Las elecciones de EU pasan de las fake news a los videos falsos

Una falsa Elizabeth Warren fue “creada” mediante computadora con base en un video de su imitadora, la comediante Kate McKinnon. Una falsa Elizabeth Warren fue “creada” mediante computadora con base en un video de su imitadora, la comediante Kate McKinnon.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Si la dispersión de noticias falsas contaminó los comicios presidenciales estadunidenses de 2016 en los que emergió triunfador Donald Trump, desde ahora se está advirtiendo de un nuevo tipo de manipulación digital que contaminará el proceso del próximo año: las deepfakes, videos que no son lo que parece.

Las alertas vienen desde hace mucho, pero el pasado jueves alcanzaron un estatus político mayor al ser ventiladas durante una audiencia pública del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes estadunidense.

Adam Schiff, demócrata de California y presidente del Comité, presentó una recopilación de ejemplos divulgados por medios especializados acerca de cómo la inteligencia artificial es capaz de crear videos completamente verosímiles en los que se haga decir a personajes palabras que nunca pronunciaron y gesticulando de una forma que su cara jamás lo hizo.


Un ejemplo: con sólo YouTube y una webcam, un equipo de científicos computacionales lograron poner en boca del presidente ruso Vladimir Putin una frase que dijo otra persona, cuyo movimiento de boca fue “implantado” digitalmente en el rostro del político.

Otro deepfake impresionantemente realista fue logrado por la Universidad del Sur de California, que inventó un video de la precandidata presidencial demócrata Elizabeth Warren hablando de la misma forma que en la vida real lo hizo la comediante Kate McKinnon, encargada de parodiarla en un sketch de Saturday Night Live.

El nombre de deepfake viene de la técnica llamada “deep learning”, una especialización de la inteligencia artificial mediante la cual la computadora literalmente aprende a crear esos videos, y desarrolla sus propias formas de perfeccionamiento.

El caso de Warren y McKinnon fue presentado por Schiff como un ejemplo de “face swap”, intercambio de rostro, que recuerda a la trama de la película Contracara, protagonizada por John Travolta y Nicolas Cage.

Schiff describió cómo los algoritmos pueden “aprender” de los rasgos del rostro real de Elizabeth Warren (mapeo facial) para elaborar digitalmente una imagen completamente irreal de ella misma.

Estos ejemplos recuerdan una manipulación recientemente capitalizada por Donald Trump y sus aliados: la de un video en el que aparece la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, hablando de manera irregular, como si estuviera ebria. Un video que fue eliminado por YouTube pero no de Facebook ni de Twitter.

Además de las obvias implicaciones que este tipo de manipulaciones pueden tener para la seguridad nacional, durante la audiencia salió a relucir el tema de la responsabilidad que justamente le corresponde a las redes sociales respecto de la difusión de estos materiales.

La dispersión de noticias falsas que supuestamente perjudicaron las aspiraciones de la candidata demócrata Hillary Clinton pusieron en el banquillo de los acusados a Facebook, cuyo dueño, Mark Zuckerberg, se vio obligado a actuar una vez que reconoció que sí le correspondía parte de la responsabilidad política.

Ahora, los demócratas no quieren esperar a 2020 o, peor, actuar una vez que las deepfakes hayan tenido un efecto pernicioso.

Schiff no sólo pidió que Twitter y Facebook apliquen desde ya políticas que protejan a sus usuarios de este tipo de información falsa. También cuestionó la vigencia de la llamada Sección 230, una extraña norma legal que proviene de una antigua y ya derogada Acta sobre Decencia en las Comunicaciones.

La Sección 230 deslinda de responsabilidades a las compañías dueñas de redes sociales del contenido que se difunde en sus plataformas, al considerar que ellas son un simple vehículo de lo que comparten sus usuarios, sin que estén obligadas a verificarlo.

Esta norma permanece vigente porque garantiza la libertad de expresión en la red. Reformarla o suprimirla podría desatar una batalla mucho más cruenta que la electoral.

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