México y Centroamérica

Migración en la frontera sur. Foto: Alejandro Saldívar Migración en la frontera sur. Foto: Alejandro Saldívar

La relación con Centroamérica ocupa un lugar central en la vida política y económica de México: afecta seriamente los problemas de seguridad nacional, es punto clave para el diálogo con el gobierno de Donald Trump, juega un papel importante en proyectos de desarrollo en el sur del país, presenta retos cuya solución determinará, en gran medida, el éxito o el fracaso del gobierno de López Obrador.

En ese contexto adquiere importancia el documento presentado recientemente por la directora de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Alicia Bárcena, sobre el desarrollo integral de los países del Triángulo del Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) y México. Se trata de un material de gran interés por el diagnóstico que presenta sobre las difíciles circunstancias en que se encuentran los problemas sociales y económicos en esta parte del mundo. Atención especial se concede al tema de las migraciones, los factores que las propician (en ocasiones la única forma de sobrevivir), el crecimiento que de éstas se espera (inquietantemente elevado) y las propuestas para programas de desarrollo que busquen detenerlas.

A primera vista, hay motivos para ser escéptico ante el documento de la Cepal. Programas de acción por parte de México en Centroamérica no han faltado, los cuales con frecuencia quedaron como simples enunciados retóricos. Recordamos el Plan Puebla Panamá, el Proyecto Mesoamérica y las múltiples promesas sin cumplir, los desencantos y los avances limitados.

Sin embargo, esta vez las circunstancias son distintas. Los retos que se enfrentan son más graves que en el pasado. Piénsese, por ejemplo, en los problemas tan complejos que presentan hoy las caravanas de migrantes centroamericanos que han saturado rápidamente los albergues establecidos en nuestras fronteras norte y sur, los ánimos xenófobos que muy desafortunadamente despiertan en las poblaciones por donde atraviesan, así como los enfrentamientos violentos en Tapachula.

En otro orden de cosas, el trabajo elaborado por la Cepal tiene mayor peso conceptual y político. Ha incorporado la experiencia de múltiples agencias, fondos y programas de las Naciones Unidas entre los que se encuentran la Agencia para los Refugiados (ACNUR), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ONU Mujeres, Alto Comisionado para los Derechos Humanos y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), entre otros. Al mismo tiempo, el trabajo se elaboró atendiendo las condiciones específicas de los países al que cada programa va dirigido. Sus propuestas parten de diagnósticos del potencial y limitaciones que allí existen.

Finalmente, la intención está claramente dirigida a enfrentar un tema muy concreto: la migración. Al hacerlo, se convierte en un documento que atiende el problema más dramático –y hasta ahora más insoluble– del siglo XXI. No se trata, desde luego, de considerar que ofrece líneas de acción para otras regiones del mundo, como pueden ser los movimientos migratorios que buscan atravesar el Mediterráneo para alcanzar Europa. Pero sí ofrece otra perspectiva que permite ver en el desarrollo integral de una región la solución a desplazamientos con efectos no deseados.

Para la política exterior mexicana promover el proyecto de la Cepal es atinado. Es el contrapunto al inmenso problema que representa la decisión de Trump de utilizar las migraciones centroamericanas –y sus reclamos a México porque no las contiene– como elemento sobresaliente de sus discursos de campaña. Ante una versión que criminaliza a los migrantes y condena por inacción, existe otra que ofrece un programa de desarrollo que presenta alternativas para no migrar. En el plano discursivo, al menos, hay un punto de equilibrio.

Ahora bien, hay mucha distancia entre la elaboración de un proyecto y su implementación; aquí sí hay lugar para el escepticismo. El punto más débil es, desde luego, el del financiamiento. Recordemos que no hay intenciones por parte del gobierno de Trump de participar. Quizá lo haga de manera simbólica promoviendo un viejo plan de inversiones privadas, el cual no da resultado alguno. Se requiere, entonces, cabildear muy fino para obtener recursos entre países donantes que se encuentran, sobre todo, aunque no únicamente, en Europa. Habrá que pensar también en Japón, Canadá y, ¿por qué no?, en China. Este país merece mención especial. Su presencia en el istmo, a través de programas de cooperación operando bajo el paraguas de la ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), ya ocurre a través de proyectos de infraestructura ferroviaria en Panamá y, en menor grado, Costa Rica. ¿Se buscará también por ahí cooperación para el desarrollo integral de Centroamérica? Sería un error ignorarlo.

El segundo punto débil es la relación bastante fría –en realidad nunca trabajada seriamente– entre los gobiernos de México y los del Triángulo del Norte. Cierto que las limitaciones institucionales de los gobiernos allí establecidos son grandes, pero cierto también que históricamente la cooperación hacia Centroamérica ha sido lo más importante que México ha ejercido en materia de cooperación internacional. Actualmente, sin embargo, los cambios políticos en El Salvador y los que se van a producir en Guatemala, así como el origen un tanto dudoso del gobierno de Honduras, no permiten relaciones sólidas y estables.

Esto lleva a pensar que los interlocutores no deben ser sólo los gobiernos. Lo importante es dialogar con asociaciones de productores, con organizaciones de la sociedad civil que son quienes frecuentemente manejan los programas de bienestar social, con los grupos organizados en las comunidades para combatir la violencia, con grupos eclesiásticos. Se requiere aquí una diplomacia moderna que, siguiendo la línea de la Agenda de Desarrollo Sostenible, abra la puerta al diálogo directo con la sociedad.
La relación con Centroamérica requiere de un cambio de paradigma en la manera de conducir la política exte­rior. Se necesita capital humano experto en la frontera sur, en la historia y cultura de las sociedades centroamericanas, especialistas en conseguir financiamiento internacional, diálogo con sectores amplios de la sociedad, incluidas desde luego las organizaciones no gubernamentales que tan poca simpatía producen en el actual jefe del Ejecutivo.

El documento presentado por la Cepal es sólo un primer paso muy útil como punto de partida. Falta ver hasta dónde llegamos en la relación con Centroamérica en los próximos años. No pienso solamente en el trabajo del gobierno. Me refiero también al fortalecimiento de cuadros en medios académicos, luchadores sociales, jóvenes y mujeres comprometidos con lazos de solidaridad con las sociedades al sur de la frontera. Centroamérica es de importancia vital para México, de eso no hay duda. l

Este análisis se publicó el 2 de junio de 2019 en la edición 2222 de la revista Proceso

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