El padre de la migrante asesinada María Senaida culpa a la policía mexicana; “ellos la mataron”

Darío Escobar Laínez muestra un retrato de su hija María Senaida, muerta en Veracruz presuntamente a manos de policías. Foto: David Ernesto Pérez Darío Escobar Laínez muestra un retrato de su hija María Senaida, muerta en Veracruz presuntamente a manos de policías. Foto: David Ernesto Pérez

CABAÑAS, El Salvador (apro).- Darío Escobar Laínez regresó cansado, sudoroso e incómodo a su casa en el cantón San Antonio, en la zona paracentral de El Salvador. Desde las ocho de la mañana hasta casi las dos de la tarde esperó que los médicos del sistema de salud público terminaran de atender a Milagro Cerritos, su cónyuge, cuya diabetes empeoró desde que supo que María Senaida Escobar Cerritos, la última hija que procrearon juntos, fue asesinada de un tiro en la frente en México mientras viajaba indocumentada hacia California, Estados Unidos.

“Tenemos que cuidarla más”, dijo avanzando en la calle de polvo y piedras frente a su casa ubicada en Cabañas, a tres horas de distancia de San Salvador y a una hora de camino de la frontera más próxima con Honduras. Del vehículo en el que viajaron a Sensuntepeque, la ciudad más cercana, bajaban platos y vasos desechables, aceite, pan dulce, bolsas con cemento y otros productos para el funeral de su hija.

María Senaida fue asesinada el 14 de junio en Veracruz, cerca del municipio Agua Dulce. De acuerdo con las versiones de los testigos, publicadas por la prensa mexicana, un retén policial hizo el alto al vehículo en el que viajaba una docena de migrantes más, pero el chofer ignoró la señal y siguió de largo. Uno de los militares disparó al parabrisas; la bala de muerte cayó a la joven salvadoreña de 19 años de edad e hirió a dos más.

El viaje guiado por un traficante de personas (coyote) a Santa Cruz, California, lo pagaba Darío: 11 mil dólares.  La menor de la familia había tenido dos ofrecimientos previos para largarse de uno de los países más pobres de Centroamérica. El primero lo rechazó porque aún estaba estudiando el bachillerato a distancia. El segundo porque no se había decidido a dejar sola a su mamá enferma y ya entrada en años. La tercera vez fue ella quien apeló a las eternas promesas de su padre que desde hace diez años, cuando él por su cuenta migró, les repetía a todas sus hijas: la que quiera venirse que lo haga pero que sea consciente de los riesgos del camino: el Río Bravo se traga a la gente, los migrantes se mueren de sed en el desierto, en el mar muchos se ahogan.

“Cuando tenga deseos de venirse que no sea yo el que la obligue, tiene que ser voluntad de usted si quiere venir a hacer su vida”, recordó Darío que le dijo hace más de un mes a su hija, cuyo cadáver llegó a El Salvador al mediodía del miércoles 26, es decir, casi trece días después del crimen y a un costo aproximado de seis mil dólares que pagó él con pequeñas ayudas de sus familiares y amigos que también son migrantes indocumentados. Sobre su caso el Ministerio de Relaciones Exteriores salvadoreño no dijo más que está trabajando en la repatriación y que presiona a las autoridades mexicanas para que esclarezcan el crimen.

Foto: David Ernesto Pérez
Foto: David Ernesto Pérez

Migrar era la opción natural para María Senaida. Hay razones evidentes y razones subyacentes. Las primeras son las que se repiten en el Triángulo Norte y que obligan a docenas y docenas de personas a irse todos los días: pobreza, salarios miserables de menos de 300 dólares mensuales, violencia provocada por la guerra entre el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha (MS-13).

En el cantón San Antonio, de donde era originaria María Senaida, las condiciones particulares de pobreza son evidentes: la única opción de trabajo es la agricultura pero únicamente se puede sembrar maíz porque la resequedad de la tierra no produce frijol, uno de los productos siempre necesarios en la canasta alimenticia salvadoreña. Los jornaleros pueden ganar hasta seis dólares diarios pero solo en un día gastan el doble para alimentar a sus familias que en promedio son de hasta ocho miembros. Los jóvenes pueden acceder a educación básica y media pero las universidades más cercanas están a casi dos horas de distancia y el servicio de transporte colectivo es deficiente y escaso porque las calles y las carreteras son de tierra y piedra. El que logra graduarse de bachiller puede optar a un empleo como barrendero o empleado en las zonas urbanas más próximas pero su salario siempre será inferior a 250 dólares mensuales, insuficientes para comprar una casa o un carro, mantener una familia o acumular para la vejez.

