El cine mexicano de 1983 y 1984 en el libro “Memoria fílmica”

El libro Memoria fílmica. 1983/1984. Foto: Tomada de Twitter @CorreCamara El libro Memoria fílmica. 1983/1984. Foto: Tomada de Twitter @CorreCamara

CIUDAD DE MÉXICO (apro).– El nuevo volumen Memoria fílmica. 1983/1984, es una continuación de la Historia documental del cine mexicano, del crítico e historiador Emilio García Riera, que abarca de 1929 a 1976, y de Historia de la producción cinematográfica mexicana, del mismo García Riera en colaboración con investigador Eduardo de la Vega, que va de 1977 a 1982.

El reciente libro (editado por el Instituto Mexicano de Cinematografía y la Cineteca Nacional) fue presentado ayer por quien lo coordinó, Leonardo García Tsao, y De la Vega, el coordinador editorial. Más Erick Estrada, Hugo Lara Chávez, Fernanda Solórzano y Rosario Vidal Bonifaz, colaboradores en la investigación.

El moderador fue Ernesto Velázquez Briseño, director de Canal 22 y la Fonoteca Nacional, quien expresó que “hay datos a lo largo de esta obra muy reveladores para el lector, como que Frida, naturaleza viva, tuvo como editor a Rafael Castanedo, colaborador de Buñuel y, por cierto, primo lejano de Carlos Monsiváis, quien tanto colaboraría una década después en 1993 en la imagen del recién creado Canal 22, y que contó con la producción del por muchas razones célebre Manuel Barbachano Ponce y co-escritura del guion ni más ni menos que de José Joaquín Blanco”.

Siguió:

“También destacan en el periodo de análisis cintas como Nocaut de 1982-1983 de José Luis García Graz, prueba de que se podía hacer un gran trhiller en nuestro cine; de la controvertida Doña Herlinda y su hijo de Jaime Humberto Hermosillo, en donde (como bien nos recuerda Fernanda Solórzano) aparece actuando un jovencísimo Guillermo del Toro, y cuya madre Guadalupe del Toro, es precisamente doña Herlinda; la multipremiada cinta del entonces joven Juan Antonio de la Riva (Vidas errantes, 1984), en la que actúa el espléndido actor José Carlos Ruiz, y que tuvo que sufrir los avatares de la coincidencia de que iba a ser estrenada precisamente el 19 de septiembre de 1985 en el Cine Regis del Hotel del mismo nombre, edificio emblemático entre las edificaciones destruidas por el terremoto; y de la controvertida película Redondo, de Raúl Busteros, que ha sufrido larguísimos años de censura en nuestro cine (me consta que RTC pidió a Canal 22 en los 90 cerca de 29 cortes para autorizar su transmisión, lo que de haberlo hecho la hubiera convertido en un gran cortometraje, desde luego)”.

Autora del libro Misterios de la sala oscura, Solórzano destacó que en estos años el cine mexicano tocó fondo:

“Se desmanteló aquel aparato del Estado que servía para permitir que se hicieran películas, incluso críticas con el mismo régimen. Hay un error que se piensa que cuando se reciben apoyos estatales, se copta al cine mexicano, y es todo lo contrario, y aplica a todas las actividades culturales. Creo que cuando mayor riesgo hay, y lo comprueba este libro y estos años, es que cuando se deja en manos únicamente de la iniciativa privada el financiamiento de un proyecto, entonces hay resultados que se resumen en que hay que recuperar las inversiones, como en el caso del cine de las productoras privadas que crean productos de bajísima calidad, en donde lo único importante es meter gente en las salas. Participar en este volumen, y volver a estos largometrajes y a esos años, nos sirven mucho para entender el sinnúmero de vicios que hay en el cine mexicano y para entender por qué el público le tiene mucho miedo a ver cine mexicano”.

La investigadora de la Universidad de Guadalajara Vidal Bonifaz destacó que Memoria fílmica… ofrece varios tipos de análisis:

“En 1983 se filmaron 102 largos, fueron 21 del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC), y 57 del Sindicato de los Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC), lo que implica que por sexta ocasión se produjeron más filmes en los ya desaparecidos Estudios América que en los Estudios Churubusco. Sólo dos mujeres dirigieron películas: el debut de Isela Vega con Los amantes del señor de la noche, y la ópera prima del CCC  Coyoacán, de Claudia Magli. Y en Lola la trailera, de Raúl Fernández, la fotografía la hizo Laura Ferlo. No hay olvidar que fue un éxito de taquilla.

