A 50 años de la Guerra del Futbol, Honduras y El Salvador se enfrentan otra vez en la cancha

PARÍS (apro).- En julio de 1969, un combate entre Honduras y El Salvador provocó la muerte de casi 6 mil personas. Un conflicto llamado “Guerra de las Cien horas” o “Guerra del Futbol”, debido a que empezó después de un partido de balompié entre ambos países, el 27 de junio de aquel año. Si el balón fue el detonador, las raíces eran más profundas. De casualidad, El Salvador y Honduras se enfrentan este martes en la Copa Oro 2019, a 50 años del enfrentamiento fatídico. Eventos relatados por el periodista polaco Ryszard Kapuściński en su libro La guerra del fútbol.

Es un encuentro decisivo en el grupo C de la Copa Oro, que se juega este martes. Con dos derrotas, Honduras ya quedó eliminado; El Salvador, por su parte, sigue con vida y puede ganar su boleto para los cuartos de final del torneo. Pero ese duelo de centroamericanos no sólo vale tres puntos. También reviste una importancia histórica: se juega dos días antes del quincuagésimo aniversario de un partido que quedó para la historia.

El 27 de junio de 1969, Honduras y Salvador jugaron en un duelo de desempate en la Ciudad de México, después de haber igualado en los encuentros ida y vuelta. Esa confrontación fue el detonador de un conflicto conocido como “Guerra del Futbol”.

Ryszard Kapuściński, uno de los reporteros más famosos de su siglo, fue testigo de esa escalada de odio con ese juego de pelota, inmortalizada en su libro La guerra del fútbol.

Pero la rivalidad no empezó ese día, sino antes. En 1969, casi 20% de los peones rurales de Honduras eran salvadoreños, una migración debida a la sobrepoblación de El Salvador, cuyo gobierno favoreció la salida de sus ciudadanos. En aquel entonces, ambos tenían una economía agrícola, empujada por Estados Unidos con el mercado común centroamericano que quería frenar en la región, la ola comunista proveniente de Cuba.

El presidente hondureño Osvaldo López Arellano emprendió una reforma agraria a favor de los grandes terratenientes como la empresa estadunidense United Fruit Company, dueña del 10% de la tierra cultivable.

“El gobierno quiere repartir las tierras ocupadas por los campesinos salvadoreños entre los campesinos de Honduras. Lo que implica que 300 mil migrantes deben de regresar a su país, donde no tienen nada”, contextualiza el periodista polaco.

Tensiones previas

La presencia de extranjeros generó una persecución de salvadoreños en Honduras por el grupo clandestino La Mancha Brava, que asesinó a gran cantidad de migrantes, lo cual produjo un regreso masivo a su país. Los gobiernos y los medios aprovecharon esta escalada de tensión para alentar el odio entre ambos pueblos, en vez de resolver los conflictos internos.

En este contexto, los dos países tuvieron que jugarse el boleto para el Mundial 1970 en México en una contienda que iba a empezar con la violencia. El equipo salvadoreño llegó a Tegucigalpa en la víspera del juego de ida y los jugadores pasaron la noche sin dormir, relata Kapuściński.

“El hotel fue asediado por los hinchas. La gente aventaba piedras contra los vidrios, pegaba como tambores sobre láminas de metal y cubetas vacías, hacia explotar sin parar petardos atronadores. Coches estacionados frente al hotel pitaban sin cesar. Los hinchas silbaban, aullaban, gritaban insultos. Duró toda la noche. Todo eso con el objetivo de hacer perder el partido a los huéspedes agotados y desesperados.”

El fútbol, causa nacional

Después de la derrota del Salvador 1-0, una joven de 18 años llamada Amelia Bolaños se quitó la vida con una pistola. “La joven no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria”, tituló el diario El Nacional al día siguiente. Una muerte instrumentalizada por El Salvador: “Detrás del ataúd cubierto por la bandera nacional, caminaban el presidente y sus ministros. Detrás del gobierno seguía el equipo de fútbol del Salvador”, cuenta Kapuściński. La muerte de la joven hincha impactó todo el país y su funeral fue emitido por la televisión.

La rabia aumentó en contra de los hondureños, quienes recibieron la misma acogida en el juego de vuelta unos días después. Y cuando empezaron los himnos en el estadio, “en lugar de la bandera nacional de Honduras quemada frente a los ojos de los espectadores ebrios de felicidad, los organizadores del encuentro alzaron al mástil un trapo sucio y desgarrado”. El Salvador ganó en casa, empatando con los charrúas, obligando a la confederación a hacerles jugar el partido de desempate en terreno neutro.

En el Estadio Azteca de la capital mexicana, El Salvador termina ganándose el boleto para el Mundial 1970. Hinchas de ambos lados pelearon en la ciudad, y las tensiones se hicieron más fuertes en la frontera honduro-salvadoreña. El 14 de julio, el ejército de El Salvador lanzó la invasión a Honduras con ataques aéreos; la aviación bombardeó a Honduras, que contestó con más ataques aéreos.

Las balas y el balón atraen los ojos

La guerra del fútbol duró cien horas. Hizo seis mil muertos, miles de heridos. Casi cincuenta mil personas perdieron su casa y sus tierras. Numerosos pueblos fueron destruidos, detalla Kapuściński. Después de la intervención de los estados latinoamericanos, los dos países pusieron fin a la hostilidad. La Organización de Estados Americanos negoció un alto al fuego el 18 de julio. El Salvador pidió que cesara la persecución de sus compatriotas en suelo hondureño, pero la OEA les exigió desalojar el suelo de su vecino.

Kapuściński consideró ese conflicto como una fábula de la cual se puede sacar una moraleja: “Los dos gobiernos están satisfechos de ese choque pues, durante algunos días, Honduras y Salvador fueron las estrellas de la prensa internacional. Los pequeños países del tercer mundo, del cuarto mundo y más, necesitan derramar la sangre para tener la posibilidad de atraer el interés general”. El balompié también tiene ese poder. Las balas y el balón combinados provocaron que los focos se voltearan hacia Centroamérica. Al menos cien horas.

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