“Feministas trotskistas”: testimonios de la militancia feminista y socialista de 12 mujeres

Presentación de "Feministas trotskistas". Foto: Especial Presentación de "Feministas trotskistas". Foto: Especial

COLIMA, Col. (apro).- El acto conmemorativo del cincuentenario de la masacre de Tlatelolco en la Ciudad de México, el pasado 2 de octubre, fue escenario de un reencuentro de mujeres que durante poco más de dos décadas –desde los años setenta hasta principios de los noventa– participaron en el movimiento feminista de diversas regiones del país dentro del marco del trotskismo.

A partir de entonces se vincularon a través de un grupo en WhatsApp que poco a poco aumentó su membresía. Antes de concluir el año se reunieron en dos ocasiones, y en ese contexto nació la idea de publicar un libro colectivo, en el que cada una narrara sus experiencias en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), antes Grupo Comunista Internacionalista, que fue la Sección México de la IV Internacional.

Así surgió el volumen Feministas trotskistas “

Feministas trotskistas. Foto: Especial
”, que incluye testimonios de la militancia feminista y socialista de 12 mujeres dentro del movimiento trotskista nacional e internacional, una publicación coordinada por Beatriz López Rosado y Ángeles Márquez Gileta.

En entrevista, López Rosado sostiene que en la actualidad “sigue siendo vigente la cuestión del trotskismo, aunque se tiene que readecuar con las políticas actuales”, y una de sus expectativas es que la publicación del libro haga posible la apertura de un espacio público para realizar una propuesta alternativa dirigida a las feministas jóvenes, que han salido a las calles a manifestarse contra la violencia hacia ellas y otras cuestiones de sus cuerpos.

“En nuestra época –añade– nunca hubo un movimiento feminista como tal, fuerte, éramos pequeños grupos que nos movilizábamos por demandas específicamente a favor de la mujer, de manera particular lo relativo a la violencia y la maternidad libre, voluntaria y feliz, porque si no ¿cuál es el fin de nuestra existencia como humanidad?”.

Márquez Gileta califica el libro como “un trabajo con mucha utilidad para lo que es el trotskismo, porque actualiza todo lo que aprendimos para esta realidad. Si como mujeres en el partido trabajamos tanto por la especificidad como explotadas y oprimidas, tiene una gran actualidad”.

Después de 40 años de trabajo, dice, “sabemos trabajar unitariamente, queremos seguir con esas demandas históricas: alto a la violencia hacia las mujeres, por el derecho a decidir y todas las políticas públicas que nos planteamos desde los movimientos populares y la lucha sindical; pretendemos hacer ese diálogo unitario, respetuoso, y que todo el pensamiento trotskista nos sirva para que en esa realidad del pasado nos sirva a no repetir errores”.

Además de las coordinadoras, participan en el volumen con sus propias historias las luchadoras sociales Ruth Betancourt Vargas, María Elena Carrillo Carrillo, Urania Chavarría Decanini, Josefina Chávez Rodríguez, Heather Dashner Monk, Elizabeth López Rosado, Guadalupe Hernández López, Ana María Mozian Demirdjian y Susana Vidales Rodríguez, mientras que Ana María Hernández López contribuyó con una semblanza de la fallecida Nellys Palomo.

Durante la presentación de “Feministas trotskistas”, en el Centro Cultural Mexiac de esta ciudad, Rosa María González Jiménez destacó la importancia de instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Escuela de Antropología y el Colegio de Ciencias y Humanidades, que en los años setenta generaron ambientes propicios para que las jóvenes dejaran de pensar en el matrimonio y la maternidad como el único camino respetable, a la par que el trotskismo transformó su vida anidando una utopía internacionalista proletaria.

Para otras mujeres, cuyas historias también son incluidas en el libro, el ámbito laboral y las luchas memorables por la democratización del sindicalismo de los setenta fue el escenario que trastocó sus vidas, en tanto que otro grupo tuvo cercanía con la guerrilla y la represión con su estela de muertes y desapariciones.

