extraen la gasolina de los ductos de Pemex. Pero ninguno logró ubicar los restos del joven. Fue ella quien lo hizo.

Óscar Eduardo desapareció el 19 de noviembre de 2018 en la comunidad La Cofradía, un lugar donde las autoridades decomisaron más de 250 mil litros de combustible robado a Pemex entre 2017 y 2018. De ese día y hasta el 13 de mayo pasado fueron asesinados 126 jóvenes en la región, 57 de ellos con arma de fuego, como Óscar Eduardo.

La carpeta de investigación de la Fiscalía Especializada en Desapariciones sobre el hijo de doña Nancy (folio D-I/64519/2018) no arrojó ningún resultado en mes y medio. Durante ese periodo, el agente del Ministerio Público asignado, Erasmo Carlos Badillo Ceballos, sólo le decía a doña Nancy: “Estamos analizando la información que nos dio, pronto verá resultados”; “Usted tranquila, estamos por aprobar el operativo, no se desespere”.

Pero ella se desesperó. Ya le había dado a la fiscalía nombres, direcciones y hasta los perfiles de Facebook de los huachicoleros; también le proporcionó la ubicación de los terrenos en los que ordeñaban los ductos de Pemex. La dependencia no hacía nada.

“A mí hijo se lo llevaron unos encapuchados… A pesar de que estaban encapuchados, él sabía quiénes eran. Unos niños que estaban en la calle me dijeron que lo habían golpeado para después llevárselo. Me lo desaparecieron los muchachos con los que creció. Me lo desaparecieron los mismos chicos que, como mi hijo, creyeron en las promesas de los huachicoleros”, narra doña Nancy.

En territorio huachicol

El 23 de noviembre doña Nancy recibió un mensaje anónimo, uno de los jóvenes que presuntamente participaron en la desaparición de Óscar Eduardo le dijo que el cuerpo fue arrojado cerca del pozo conocido como Ojo de Agua: “A mí me tocó echarle la cal para que no oliera, así que no lo va a encontrar”, decía el mensaje.

“¿Cómo encontrar un pozo de agua alrededor de una comunidad donde la mayor parte de las parcelas de maíz tienen sus propios pozos?”, se preguntó Nancy. Y salió a buscar a su hijo.

Durante semanas repasó una y otra vez el mensaje recibido. La imagen de Ojo de Agua le martilleaba.

“No hallaba el méndigo pozo –cuenta–, hasta que alguien me dijo que se encontraba cerca de los sitios donde los huachicoleros ordeñaban la gasolina. Con todo el miedo del mundo me animé a buscarlo en ese lugar; no me importaba que los victimarios a lo lejos me vieran buscar a mi hijo.”

Doña Nancy sólo llevaba una pala y un machete. Tras varios días de búsqueda vino a su mente la imagen de la cal. Comenzó a quitar basura y removió la maleza hasta que halló manchas de polvo blanco. Debajo de esas manchas estaba la boca del pozo.

“Algo ya me decía que ahí estaba, pero no sabíamos cómo asomarnos porque (una amiga que la acompañaba y ella) ignorábamos la profundidad del pozo. Primero aventamos una piedra para saber qué tan hondo estaba; después amarramos a una amiga para que se bajara. Fue ella quien me dijo: ¡Aquí está tu hijo!”

El cuerpo de Óscar Eduardo estaba cubierto por basura, maleza y una piedra que le echaron encima para dificultar su localización. Esa piedra impedía que el cuerpo se viera desde arriba. Nancy lo reconoció por su ropa. De inmediato llamó por teléfono a Mario y Carlos, los policías investigadores; les dijo que había encontrado el cuerpo de su hijo.

Los uniformados acudieron al lugar y desde ahí llamaron al Ministerio Público de la Fiscalía General de Jalisco, a Protección Civil de Tlajomulco de Zúñiga y al Servicio Médico Forense del IJCF. Nancy pensó que su odisea había terminado, pero los problemas se prolongaron varias semanas.

Doña Nancy pidió a los peritos que fueran cuidadosos en la exhumación de su hijo. Ninguno le hizo caso; por el contrario, le pidieron colocarse detrás del cordón de seguridad, aun cuando la Ley General de Víctimas indica que ella tenía derecho a estar al pie de fosa.

Desde lejos observó cuando su hijo fue sacado del pozo dentro de una bolsa de plástico negro. Los peritos lo subieron a un vehículo del Servicio Médico Forense (Semefo) y se lo llevaron para hacerle la autopsia.

Las omisiones

Badillo Ceballos, el agente ministerial a cargo de la investigación, le pidió que esperara unos días para que el IJCF realizara la necropsia de ley y la confronta de la toma de ADN. Sin embargo, pasó una semana y doña Nancy no tuvo noticias.

Acudió a las instalaciones del Semefo pero nadie supo decirle nada sobre el cuerpo de su hijo. Por esos días el IJCF enfrentaba el problema de los contenedores frigoríficos con 337 cuerpos abandonados en dos tráileres, uno de ellos en Tlajomulco, el mismo municipio donde Óscar Eduardo fue asesinado.

Decenas de familiares de desaparecidos querían saber si sus familiares se encontraban en esos frigoríficos, colocados más de dos años en los tráileres.

Doña Nancy insistió ante Badillo Ceballos. El agente ministerial le respondió que no era posible saber sobre su hijo. Ante la insistencia, le confesó que el cuerpo de Óscar Eduardo no estaba completo.

