Jony Ive, el escultor de la manzana

Jony Ive ha sido clave para el éxito de la era de Tim Cook, como lo fue para el renacimiento de Apple cuando volvió Steve Jobs. Foto: Apple Jony Ive ha sido clave para el éxito de la era de Tim Cook, como lo fue para el renacimiento de Apple cuando volvió Steve Jobs. Foto: Apple

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- La película biográfica Jobs (2013) de Joshua Michael Stern fue un fiasco total y casi nadie la recuerda. Filmada a la carrera poco después de la muerte de Steve Jobs, no fue capaz de aprovechar el enorme parecido físico de su protagonista Ashton Kutcher con el fundador de Apple.

Pero tiene un detalle por el que vale la pena revisarla. En un pasaje corto, pero decisivo, el Jobs de Kutcher regresa en 1997 a la compañía que fundó después de su ignominiosa salida y decide recorrer sus instalaciones solo. Camina por pasillos, entre cubículos, y de repente descubre unos dibujos, bocetos de una computadora en el proceso de su concepción. Pregunta quién los hizo.

Un joven delgado de acento británico le responde: “Yo, señor”.

La cámara, que primero estaba enfocada en su mirada penetrante, se amplía y deja ver un taller con varias personas. El joven, sentado en una banca, habla desde un extremo. Del otro lado, Jobs, rodeado de mesas, restiradores y lámparas.

-¿Quién eres? -pregunta el empresario.

-Jonathan Ive. Soy el director de diseño industrial.

-¿Por qué sigues aquí? -le replica Steve.

Otra persona interviene en el diálogo para responder a esta última pregunta: “Son las 11 de un lunes”.

-No, ¿por qué sigues en Apple? -revira Jobs.

Y amplía lo que quiere decir: “No es la compañía que yo fundé. No tiene gusto, ni estilo, ni diseño. A no ser que te tengan encadenado, ¿por qué sigues aquí?”.

-Bueno, señor, creo que algunos de nosotros aún creemos en lo que Apple representa. En lo que usted buscó.

-¿Y qué crees que yo busqué?

-Pienso que usted creía que el ordenador y el walkman, o lo que fuera, debería ser una extensión natural del individuo. Y es esa misión, esa devoción a la calidad, a los ideales y el corazón lo que nos mantiene acá. Tal vez podamos hacerlo de nuevo -le dijo un entusiasta Ive, quien al final de la escena le suelta un cálido: “Nos alegra que vuelvas”.

Ive, quien recibió el título de “sir” en 2012, todavía permaneció “encadenado” a la compañía californiana durante más de dos décadas. Pero su historia terminó ahí el pasado jueves.

Un comunicado anunció ese día que Ive dejará de prestar sus servicios como empleado a fines de 2019 para formar su propia compañía independiente, la cual brindará servicio incluso a la propia Apple.

Tal como lo hace la malograda película de Kutcher, el parte oficial reconoce que el papel de Ive en el renacimiento de Apple (la compañía estuvo a punto de quebrar poco antes del regreso de Jobs) y rememora su participación como el cerebro que concibió la iMac de 1998, aquella computadora gorda de colores translúcidos, disruptiva en su forma, pero que partía de la idea de que un dispositivo así debería ser amigable y no una aburrida caja gris.

“Después de casi 30 años e innumerables proyectos, estoy muy orgulloso del trabajo duradero que hemos realizado para crear un equipo de diseño, proceso y cultura en Apple que no tiene igual. Hoy es más fuerte, más vibrante y más talentoso que en cualquier otro momento en la historia de Apple”, dice Ive en el comunicado, y es fácil imaginarlo pronuncIando esas palabras con la misma voz engolada con la que describía cada nuevo producto en los videos promocionales, orgulloso de su refinado y estilizado gusto.

Si nos atenemos a lo que dicen Brent Schlender y Rick Tetzeli en El Libro de Steve Jobs, la escena representada en la película es todavía más ficticia. En realidad, en aquella visita al taller-laboratorio de diseño, Jobs no quedó muy entusiasmado ni de los productos ni de los diseños ahí exhibidos.

Quien sí lo impresionó fue el propio Ive, quien, por cierto, lejos de la fidelidad a toda prueba que presumía en la película, ya había sido uno de tantos trabajadores que había repartido currículums con tal de emigrar de la compañía antes de lo que parecía su inevitable colapso.

En él, Jobs encontró una especie de simétrico. Ambos, buenos encantadores de serpientes. Jony, con un especial talento para explicar ideas complejas y para seducir con su acento europeo. Tranquilo y serio, Jobs lo describió entonces como un angelito.

Ahora ese ángel dejará de aconsejar al oído de Apple. O más bien seguirá haciéndolo, pero esta vez de lejitos.

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