En este último caso, indicó González, “sus recuerdos son a la vez huella y signo de los tiempos actuales donde el país se tiñe de muerte y desapariciones forzosas, ya no solamente de opositores al gobierno, que es un aspecto a repensar para el presente-futuro y cuyo rostro feminista es el feminicidio”.

En la introducción de la obra, la activista Heather Dashner Monk, una de las coaturas, escribió: “Leer algunas de las memorias que integran este libro es como leer una crónica de las luchas más importantes de los mismos años setenta y ochenta, ya que éramos militantes no del feminismo en un sentido restringido, sino en un sentido amplio”.

Es decir, abundó, “entre todas estuvimos metidas en muchísimos de los movimientos más importantes de las dos décadas: la lucha por la libertad de los presos políticos y la presentación de los desaparecidos, que llevó a una amnistía histórica para los primeros, el sindicalismo universitario, las huelgas de telefonistas contra la burocracia charra, la creación de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y las coordinadoras del naciente movimiento urbano popular”.

Sin embargo, advirtió: “Aquí no están todas las que estuvimos. Ello será para un siguiente libro preparado con más tiempo. En esta edición presentamos las primeras memorias de las que en esta ocasión pudimos contribuir. Es un paso más en la reivindicación de nuestra parte del movimiento feminista, que sigue hoy, nuevamente pujante en el siglo XXI”.

Ángeles Márquez, quien radica en la ciudad de Colima, dice que uno de los aspectos importantes entre las autoras del libro es la coincidencia ideológica de ser trotskistas, que “de alguna manera militamos en los setenta, ochenta y hasta el 92, y lo que nos unió fue ver esa sororidad, como hoy se dice, que es hermandad entre mujeres, aunque andábamos en diferentes experiencias, algunas incluso nos veíamos constantemente y respetábamos el trabajo que cada quien andaba haciendo”.

Este proyecto fue posible también porque “todas de una forma u otra hemos seguido trabajando en las dos demandas históricas: contra la violencia hacia las mujeres y por la maternidad libre y voluntaria. Eso es lo que hasta la fecha nos motiva, una situación tan grave para las mujeres, como el secuestro, la muerte, los feminicidios y sobre todo lo que llamamos la feminización de la pobreza, pues los balances que se hacen en las políticas públicas son muy tristes”.

Entonces, apunta Márquez, “nos respetamos mucho, hay mucha empatía por esa formación trotskista, eso es lo que nos destaca; León Trotski sostenía hay que mirar el mundo con ojos de mujer. Esto quiere decir construir una sociedad donde no hay violencia, donde hay democracia, donde los sujetos históricos participemos, no solamente los obreros, el campesinado y los que somos explotados y oprimidos como las mujeres”.

Beatriz López, residente en el Istmo de Tehuantepec, refiere que las colaboradoras de “Feministas trotskistas” decidieron plasmar por escrito sus memorias y vivencias, así como sus alegrías y dolores, aunque “no profundizamos en nuestros dolores porque en 1992, las que llegamos hasta el final cuando se parte el PRT, tuvimos una terrible depresión porque la organización para todas nosotras era algo más prioritario que la misma familia. Cuando decidimos ingresar estábamos dispuestas a hacer la revolución socialista y sabíamos a lo que nos ateníamos; por lo tanto, nuestra militancia era una gran entrega, y cuando se parte el partido se nos parten la madre y el padre”.

En su caso, cuenta López Rosado, sus raíces indígenas fueron las que le ayudaron “a volver a tener la fuerza de creer, a seguir haciendo cosas, a seguir luchando”, además de que varias son maestras y los Colegios de Bachilleres “tuvieron una influencia muy grande en nosotros, porque era una relación diferente maestro-alumno, con mucha confianza, y varios de nuestros maestros venían del 68, como Roberta Avendaño, La Tita; como Javier Centeno, nuestro padre político antes del PRT, que fue el padre de muchos activistas y nos influyó para andar haciendo cosas en la teoría y en la práctica; entonces este sistema escolar de los Colegios de Ciencias y Humanidades impactó a muchas de nuestras conciencias”.

—Dentro de esta lucha, en la que pensaban en la Revolución Socialista, ¿nunca tuvieron la tentación de tomar las armas? —se les pregunta.