“En 1984 se produjeron 69 largometrajes, cuando un año anterior se habían hecho 102. Fueron 20 por parte del STPC y 35 por parte del STIC en los Estudio América. Filman sólo dos mujeres, la documentalista Sonia Fritz, quién realizó Bandas, vidas y otros sones, con foto de Maripí Sáenz, y María Elena Velasco La India María, dirigió Ni chana ni Juana. Con un guión de su hija Ivette Lipkes, para los estudios América”, que se mantuvo cinco semanas en taquilla.

A Lara Chávez, cuyos libros suyos son Luces, cámara, acción: Cinefotógrafos del cine mexicano 1931-2011 y Una ciudad inventada por el cine, le gustó revisar las películas de esos años:

“Tuve una cierta perversión morbosa, me dedicaba a ver más y más, igual que a Erick Estrada. Leonardo ya nos quería mandar a rehabilitación. Nos resultaba muy interesante asomarnos a este conjunto de películas, mayoritariamente de mala calidad, en términos cinematográficos y sus contenidos, o con esos patrones que se repetían, la misoginia, sobre el mundo de la crisis en México, pero desde la crisis que cruzaba toda la sociedad, y eso se refleja en muchas de estas cintas, como El día de los albañiles, que retrataron a la mujer sexual, y que fueron muy exitosas, lo cual llama la atención, y también hubo películas valiosas que en medio de las condiciones tan adversas, varios cineastas pudieron realizar un cine más inteligente y propositivo que merecen rescatarse. Tener estas referencia nos permite saber dónde estamos parados”.

El crítico de cine Estrada manifestó:

“Ha sido una aventura ilustradora. Concuerdo al cien por ciento con lo que dijeron todos. Si algo voy a agradecer de haber participado en este proyecto, es haber sido testigo de la formación de un equipo distinto, más allá del proyecto, al que yo estaba acostumbrado a trabajar. Les pido que se metan a este tipo de cine, de investigación. A través de conocer las historias que se contaban, vamos a comprender mucho de por qué estamos donde estamos”.

De la Vega, investigador de la Universidad de Guadalajara y autor de un sinnúmero de publicaciones en torno al cine mexicano:

“Ya siempre repetimos aquello que Emilio García Riera decía a propósito de Historia documental del cine mexicano, que consistía en crear una especie de mapa más o menos seguro, más o menos formal de una trayectoria, que por lo menos en el siglo XX fue fundamental en la cultura de nuestro país, pero también en la cultura de Iberoamérica, y en las regiones de habla hispana en Estados Unidos y otros lugares. Este mapa no puede quedar trunco porque entonces pierde sentido y nos dimos a la tarea de continuar trazando ese mapa que nunca ha sido fácil y que tampoco a nosotros nos tocó algo tan fácil. Resulta estimulante realizar este trabajo historiográfico que es densamente polémico porque obviamente cada uno verá de manera diferente las películas a como nosotros las plasmamos en el texto”.

García Tsao, igual crítico de cine:

“Fue idea mía continuar la historia, porque a De la Vega no lo alentaban a seguir el trabajo en Guadalajara. Entonces acudí con Alejandro Pelayo (director de la Cineteca Nacional), quien fue muy sensato y también estuvo de acuerdo de que había que continuar este libro.

“Leer el libro es asomarse a un abismo del cine mexicano. Estoy convencido que fue la peor década del cine mexicano. Realmente se hacían muy pocas cintas buenas. Las malas condiciones político-sociales y económicas no favorecían al buen cine y la iniciativa privada, como dijo Fernanda, cada vez mas deteriorada, más en declive, descubrió que podía crear películas con un mínimo de inversión con la repetición de fórmulas gastadas, albures viejos y desnudos cansados, en fin, pero hay que documentar, finalmente es la historia de nuestro cine, y hay que tener en alta esos cineastas que contra viento y marea rodaban largometrajes meritorios y que mantuvieron vivo el espíritu del buen cine mexicano”.

Será efectuará la versión electrónica del libro. También intervino en Memoria fílmica Cecilia Pérez Grovas.

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Nació en la Ciudad de México. Estudió ciencias de la comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Desde 1991 inició en el periodismo. Ha trabajado en los diarios mexicanos El Universal y La Jornada, entre otros, y el periódico español El País. En 1999 ingresó a Proceso, donde labora hasta la fecha. Foto: Carlos Enciso.

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