“La venganza del perdón”, de Éric-Emmanuel Schmitt

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El autor francófono de Las flores del Corán y El señor Ibrahím, Éric-Emmanuel Schmitt (1960), nos invita a un viaje por las luces y las sombras de la naturaleza humana a través de las cuatro historias del volumen La venganza del perdón (Alianza de Novelas, www.AdNovelas.com y traducción de María Dolores Torres París, 267 páginas).

Se trata de los relatos “Las hermanas Barbarin”, “Mademoiselle Butterfly”, “La venganza del perdón” y “Dibújame un avión” contenidos en La venganza del perdón, libro que a decir de Le Figaro “resume todo el trabajo de Schmitt sobre el alma humana, su extraordinaria complejidad y sus misterios”.

La obra de Éric-Emmanuel Schmitt (nacido en Sainte-Foy-les-Lyon, Francia, pero nacionalizado belga desde 2008) se ha traducido a más de 40 lenguas y su dramaturgia ha sido representada en medio centenar de países. Catedrático de Filosofía, se dio a conocer en el teatro con El visitante, al que seguirían otros éxitos como Variaciones enigmáticas o El libertino. Entre sus novelas destacan La secta de los egoístas y El Evangelio según Pilatos, obteniendo el Gran Premio de Teatro otorgado por la Academia Francesa.

“Dibújame un avión”

–Por favor, dibújame un avión.

Werner von Breslau se giró. Una chiquilla de ojos enormes, con un halo de pelo rubio tan fino como un plumón, le tendía una libreta y un lápiz. Confiada en su autoridad, miraba fijamente las manos del hombre, segura de su obediencia.

–¿Cómo entraste en mi jardín?

La niña alzó la cabeza hacia él, sorprendida de tener que explicar semejante obviedad:

–Trepando por la pared.

–Es peligroso.

–El gato lo hace todos los días.

–Está prohibido.

–¿Lo sabe el gato?

Ella lo miraba con tranquilidad, como si compartiesen una familiaridad inmemorial; aunque él la veía por primera vez. Adivinando las preguntas que lo inquietaban, añadió con una sonrisa condescendiente:

–Me llamo Daphne, tengo ocho años y vivo en el chalé de al lado.

–Ah…

–¿No lo sabías?

–No. ¿Desde cuándo?

Ella respondió con una mirada seria:

–Desde siempre…

Ese siempre la impresionó a ella misma.

Werner von Breslau se sonrió con aquella eternidad circunscrita a ocho cortos años de existencia; él había nacido aquí, hacía noventa y dos años, y su eternidad alcanzaba casi un siglo.

Ella frunció el ceño.

–Para ser aviador, no observas mucho.

–¿Cómo sabes que fui aviador?

–¿No lo eres?

–Estoy retirado.

La niña parpadeó, parecía insegura de asimilar la palabra retirado. Werner pensó que era odioso explicar esta realidad a un niño y concluyó con firmeza:

–Vete a casa.

–Por favor, dibújame un avión.

–No tengo tiempo, el trabajo me está esperando.

–¡Mentiroso! Estás retirado.

Él la observó con sentimientos encontrados: su desparpajo lo molestaba, pero le gustaba su réplica, esa insolencia tranquila, más astuta que agresiva. Suspiró:

–No sé dibujar.

La niña se encogió de hombros.

–Todo el mundo sabe dibujar.

–No.

–¡Sí!

–Pero es que yo dibujo mal.

–Pues yo dibujo muy bien.

Orgullosa, sin asomo de duda sobre este punto capital, la niña exigía que admitiera su superioridad. Él asintió. Ella añadió:

–Sólo que no dibujo aviones.

–¿Por qué quieres dibujar aviones?

–Porque eres aviador.

Él pensó que ella no había entendido su pregunta y cambió de maniobra de aproximación:

–¿Te gustan los aviones?

–¿Y a ti?

Él se impacientó. Ella posó su mano minúscula en la suya.