—Creo que la tentación fue muy grande —responde Beatriz López—, sobre todo por lo que había pasado en 1973 en Chile, que nos impactó, así como la Revolución Cubana, con la gran admiración al Che Guevara y a Fidel Castro. En mi caso yo nunca tomé las armas, pero colaboré a nivel de la ciudad en lo que antes llamaban guerrilla urbana, en el Partido de los Pobres. Allí me enseñé a conseguir como fuera las cosas, yo no tenía dinero y era una situación económica muy dura porque mi familia ya se había reunido en la Ciudad de México y dependía directamente de mí. Sin embargo, se pedían medicinas o ropa y las madres de familia conseguían todo.

Para Ángeles Márquez, aunque el tema de la guerrilla fue muy importante, todavía sigue siendo vetado.

“En el PRT había ciertos compañeros que tenían ligas con el Partido de los Pobres y la Unión del Pueblo; no sólo se simpatizaba, sino que había lazos, incluso uno que fue mi compañero estaba en esas condiciones. Yo sí soñaba que iba a estar en la guerrilla, mi compañero andaba armado y siempre dormía con la pistola debajo de la almohada. Cuando vivimos juntos estábamos en la clandestinidad por él. Ni mi familia sabía dónde vivía. Era un poco contradictorio porque mis hermanos sabían que yo trabajaba en el CCH Naucalpan y, por otro lado, según esto yo me había vuelto clandestina. Ahora me parece bastante romántico, por decirlo así, pero creo que mucha gente sí lo tomó muy en serio. Yo no quiero hablar mucho, pero a todos nos duele que haya sido desaparecida Conny Caraballo, de Colima, que era muy estimada”.

Parte de la formación política inicial de Ángeles se dio en el Círculo de Estudio y Reflexión (CER), cuyos participantes eran jóvenes de 20 años, entre ellos Hiram Núñez, Salvador Márquez, Rafael Araiza, Luis Bueno, Eduardo Carrillo, Pina Oseguera, María Luisa Guzmán, Celina Oseguera, David Oseguera, Rogelio Portillo, Arnoldo Vogel y Miguel Ángel de la Mora, “que nos dedicábamos a la cultura”, dice.

“Algunos cuentan, no digo nombres, que fueron invitados a que se inscribieran en la guerrilla, pero vieron que eso no era lo suyo. Eso era influido, yo creo, por los procesos latinoamericanos de que había que hacer la revolución y no esperarnos, hacerla de ya”, recuerda Márquez.

Tanto Beatriz López como Ángeles Márquez participaron desde sus respectivas regiones en la formación de Morena, fuerza política de la que fueron candidatas, la primera a la alcaldía de Ixtepec, Oaxaca, y la segunda a diputada federal. Tras las experiencias que les ha tocado vivir, actualmente mantienen una visión crítica de ese instituto político.

De acuerdo con López Rosado, en Morena “hay mucha gente que arribó con los vicios del PRI, que están oportunistamente en esa situación, pero yo pienso que el señor Andrés Manuel (López Obrador) no es ningún ignorante, sabe quiénes son. Hay algunas gentes que por desgracia son la minoría que continúan en Morena y saben lo que está sucediendo, incluso excamaradas que le apostamos a la esperanza; aquí no se permiten reuniones como en el PRT, donde yo podía opinar diferente que la dirección mayoritaria”.

Ángeles Márquez no considera que Morena sea de izquierda, porque
“es antidemocrático, hay abuso de poder, sin embargo, creo que hay que seguir impulsando la democracia, las causas de los explotados, de los oprimidos, y si eso lo hicimos en un momento dado en sindicatos charros, pues en Morena podemos hacer corrientes, aunque estén prohibidas, no vamos a pedir permiso, ¿verdad?”.

Estima que, a pesar de todo, dentro del partido de López Obrador “hay franjas con las que se puede trabajar, hay grandes debates que afortunadamente son públicos: los intelectuales, periodistas, las diferentes corrientes de izquierda están planteando el debate, aunque al interior de Morena no se haga. Hay que estar porque hay causas que estamos defendiendo y gente con la que trabajamos desde antes de la fundación de Morena”.

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