Donald Polk

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Además de que James Polk usaba un mechón de cabello lateral para cubrirse la calva y de que llovió durante su toma de posesión, la idea de que Trump es una de sus repeticiones fársicas, encarna algo más que coincidencias. La guerra con Estados Unidos en la que México perdió la mitad de su territorio no fue, por supuesto, ni una decisión de Polk ni se desató por algún azar –como dicen los historiadores de estampita–, como el accidente del más moderno barco de guerra –el USS Princeton– presentado en el río Potomac, a las afueras de Washington el 28 de febrero de 1844.

Según esta versión, cuando dispararon la bala del cañón del barco, ésta no salió, sino que explotó sobre la audiencia, que incluía al presidente John Tyler y mató instantáneamente no sólo a su prometida sino también al secretario de Estado Abel Upshur y al de Marina, Thomas Gilmer. Se dice que ese evento fortuito llevó a un expansionista como John Calhoun a la secretaría de Estado. Pero la idea de anexar Texas y otros territorios mexicanos era un “deseo expansionista” del que el triunfo de Polk era sólo la prueba. Como en el caso actual de Donald Trump, las decisiones políticas no son de un hombre y su personalidad –“es un bully”, dicen los medios– sino que expresan cierta voluntad de sus electores.

La llegada de Polk a la Casa Blanca estuvo mediada por una idea creciente entre los electores y machacada en los periódicos: “anexión o secesión”. Los esclavistas del sur sólo veían la salida de hacerse de más estados a cambio de no separarse del norte industrial. Crearon, entonces, la versión –que hoy llamaríamos fake– de una Gran Bretaña deseosa de rescatar a Texas de su desastre financiero a cambio de que prohibieran la esclavitud, poniéndole un freno a las plantaciones del sur y abriendo un corredor por el Mississippi para que los esclavos huyeran hacia México. Un México que debía indemnizaciones por 95 incidentes de robo a comerciantes norteamericanos y que jamás había reconocido la independencia de Texas. Un territorio como Oregon, administrado a medias por los británicos. El mentor de James Polk, el expresidente Andrew Jackson, lo había escrito: “Sólo una frontera como el río Grande nos hará invencibles”. Es un tema muy estadunidense: expandirse para aislarse. Los votantes se sentían amenazados en las fronteras y su sistema de vida –la esclavitud– en riesgo. Hacerse continentales, del Atlántico al Pacífico y, al sur, hasta un río caudaloso, los calmaba. Antes de enfrascarse en una guerra civil, preferían una guerra con México.

Polk no era un político querido; perdió dos veces para gobernar su estado adoptivo, Tennessee, pero, justo para la convención del Partido Demócrata, se definió por la anexión de Texas. Su contrincante, el una vez presidente Van Buren, se sostuvo en el principio del exsecretario de Estado, Daniel Webster: “La esclavitud es un mal moral, social y político”. Y perdió. Los demócratas se unieron en torno a la expansión y Polk ajustó su postura hacia ellos: México podría pagar las indemnizaciones que debía –6 millones de dólares– a cambio de California, con la bahía de San Francisco hacia el Oriente. El más cuantioso de los reclamos contra México era de un dentista, Billy Parrott, que aseguraba que un cargamento de vino de oporto le había sido confiscado por los mexicanos y que valía 690 mil dólares. Cuando se presentó su caso, hasta Buchanan, el nuevo secretario de Estado, soltó una carcajada involuntaria. Todos sabían que Parrott era su espía en México y, de hecho, fue quien, desde Xalapa, informó a Polk de que las tropas mexicanas comisionadas para proteger Texas, bajo las órdenes de Mariano Paredes, se habían regresado de San Luis Potosí para derrocar al presidente liberal, José Joaquín de Herrera. Una vez más, no era Herrera o Santa Anna conspirando desde su exilio en Cuba, sino un clima hostil a que se vendieran partes del territorio mexicano a los gringos, una especie que circuló en los diarios mexicanos. La debilidad del gobierno mexicano causó que la consigna sureña de “Todo Oregon” se convirtiera con rapidez en “Todo México”. La invasión “sentida” desde la elección de Polk era ya una demanda del sur esclavista.

James Polk creía en una divisa ideológica de su época: que el destino de Estados Unidos era sustituir a Gran Bretaña como imperio mundial. Para ello necesitaban controlar la ruta entre Europa y Asia, apropiándose de California y Oregon; es decir, de despojar a mexicanos e ingleses. Ese destino se le presentó a Polk en la visita de un extraño enviado de Santa Anna, el coronel Alejandro Atocha, quien le dijo: “Mi general, quisiera venderle una parte de México por 30 millones de dólares, pero no podría hacerlo si usted no manda a su armada a los puntos en que se verían como un riesgo: el río Bravo y Veracruz”. Así, el encuentro entre el general Zachary Taylor, apuntándole desde el otro lado del río al Matamoros del general Mejía, encuentra su explicación. Polk les dice a sus congresistas: “El público está ávido e impaciente. No tomar una medida extrema será visto como un abandono de nuestro deber”. El Congreso debatió sólo dos horas y declaró la guerra: 5 mil soldados voluntarios y 10 millones de dólares.