“Pensé que, por la piedra y el tiempo, seguramente su cuerpo estaría dividido en dos, pero jamás imaginé lo que descubriría cuando me lancé al Semefo”, recuerda Nancy, quien hasta ese momento no había visto el cuerpo de su hijo ni las fotos de su exhumación.

El 11 de enero una trabajadora social del IJCF le confesó a Nancy que había fotografías forenses de su hijo.

–¿De verdad quiere verlas? Son muy fuertes –le dijo la trabajadora social.

–Es mi hijo. ¡Claro que quiero verlas!

Al observar las fotos doña Nancy descubrió que al cuerpo le faltaba la cabeza. Llamó a Badillo Ceballos para reclamarle por qué no le había dicho esto y por qué, si se dieron cuenta de ello, no regresaron al pozo a buscarla ese mismo día. Él no respondió.

Uno de los policías investigadores que participó en la búsqueda le confesó a doña Nancy que Badillo no autorizó la diligencia.

Al día siguiente Nancy tomó su pala y su machete y se fue al pozo, a buscar la cabeza de su hijo. Removió la maleza y la basura y ahí, dentro del pozo, la encontró, justo donde los peritos del IJCF exhumaron el cuerpo de su hijo.

“Un amigo de Óscar que me acompañó ese día comenzó a sacar cabello y al ver el color supe que era de mi hijo. El chico que bajó al pozo comenzó a llorar. Me dijo: ¡Señora, aquí está su cabeza… Le pusieron cinta adhesiva en sus ojos. Y sí, ahí encontramos la cabeza de mi hijo, cuenta doña Nancy.

Dice que marcó a la fiscalía para decirles que ya había encontrado la cabeza de su hijo. Los policías investigadores a su vez se comunicaron con Badillo Ceballos, quien le respondió a doña Nancy que dejara la cabeza en el pozo y que su gente iría por ella al otro día.

“Me llenó de tanta rabia su respuesta, que tomé a la cabeza de mi hijo y me la llevé. Al otro día la fui a dejar al pozo”, admite doña Nancy.

Negligencia total

El 13 de enero, llegó al pozo personal de la Fiscalía General de Jalisco, Protección Civil de Tlajomulco de Zúñiga y del Servicio Médico Forense del IJCF para llevarse el cráneo de Óscar Eduardo.

Doña Nancy le pidió que revisaran bien el lugar para ver si había más restos del cuerpo. Después de varias horas los peritos le comentaron que no había nada más. Pero ella no les creyó y regresó más tarde y descubrió que los peritos habían dejado una mano y la quijada de Óscar Eduardo.

Doña Nancy volvió a reclamarle a Badillo. Y el funcionario no sólo le contestó que “ya era muy tarde para hacer una nueva diligencia”, sino que le advirtió que “ya no bajara al pozo, porque eso entorpecería la investigación”.

“¿Cuál investigación? –dice doña Nancy–. Si todo lo hice yo misma. Yo encontré el pozo donde estaba mi hijo; yo les avisé que lo había encontrado; yo fui la que halló su cabeza y el resto de su cuerpo; yo he sido la que le señaló a los responsables, quienes no han sido detenidos, menos aún citados a declarar. Yo lo he hecho todo. Ellos ni siquiera hicieron bien la exhumación.”

El 14 de enero se realizó la tercera diligencia en el pozo para llevarse los últimos restos de Óscar Eduardo. Pero dejaron ahí ropa con manchas de sangre, colillas de cigarro y una piedra con sangre, que son evidencia y pueden ser útiles para localizar a los responsables.

Finalmente, el 6 de febrero doña Nancy acudió a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ) para interponer una queja (la 390/2019/IV) contra todos los funcionarios que incumplieron su labor en el levantamiento del cuerpo de su hijo.

Hasta el cierre de edición no ha obtenido respuesta. Su caso ni siquiera se incluyó en la Recomendación 10/2019 que la propia CEDHJ envió al IJCF y la Fiscalía General de Jalisco por la mala praxis forense.

Hasta la semana pasada las indagatorias –que antes llevaba la Fiscalía Especializada en Desapariciones, pasó al Área de Homicidios en la misma Fiscalía General de Jalisco– están empantanadas. Nadie ha sido llamado a declarar por el asesinato de su hijo y ninguna de las pistas que ella aportó han sido retomadas.

“A la fecha no se ha investigado nada, ni siquiera cuando en Tlajomulco estuvieron los operativos contra el huachicol. No se ha investigado nada desde que cerraron los lugares de ordeña. Yo creo que ahí era la oportunidad para detener a los responsables, pero nadie de los que participaron en la desaparición y asesinato de mi hijo han sido detenidos, comenta doña Nancy.

Peor aún, los integrantes de la banda de huachicoleros la hostigan y molestan a su familia, pues, dicen, sus denuncian les impiden continuar con su ilícita actividad.
Y aunque tiene medidas de protección, doña Nancy lamenta que la seguridad se constriña sólo a proporcionarle seguridad en las inmediaciones de su casa y no se extienda al pozo donde encontró el cuerpo de Óscar Eduardo y al terreno adyacente para impedir que se altere el entorno; advierte incluso que los dueños del predio ya están destruyendo el pozo.

Y sentencia: “Yo encontré a mi hijo, y sé que estoy en riesgo… Yo quiero justicia porque quienes nos hicieron esto merecen ser castigados; eso incluye a quienes me lo mataron, y a quienes dejaron ahí, en el pozo, partes de su cuerpo”.

El 19 de febrero, tras el análisis de los restos de Óscar Eduardo, su madre pudo recuperar el cuerpo de su hijo.

Este relato se publicó el 2 de junio de 2019 en la edición 2222 de la revista Proceso

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