Gustos animales

Cartón de Gallut Cartón de Gallut

A Georgina Pérez, con armonioso cariño

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Recientemente, el esclarecido pianista Boris Giltburg (Moscú, 1984) publicó una nota en el diario británico The Guardian donde refirió dos de sus más escalofriantes experiencias tocando en público. Por lo inusual del contenido y por su nexo con una experiencia similar vivida por el responsable de esta columna –que ciertamente se prestan para glosas y escolios al margen– vale reproducir lo narrado por el joven artista ruso, aunque emigrado en su niñez a Israel, donde se formó íntegramente.

Giltburg relata, pues, sin precisar lugares ni fechas específicas, que durante un concierto de piano solo realizado al aire libre en algún festival europeo de verano, padeció una vivencia con tintes kafkianos o, en sus palabras, propia de una película de horror. En su decir, salió al escenario desde el cual se divisaba un amplio valle verde coronado por montañas con sus cúspides nevadas, y lo primero que sintió fue la identificación plena con la magnificencia del sitio, tan apto para suscitar una comunión espiritual entre el público de dos mil asistentes, la música y el entorno natural. Se sentó al piano al tiempo en que se incrementaban las luces del escenario y se extinguían los últimos rayos solares. Comenzó con un verdadero regocijo interior pero, a los pocos minutos, un repulsivo insecto se posó en el teclado. Y después otro y… otro más. Siguió tocando, y conforme se intensificaba la oscuridad natural y se calentaban las luces, más insectos fueron aproximándose. De pronto, un escarabajo se deslizó por el atril del instrumento, sumándose a la nube de moscos que ya volaban a su derredor. No sabía si cerrar los ojos o, más bien, fijarlos en las teclas para evitar el contacto con esas desagradables criaturas que seguían multiplicándose.

Finalizada la primera parte y con el rostro lívido, salió corriendo hacia el camerino. Lo untaron de repelente para moscos y le sugirieron que, en esos casos, lo mejor era no alarmarse y no dejarse llevar por la incomodidad. De vuelta al escenario, el espectáculo se reprodujo, aunado a que tenía la piel pegajosa. Concluyó asqueado con otro escarabajo caminando por sus pantalones e interrogándose: ¿Fue la música la que atrajo a esos horrendos bichos?, ¿o fue la luz artificial?, ¿o fue su persona? Y si fue la música, ¿podría creerse que la atracción fue producto de un deleite sensorial?

El otro concierto mencionado por Giltburg tuvo lugar en un viejo teatro all´italiana; de esos con amplias y oscuras bóvedas adyacentes al palco escénico. Llegó con antelación para probar el piano y la acústica de la sala, pero apenas comenzó a tocar escuchó unos desagradables chillidos provenientes del techo. Ante su sobresalto, un tramoyista acudió de inmediato para explicarle de qué se trataba. Resultó que el teatro era, desde siempre, el hogar de una bandada de murciélagos que se reproducía al amparo de la música y que, al cabo del tiempo, se había culturizado. Sobra decir que no se habían ahorrado esfuerzos para erradicarlos, empero habían sido fútiles. Regresaban pronto e incluso más numerosos. Hubo una ocasión en que llevaron a un búho para que los espantara, siendo nuevamente infructuoso. El búho también se familiarizó con la música y aprendió, junto a los murciélagos, a manifestar sus preferencias.

A la hora del concierto, Giltburg temió cualquier cosa, pero jamás lo que en realidad vendría a presenciar. Su programa constaba de tres obras capitales de la literatura pianística: los preludios op. 23 de Rachmaninof1, la octava sonata de Prokofiev y La Valse de Ravel. Apenas enunciados los primeros compases de Rachmaninof, los murciélagos tornaron a emitir, desde lo alto, sus chillidos; y hay que tener en cuenta que los preludios son 10 y que su duración supera los treinta minutos. Media hora de desquiciantes chillidos, aunque al pianista le aseguraron que no eran audibles para la audiencia… Mas ya entrado en Prokofiev y con los nervios al límite, las emisiones sonoras de los quirópteros fueron acompañadas de vuelos alrededor del piano y de su inerme persona. Y lo peor estaba por llegar. Con Ravel resonando en el aire, los murciélagos parecieron ponerse de acuerdo para descargar sus intestinos sobre el área que ocupaba el osado individuo que se había atrevido a perturbarlos con una música que no les sentaba al ánimo ni al cuerpo. ¿Qué tuvo de distinto Ravel a Prokofiev y Rachmaninof? ¿Un asunto de texturas sonoras, de armonías o acaso de ritmos? Arduo responderlo, mas ahí está el testimonio del perplejo pianista para abrir el debate…

Con respecto a lo que se adelantó, es necesaria la conjugación en primera persona en aras de una mayor veracidad en lo que debe colegirse.