“Uno gasta más de lo que gana en el día. ¿Y si no tengo trabajo? ¿Una fábrica, algo donde uno pueda pedir empleo? Uno pasa encerrado en los pedacitos de casa. Yo tengo hijos: ¿y el futuro de ellos?”, se preguntó Carlos Escobar, tío de la víctima.

También están las razones subyacentes: San Antonio es un cantón familiar: los apellidos que más se repiten son Escobar, Cerritos y Laínez. De más de 50 personas que viven en los alrededores, 40 son primos o tíos de la fallecida. De esos más de la mitad vive en Estados Unidos repartidos en Santa Cruz, Virginia, California e Indiana. La carrera de relevos migratoria de la familia Escobar inició a principios de los años 80 cuando el hermano mayor de Darío estrenó la ruta: entonces el país era un campo de batalla que se disputaban guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y la Fuerza Armada. En los años 90 la paz estaba escrita en un papel y los fusiles se aquietaron pero la familia ya tenía una ruta marcada y las siguientes cuatro generaciones siguieron los pasos del primero que se fue. La historia se repitió en las décadas posteriores hasta llegar al 8 de junio de 2019 cuando María Senaida preparaba la mochila en la que llevaba cuatro o cinco prendas con las que se cambiaría en la larga travesía de más de 4 mil kilómetros desde San Salvador hasta la casa de su padre que trabaja como jardinero en Santa Cruz.

Para María Senaida la migración era natural. En su casa nunca tuvo una opciones de realización personal como la que sí tuvieron sus hermanas que migraron al cumplir la mayoría de edad. Está, además, el ejemplo de sus tíos y de sus primos que nunca tuvieron nada mientras vivieron en El Salvador pero que lograron acumular bienes una vez que se fueron del país.

Irse equivalía a confirmar que ya había crecido, que ya era toda una mujer dispuesta a hacerse cargo de sí misma. El migrante que manda remesas gana prestigio en la comunidad, se hace respetar entre los suyos. El que se queda es porque decidió que el resto de su vida dependerá de los que tuvieron más valentía.

La migración es transmitida generacionalmente en la familia Escobar y, en general, es considerada como la única opción para mantener un estilo de vida no ostentoso pero al menos sí con lo mínimo: dieta alimenticia variada, servicios básicos como agua potable y telecomunicaciones, energía eléctrica, acceso a servicios médicos, entre otros. A eso se suma que en los últimos 50 años San Antonio no cambió mucho. En los años de la Guerra Civil fue el bastión de grupos paramilitares agrupados en la desaparecida Organización Democrática Nacionalista (ORDEN). Santa Marta, la comunidad vecina, fue asediada por muchos de esos grupos y por fuerzas militares; la mayoría de sus habitantes se refugiaron en campamentos en Honduras y al terminar la guerra repoblaron su antigua comunidad. Entre finales de los años 90 y principios de la década del 2000 el gobierno del fallecido presidente Francisco Flores ofreció pavimentar la carretera que lleva a la comunidad para facilitar el comercio y al finalizar su periodo mostró como uno de sus logros ese proyecto. Pero la realidad es que la carretera y las calles nunca tuvieron ni una gota de pavimento.

Esas fueron algunas de las razones que María Senaida tuvo para migrar. Las mismas razones que motivaron a su tío paterno a hacerlo hace más de 40 años. Marta Escobar, su prima, recordó que unos días antes de irse platicó con ella y le pidió que no se fuera, que no dejara sola a su madre enferma, pero la respuesta fue que no tenía más que hacer en su país natal.

“No te vayas, el camino está muy peligroso”, contó que le advirtió. Pero María Senaida, según ella, le respondió que se iba porque su papá ya la había mandado a traer.

“Es cierto que uno a veces no se siente bien aquí, pero yo prefiero quedarme con mi mamá. ¿Qué es mejor que eso?”, dijo insinuando que María Senaida había sido demasiado ambiciosa ya que su padre y sus hermanas siempre le mandaban dinero a ella y a su madre.

Marta y María crecieron juntas. Estudiaron en la misma escuela. Vieron migrar a la mayoría de sus familiares. Disfrutaron las remesas que esos migrantes indocumentados les mandaron y gracias a las cuales siguieron estudiando y tuvieron una vida relativamente digna y sin mayores sobresaltos. Por eso el 9 de junio, el día en que ella partió, prefirió no asomarse a la casa ni hablarle ni contestarle mensajes.