–Estás triste cuando miras al cielo. Desde hace mucho tiempo, por mi ventana, te veo seguir los aviones a lo lejos, como si sufrieses por no estar allí. Una vez, incluso te vi llorar.

Él se estremeció. Mientras que para el esta niña salía de lo desconocido, ella lo observaba, lo analizaba, había sorprendido la melancolía que él disimulaba ante todo el mundo. Desarmado, deseó, durante un momento, confesarle que lo que se escapaba entre los aparatos cruzando el firmamento era su juventud, sus años mozos, activos, que nunca volverían.

–Por favor, dibújame un avión.

Examinó su bonita mano, chiquitita, rosada, regordeta, desprovista de huesos, apoyada en la suya, áspera, curtida, llena de manchas, esquelética: ¡cuánta esperanza en esos dedos redondos! ¡Qué vitalidad! Daphne vibraba al unísono con la primavera clara, que enderezaba la hierba, engalanaba los árboles, abría las flores de los parterres y limpiaba el cielo de las nubes.

Tomó el cuaderno y se puso manos a la obra. Se le ocurrió empezar por un Messerschmitt Bf 110 o un Focke-Wulf Fw 190, pero, recordando que habían transcurrido sesenta años desde la guerra, se contentó con un Airbus A320, el avión de medio alcance que surcaba a menudo los cielos de Baviera.

Por desgracia, la mina de grafito no le obedecía, los dedos le flaqueaban, la muñeca se le entumecía, y apenas logró garabatear un boceto confuso, sin gracia, sobre el papel.

Daphne lo miró, escéptica:

–Tu avión está enfermo. No da ganas de subir a él.

Pese a la exactitud de la observación, se molestó:

–¡Trae, te dibujaré otro!

Pasó la página y, en la siguiente, aplastó el lápiz en el centro. Le presentó a Daphne una mancha sobre un fondo vacío.

–¡Aquí tienes tu avión!

–Eso es una babosada, no un avión.

–Es un avión muy alto, visto desde abajo.

Ella se frotó la barbilla.

–Si se lo enseño a mamá, va a decir que no me he esforzado, que le estoy tomando el pelo.

“Con razón”, recapacitó Werner. Luego acometió otra hoja en blanco. Con un gesto, trazó una larga línea sin temblar.

La niña sonrió y aplaudió.

–¡Oh!, ¡me encanta!

–¿Lo has reconocido? –se sorprendió.

–Por supuesto. Un avión cruzando el cielo. Ves cómo puedes, cuando te aplicas…

Aceptando la reprimenda, él sonrió a su vez.

Ella le arrebató el cuaderno y, en una página nueva, trazó una línea.

–Ya está: ya sé cómo dibujar un avión. Gracias.

Aliviada, con la tarea bajo el brazo izquierdo, se lanzó, canturreando hacia el miro medianero, enganchó la mano derecha a una rama del cerezo, se izó en ella, se agarró a una segunda… Werner, asustado, corrió hacia ella a despecho de su cuerpo anquilosado y se ofreció a sostenerla.

–¡Espera, que te doy un empujoncito!

Ella se rio entre dientes mientras él le agarraba las piernas aterciopeladas y la impulsaba hacia las tejas que coronaban el muro.

–No tienes derecho a ayudarme a trepar: ¡está prohibido!

–¿Quién te dijo que estaba prohibido?

–Tú.

Él negó con la cabeza y añadió:

–¿Werner, el viejo aviador que a veces chochea?

Un destello de alegría salvaje pasó a través de los ojos de Daphne. Él amagó una reverencia.

–Vuelve cuando quieras, princesa.

–Bien, así progresarás…

–¿Progresar yo?

–En dibujo. ¡No vayas a pensar que eres un as! Te animo para que mejores, no para que pares.

La niña soltó una risita y, deslizándose al otro lado, se escabulló.

Bajo las ramas, Werner von Breslau escuchó largo rato su risa perlada, cantarina, que se alejaba a medida que se acercaba a su chalé, hasta que se fundió con el gorjeo de las tórtolas y las vocalizaciones de los mirlos, como las gotitas de espuma que el mar absorbe. (…)

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