“El Misterio de Silver Lake”: entre la genialidad y la broma

"El Misterio de Silver Lake" ya se exhibe ne las principales salas del país. Foto: Cortesía Cine Caníbal "El Misterio de Silver Lake" ya se exhibe ne las principales salas del país. Foto: Cortesía Cine Caníbal

MONTERREY, N.L. (apro).- La mítica guitarra Fender Mustang, que tocaba Kurt Cobain, es utilizada como un arma homicida. La víctima es alguien, un genio o charlatán, que proclama haber compuesto los más grandes éxitos musicales de la actualidad. Las encumbradas estrellas del rock, que alguna vez dijeron haber creado obras maestras, le mintieron al mundo porque sus piezas inmortales fueron hechas por alguien más, un hombre que, por ese gran timo, merece perecer.

En este tono de indefinición, entre la realidad desabrida y el surrealismo grotesco, se mueven los personajes de El Misterio de Silver Lake (Under the Silver Lake, 2018), un sorprendente tour que recorre espacios del inconsciente de un alma atormentada y obsesiva, que busca respuestas sin haber planteado, siquiera, las preguntas correctas.

La ambiciosa propuesta del director David Robert Mitchell oscila entre la genialidad y la broma. A través del guión de su autoría, que bordea la brillantez, se presenta el personaje raro de Sam (Andrew Garfield), un adulto joven irresponsable, frustrado, inmaduro, deprimido. Su actitud negativa hasta lo hacer verse feo. Sin embargo, es lo suficientemente listo para darse cuenta de que algo en el vecindario está mal. La guapa vecina por la que se siente atraído ha desaparecido, sin dejar rastro, lo que lo mueve a emprender una búsqueda absurda que, inesperadamente, le va dando pistas para enterarse de situaciones que ocurren en el apacible mundo de Los Ángeles.

En su cadena de días pesadillezcos, que lo llevan de una revelación a otra, el muchacho se mete por un pasadizo donde se topa con situaciones hechas por maestros de la intriga y la locura: Alfred Hitchcock, John Waters y hasta David Cronenberg. Aunque está perfectamente cuerdo, las situaciones lo ponen en estados alterados de realidad. En sus pesquisas, comienza a avanzar por un estado de ensoñación, en el que todo es posible. Y aunque el relato es lento, pues la progresión dramática es escasa, hay una enorme acumulación de interrogantes y cuestionamientos en sus descubrimientos.

Los policías aparecen, pero no hacen nada. Los muertos se amontonan y no hay investigación. Una persona inofensiva de pronto se convierte en un homicida, sin mayor razón. Pero, en realidad, las motivaciones sobre la violencia son irrelevantes, pues sirven para dar alguna ambientación cruenta, y generar algo de tensión en un mundo desquiciado, en el que se fragua una enorme conspiración que tiene a todos sin cuidado.

La acción hace que todos los caminos conduzcan a una disparatada revelación. La teoría del gran complot resulta cierta. El paranoico Sam deambula en un universo paralelo en el que existen códigos secretos en todas partes. Pero a nadie le importa, solo a un puñado de almas perdidas, como él. Los ciudadanos ciegos viven para el placer y el confort. Se mueven en fiestas donde abundan alcohol, sexo y disipación. En esa marea de catarsis todos quieren estar vivos un día más para prolongar el disfrute sin sentidos. O tal vez quisieran morir y desterrarse por pose, para haber hecho algo importante con su existencia miserable.

El Misterio de Silver Lake es anticlimática y tal vez se prolonga demasiado. Al final cansa, porque pide mucho esfuerzo para interpretar las pistas que se van descubriendo. El humor es negro y pesado. Pero hay que agradecer al director su intento por hacer una película inteligente, de gran propósito creativo, que consigue encarrilar a un joven inconforme, que no tiene idea de qué hará con su pesada existencia cada vez que el día termina.

Contiene una de las temáticas más originales de los últimos años.

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