Cristian Escobar, primo de María Senaida, tampoco la quiso ver irse. Prefirió ir a cortar las ramas de un árbol que estaban sobre el tejado de la casa en la que vive con su padre.

“Nosotros le decíamos que mejor se quedara”, afirmó.

Foto: David Ernesto Pérez
Foto: David Ernesto Pérez

El 9 de junio una comunidad entera quedó en vilo. María Senaida se tomó las últimas fotografías en su país natal en San Sebastián, a un poco más de una hora de distancia de su casa. Posó en el quiosco del parque central. Esas mismas fotografías fueron publicadas y republicadas en docenas y docenas de medios de comunicación.

En la travesía mantuvo comunicación constante con una de sus hermanas en Estados Unidos y con su padre. La familia sabía que el camino era difícil. Había acontecimientos relativamente recientes que también pudieron encender las alertas: hace cuatro años Irene Laínez, prima de Ana Senaida y sobrina de Darío, murió de sed en el desierto. El 24 de mayo de 2019 Miguel Ángel Hernández Leiva, de la comunidad vecina a San Antonio, fue asesinado en Virginia por un estadunidense identificado como Steven Green, aparentemente por racismo.

Pero la experiencia de la familia nuclear en México era buena. Las cuatro veces que Darío entró y pasó no tuvo ningún problema con las autoridades. Tampoco tuvo su hermano Carlos que viajó hace 15 años.

“No había pasado lo que está pasando ahora. Antes usted llegaba a México, pagaba a migración y se iba”, explicó Carlos.

“Nunca estuve detenido, nunca estuve en la cárcel, para nada. Es primera vez que me han golpeado”, reiteró Darío.

El día 14, en la madrugada, María Senaida mandó un mensaje de texto al teléfono de Darío: “Papi, íbamos a salir hoy para allá, pero dicen que hay muchos retenes y por eso ya no vamos a salir”. Unas doce horas más tarde, después de un día cotidiano de trabajo, él regresó a su casa y mientras descansaba una de sus hijas le llamó por teléfono.

“Papi, le quiero contar algo”, le dijo llorando. “Atacaron el carro donde venía Senaida y la mataron”.

Darío sintió vértigo, luego rabia, luego pensó en lo peor contra los que mataron a su hija. Pero se contuvo y pensó en lo que se venía inmediatamente: recuperar el cuerpo, repatriarla, cuidar a su esposa enferma, regresar a su país de origen a preparar el funeral.

Marta no había abierto su página de Facebook aún. Eran casi las ocho de la noche. Su teléfono sonó; era una de sus primas de Santa Cruz. Llamaba para preguntar si era cierto que habían matado a María Senaida.

“¿Cuál Senaida?”, repreguntó Marta. Imaginó el cuerpo de una conocida suya que vive a más o menos media hora de distancia. Al otro lado de la línea la mujer que había llamado se calló. Ella colgó y llamó de inmediato a la hermana de María Senaida. Confirmó de quien se trataba.

“Sí, es ella, se nos fue”, le contestaron. No dijo nada. Sintió como hormigas escalando sus brazos. Notó que hacía más calor del habitual. “Cuando lleven el cuerpo quiero que estén todos en la casa de mi mamá”, ordenó la voz de la mujer.

La única ayuda que recibieron para repatriar el cuerpo fue de una agente en Veracruz que les habló de los procesos burocráticos. El gobierno del presidente Nayib Bukele no ha hecho nada por María Senaida y su familia. De las autoridades salvadoreñas los únicos que le llamaron fueron el alcalde de Ciudad Victoria, Juan Antonio Ramos; y Carlos Reyes, diputado de ARENA. Le ofrecieron ayuda pero nada más.

Darío dijo que ahora está concentrado en el entierro y en cuidar a la madre de sus hijas. También aseguró tener claro que exigir al gobierno de Andrés Manuel López Obrador justicia puede ser peligroso.

“Si voy a demandar a alguien, me van a venir a esperar a la frontera a matarme. Eso yo no lo quiero”, comentó. “Por un dinero que me van a querer dar, después me van a querer matar”, agregó.

“En México está muy tremenda la situación y no voy a exponer mi vida por una denuncia”, dijo. “Claro que la policía mexicana es la culpable, ellos la mataron”, afirmó.

Darío no regresará a Estados Unidos. Dijo sentirse cansado a sus 58 años de edad. Una buena parte de sus ahorros los gastó en su hija asesinada. Es probable que para vivir reabra el billar que cerró el día en que se marchó a trabajar a California. María Senaida fue enterrada el jueves 27, a las once de la mañana.

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