Era el verano de 1989 y recibí una invitación para tocar en una remota ciudad del sur de Italia. Se trataba, nada menos, que de la antigua urbe portuaria de Tarento –Táranto en italiano–, donde tantas páginas de historia romana, bizantina y medieval se habían fraguado. Ya desde el lugar del concierto se antojaba un deleite estético y, por qué no decirlo, una gran oportunidad para conocer ese legendario puerto del que tanto había escuchado hablar. En colaboración con el Assesorato alla Cultura y el municipio local se dispuso que la capilla de San Leonardo, en el fastuoso Castello aragonese, fuera el sitio. Era óptimo por tratarse de un recital para violín solo.
Desde Milán me trasladé en tren y llegué, después de toda la noche de viaje, a mi ansiado destino. Taranto me recibió con una llamarada de sol en los ojos y con las refracciones azulinas de un mar que levantaba los ánimos. El hotel con vista a la bahía y los organizadores amables hasta la exageración. Visité algunas joyas de la arquitectura del lugar y después de la comida descansé un rato, conciliando algún sueño furtivo. A la hora pactada me recogieron y durante el trayecto sentí, con más ímpetu del ordinario, el privilegio de la profesión que me había acogido en su seno. Los viajes eran premios que la música les regalaba a sus oficiantes, por humildes o indisciplinados que fueran.

El ingreso al castillo destapó imágenes ya vistas o intuidas en el supuesto arsenal de vidas pasadas, o al menos así me pareció. Pude imaginarme como un forastero a quien le aguardaba una condena, con torturas de por medio, o como un comerciante entrando con sus mercancías para proveer a la Corte de sus insumos cotidianos. Los muros y las herrerías no habían cambiado con los últimos siglos, y si queríamos ser exquisitos, los oleajes del mar contiguo eran idénticos en sus añosos rumores en esta quimera espacio-tiempo donde no hay percepciones concretas ni memorias que las contengan. En fin, la ensoñación del lugar, transido de historia, se prestaba para eso.

Me asignaron una habitación aledaña a la capilla donde hice algunos ejercicios de calentamiento con el instrumento. En mi programa estaba contemplada la ejecución de un par de caprichos de Locatelli, una sonata para violín solo de Tartini y la monumental ciaccona BWV 1004 de Bach. Para la segunda parte habría dos caprichos de Paganini y una escabrosa sonata de violín solo de Julián Carrillo. Nadie habría podido predecirme que llegar al final del concierto habría de costarme tanto trabajo y tanta angustia.

Me ubiqué frente al altar, dirigí una breve alocución a los presentes y arranqué con Locatelli. Aplausos animosos mediaron el intervalo para proseguir con Tartini. Ahí debí suponer que algo raro estaba pasando, pues medio escuché, concentrado con las dificultades de la obra, algunas exclamaciones soterradas del público. No presté atención y, antes de sumergirme en la colosal obra bachiana –es la cúspide del repertorio para violín solo y para su ejecución se requieren quince minutos de abstracción total–2 cerré los ojos. Expuse el tema de ocho compases y fui hilando una a una las variaciones de la ciaccona. Probablemente hubo más señales de alarma pero, repito, estaba concentrado y con la vista deliberadamente cegada. Al cabo de la reexposición y con los acordes finales me permití un suspiro que me abrió los ojos. Ante mí estaban varias personas con los ojos desorbitados y con expresiones de pánico. No hubo aplausos sino la constatación de un peligro en ciernes. En el instante en que logré registrar la escena, volteé a mi hombro derecho donde tenía apoyada una impertérrita tarántula…

En alguna ocasión posterior, esta columna abordará el tema del “tarantismo”, las tarantelas y los transes musicales para conjurar los efectos de las picaduras de tarántulas, esas extrañas criaturas oriundas de Taranto. Como escolio obligado se recomienda no tocarles nunca Ravel a los murciélagos, ni Bach a las arañas venenosas…

1 Se recomienda la audición de alguno de ellos tocado por Giltburg. Encuéntrelo en la página: proceso.com.mx o escanee el código QR con su celular.

2 Se sugiere su escucha en la interpretación del titular de esta columna. Igualmente disponible.

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