El minoritario Partido Whig se hizo una pregunta, a través de su representante neoyorkino: “¿Los poderes de México nos han declarado la guerra? Todo lo que escuchamos es una colisión entre nuestros ejércitos en una franja de tierra que está en disputa. Se puede repeler una invasión sin declarar una guerra. Me niego a aceptar que el resultado de ello deba ser una guerra, la guerra del presidente”. El argumento para que la votación contara 174 contra 14 en la Cámara y 40 a dos en el Senado, fue que no hacerlo era dejar al descubierto a las tropas del general Taylor, pero lo cierto es que los congresistas cuidaban sus reelecciones. Era la opinión pública la que exigía la salida bélica.

Del lado mexicano, los hijos de la élite, dispensados de ir al frente en el norte, se amotinaron el 27 de febrero de 1847 en la Ciudad de México contra la medida de Valentín Gómez Farías de expropiar bienes de la Iglesia católica para pagarles a los soldados bajo las órdenes de Santa Anna. La gente les puso el sobrenombre de polkos, por el presidente de Estados Unidos; desde entonces esa palabra es sinónimo de “traidores”. En efecto, y para agregarle más volatilidad a la nación, la rebelión de los polkos devolvió a Santa Anna a la presidencia y los bienes confiscados a la jerarquía católica. Bajo las órdenes de Matías de la Peña Barragán, los polkos distrajeron a las fuerzas mexicanas que irían a defender Veracruz y, con ello, ayudaron a la victoria de los Estados Unidos.

Si, como decían los demócratas, la guerra con México era para defender su territorio más allá del río Nueces, todo hubiera terminado dos días después, cuando, el 28 de abril de 1846, el general Mariano Arista perdió más de mil 200 hombres en combate y 300 se le ahogaron en el río Bravo. Taylor le envió el mensaje a Polk: “La guerra terminó”. El presidente desoyó este comunicado y se enfrentó a la idea de su secretario de Estado, James Buchanan, quien le pedía “no tomar territorios mexicanos como resultado de la guerra”.

Por curioso que ahora nos parezca, el despojar a México de la mitad de su territorio no estaba relacionado con defenderse de una agresión mexicana, menos con la adquisición de tierras o el siniestro salvoconducto que se le expidió a Santa Anna para entrar a cualquier puerto de México. Polk volvió a hacer de su “astucia que parece perspicacia pero que, en verdad, es duplicidad” –como lo describió un periodista antiesclavista– su fuente de inspiración: “El acuerdo por los territorios mexicanos no será resultado de la guerra, sino de la paz y se pagará en dinero”. La oposición whig quiso, entonces, nada para nadie y presentó una provisión en la que se lee: “Ningún territorio adquirido de México puede, en forma alguna, usar mano de obra esclava”.

Kearny tomó Santa Fe; Stockton, Los Ángeles; Frémont, San Diego; Taylor, Monterrey. Como sabemos, el ejército y la marina estadunidenses tuvieron que ir de Veracruz a la Ciudad de México, tomando la misma ruta que Hernán Cortés, para forzar los tratados de paz. Mientras, Santa Anna jugó su papel de “soldado del pueblo” para que los mexicanos desearan el fin del conflicto “a cualquier costo”. Como señaló La Patria, un periódico en español publicado en Nueva Orleans: “Tal parece que el acuerdo final favorecerá a Estados Unidos y a Santa Anna; nunca a México”.

La expansión llevó a Polk a la Casa Blanca tanto como el racismo antihispano a Trump y tuvieron el mismo resultado: ambos perdieron la Cámara de Representantes a mitad del mandato. La oposición ahora mayoritaria acusó a Polk de “traición moral” al pueblo y aseguró que había ejercido atribuciones de dictador: anexar territorios conquistados, erigir ahí autoridades civiles y expedir cartas de naturalización a los habitantes antaño mexicanos. Estados Unidos pasaba de ser una república a un imperio. Un destino en el que Polk creía y también Lewis Cass, quien presentó así la plena culpabilidad de México en el resultado final: “Su gobierno es efímero. Sus miembros nacen al amanecer sólo para morir por la tarde. Sus administraciones se suceden como escenas de un gran teatro. Ellas atrajeron sobre sí nuestra guerra”. En su informe presidencial al Congreso, James Polk usó su astucia: “Como México no podía colonizar sus territorios al sur de nuestra nación, el destino quiso que los protegiéramos de una posible invasión de las potencias de Europa. Fue por nuestra seguridad”. The National Intelligencer, diario whig, lo llamó “el salvaje del patio escolar, el bully del baile, el que muerde la oreja o pica los ojos del adversario indemne”. Lo de bully, pues, no es nuevo. Cuando Polk murió, a los 57 años, The Post se atrevió a publicar: “Nos hemos sacudido a esa víbora de las faldas de nuestra democracia”.

En sus últimas entradas de su diario, Polk se mostró preocupado por el destino esclavista de los “nuevos territorios”. Algo más le preocupó: la inmigración que “atrae la riqueza de California”.

Esta columna se publicó el 16 de junio de 2019 en la edición 2224 de la revista Proceso

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